¿Está grabando? ¿Empiezo ya?

Sé cómo van estas cosas, sheriff. No pienso… obstruir a la justicia, ni nada por el estilo. Intentaré ser lo más minucioso posible. Tengo buena memoria para los detalles.

La cosa comenzó hace un par de días, a mitad de mañana, justo después de la clase de la profesora Hausser. Un verdadero tostón. Incluso usted se dormiría, con esa voz de pato recitando mil y un bichos del Mesozoico. En cuanto sonó la campana todos salimos por la puerta a la carrera. La mitad de los chavales de mi clase se fueron a jugar al airsoccer; Thomas Bakker me invitó a su equipo, pero no acepté. Lo cierto es que llevaba encima la consola y estoy bastante enganchado a un juego; estaba deseando que llegara el recreo para continuar con él. Me senté en un banco, cerca de la sala de profesores, y me puse a jugar. Alejado del mundanal ruido.

¿Eso es importante? Oh, bueno, el Final Fantasy XVII. Nada que le diga demasiado, espero. No vaya a pensar ahora que soy un flipado de los videojuegos, de ésos que sólo hacen amistad con sus pokémons…

No llevaba ni cinco minutos cuando Henry Sway apareció delante de mí.

Tengo que decir que al principio no me di ni cuenta, enfrascado como estaba en la pantalla. Cuando le sentí moverse y le escuché carraspear le miré de reojo, y al momento decidí ignorarle. No es la clase de chaval que se sentaría a mi lado para charlar sobre un videojuego, ¿sabe? Más bien para hacer algún comentario sarcástico. Cuanta menos atención le prestara, me dije, antes se cansaría de tomarme el pelo, si a eso venía.

¿Cómo describiría a Henry? En fin, supongo que ustedes empezarían diciendo algo así como “varón caucásico joven”, ¿verdad? Me gusta cómo suena en las series. Sí, varón muy caucásico, diría yo. Creo que su abuela es suiza, o algo por el estilo. Rubio, ojos azules, delgado pero ancho de espaldas. Su padre tiene un montón de pasta, es biólogo o algo así. Pero no es el típico niño pijo. Cazadora de cuero, pantalones anchos, así suele ir. Lleva el pelo engominado y peinado a un lado, para imitar a James Dean. Le encanta ese tipo, ¿sabe? Se ha visto toda su filmografía, las cuarenta jodidas películas, por lo menos dos veces cada una. Siempre anda diciendo frases para presumir delante de las chicas. Y lo peor es que le funciona.

-Hey –me dijo. Es lo más parecido a un saludo que articula normalmente. Su clásico gesto de cabeza muy leve vino después.

-Qué tal, Henry –le respondí, sin levantar la mirada de la consola. Intenté sonar apático, pensando que así se marcharía antes, pero para mi sorpresa volvió a hablar.

-Danny, tío, ¿has hecho los deberes para Referencialidad y pasado? –me preguntó. –Las fotos, ya sabes.

Cosas desaparecidas. Un dirigible, una cabeza de la Isla de Pascua, un glaciar, un koala. Me sabía de memoria la maldita lista y la recité mentalmente. Claro que los había hecho. La foto del koala  me había salido muy mal, bastante desenfocada, y temía que el profesor Layton me mandara repetirla.

-Sí, los he hecho –respondí. Volví a mirarle un momento, por encima de la consola, y me di cuenta de que parecía preocupado o apurado por algo: movía la pierna derecha nerviosamente, no se sacaba las manos de los bolsillos de la cazadora. –Son para mañana, ¿eh? –le aclaré, creyendo entender el motivo de su actitud.

-Ya. Yo no las he hecho. –dijo Henry, confirmando mis pensamientos. – Ya sé que son para mañana, pero no sé si podré. Joder, me ha pasado algo muy chungo. Necesito que me ayudes.

Quizás fue la extrañeza que me produjo escuchar aquello, o quizás realmente es que no había subido de nivel lo suficiente a mi grupo, pero el caso es que justo en ese momento me mataron. No había podido guardar la partida. Suspiré, apagué la consola y, esta vez sí, miré directamente a Henry, enarcando las cejas, esperando sus siguientes palabras. Estaba seguro de que querría pedirme mis fotos para retocarlas por Photoshop o algo y presentarlas como suyas. No es que sea muy buen estudiante.

-Necesito que me dejes tu máquina del tiempo.

Ni de broma hubiese imaginado que escucharía aquello. ¿Mi máquina del tiempo? Le eché un vistazo por inercia, sobresaliendo de mi mochila. Mi máquina no es gran cosa, comparada con la suya. Es decir… supongo que esto no saldrá de aquí, pero mis padres tuvieron que comprármela de segunda mano, ¿sabe? La de Henry, en cambio, es de importación. Un modelo japonés. No, no recuerdo la marca, lo siento. Lo que sé es que su padre se había dejado los cuartos en ella, para que su hijo pudiera seguir demostrando quién tenía nivel y quién no en el instituto.

-Mi máquina –repetí, todavía incrédulo.

-Sí, Danny, tío –Henry se inclinó hacia mí, y yo me eché un poco para atrás por instinto. No me gustaba tener su rostro caucásico tan cerca, oler su colonia de tipo duro. –La mía se ha roto. Se ha jodido, no sé cómo. El caso es que el cambio de siglo no gira bien, no se queda en su sitio, y así no puedo hacer nada. Estoy haciendo una foto y ¡a la mierda!, me voy a otro año de golpe. Pero no puedo… no puedo decírselo a mi padre. No todavía. Se cabreará un montón. Primero tengo que hacer el trabajo, aprobar la asignatura, y después se lo diré. No querrá comprarme una que no sea igual a la que tengo, y no hay tiempo.

Ah, claro. No vayas a ir al supermercado como todo hijo de vecino, ¿verdad? Claro, Henry Sway no puede tener menos que un chisme japonés comprado por Amazon.  Cuando escuché aquello no me dieron muchas ganas de ayudarle, que digamos. Su cara era desesperada, desde luego, pero recordaba demasiado bien otras expresiones más habituales en él: su chulería, su prepotencia. La condescendencia burlona con que solía mirarme casi siempre. Eso, sobre todo, hizo que le formulase la pregunta que más me acuciaba.

-¿Por qué yo? ¿Por qué mi máquina? ¿No te la puede dejar otro? Ray Althan, por ejemplo. La suya también es bastante buena.

-Ray… no sé –murmuró. –He pensado en ti, Danny, porque sé que te gusta hacer favores. Y lo necesito, tengo que aprobar como sea. Annete me hablaba muchas veces de cómo le echabas un cable con los deberes, de que eras un buen tío para eso. Lo decía de veras.

No se me cayó la consola de milagro. Las manos empezaron a sudarme de pronto, como si estuviera meando por ellas.

Annete. No soy un idiota, ¿vale? Ya sé que lo dijo con total intención, que sabía que así podría convencerme. Y yo me dejé convencer.

Al fin y al cabo, ¿quién no sabe en el instituto lo que siento por Annete? Es un secreto a voces. He tenido suerte de que no me hayan molestado mucho al respecto. No sé si habrá llegado a sus oídos. Imagino que sí, pero ella nunca me ha dicho nada, por suerte. Creo que me moriría de horror y vergüenza si lo hiciera. Total, tampoco soy su tipo. ¿Imagina quién es su tipo, verdad? Sí, los niñatos engominados con pinta de motero.

Annete y yo fuimos compañeros durante las prácticas de laboratorio de Física aplicada e impacto geosocial. Nos dieron varios de esos tarros preparados con pequeñas civilizaciones en miniatura, y teníamos que redactar el informe de su evolución antes y después de la fisión nuclear. Recuerdo que pasamos muchas tardes en su casa y no sólo debatíamos sobre las preguntas de la asignatura. Ella se planteaba qué clase de formas religiosas adoptarían cada una de las civilizaciones, si serían politeístas, monoteístas, o simplemente amorales. Incluso llegamos a hacer experimentos por nuestra cuenta al respecto. No les aburriré con esa digresión, aunque resultó muy interesante. El mismo día de la fisión nuclear, el último del trabajo, me dijo que había empezado a salir con Henry. Para completar la historia y hacerla más patética, yo había pensado en declararme también ese día.

No sé de qué hablarían esos dos, si es que se alguna vez se dedicaban a hablar. Tampoco sé por qué terminaron, unos meses más tarde, aunque a todas luces se veía que no había sido una ruptura traumática: seguían comiendo juntos y esas cosas. Mucho más de lo que yo podía aspirar. Apenas volví a intercambiar palabra con ella después de aquel trabajo. Y ahora su ex novio, el cabrón que me la había robado, me pedía un favor de vida o muerte, o eso parecía por su cara. ¿Qué hubiera hecho usted? Lo lógico, ¿verdad?

Pues eso. Acepté.

-Sólo esta tarde –le advertí, cuando se la dejé, después de la optativa a la que los dos acudíamos a última hora: Creación y gestión de megacorporaciones.  –En serio, ten cuidado con ella. Mis padres no están ahora como para pillarme otra máquina.

-No te preocupes por eso. Oye, si necesitas cualquier cosa… ayuda o lo que sea, aquí me tienes.

Básicamente se estaba ofreciendo como matón en caso de necesidad. No es que pudiera ayudarme en ninguna otra cosa. Nunca se sabe cuándo te va a hacer falta un bruto descerebrado, así que me lo anoté.

La tarde pasó y volvimos a vernos en el instituto al día siguiente. Me devolvió la máquina, volvió a agradecérmelo tanto como su reducido vocabulario se lo permitía, estuvimos en clase de Layton y presentamos nuestras fotos, con el consiguiente debate histórico soporífero. Todos los brincos… bueno, los viajes en el tiempo, por decirlo del modo oficial, de mis compañeros habían sido normales, como de costumbre, así que nadie contó ninguna anécdota. Rolf Müller trajo una foto de un cantante español en lugar de un koala de verdad y nos reímos bastante. Hum… creo que eso es todo lo importante de aquella mañana. Así que pasaré a la tarde, si no tiene ninguna otra pregunta. Fue entonces cuando empezó lo bueno.

Puede cachondearse si quiere… pero yo aún pensaba en lo de Annete, ¿saben? Que le había hablado de mí y eso. Esa tarde, en mi casa, seguí dándole vueltas estúpidamente. No le había resultado tan indiferente, después de todo; no había sido sólo el tío con el que hacía un trabajo de laboratorio. Vale, a lo mejor Henry se había inventado todo aquello de “echar un cable”… pero al menos ella me había mencionado mientras estaban juntos. ¿Eso era una señal? ¿Se suponía que tenía que hacer algo, que el destino me estaba intentando dar coscorrones en la cabeza para que reaccionara? Conseguí convencerme de que era así. Qué importaba si resultaba inútil, o si la gente se reía de mí. Seguro que ya lo habían hecho a escondidas.

Cogí la máquina del tiempo y pegué un brinco unos meses atrás, hasta mayo. Su flor favorita es el tulipán. Todavía recuerdo cuando me lo dijo, por casualidad, cierto día en que buscábamos información sobre la flora que estaba creciendo en uno de los tarros. Soy un cursi, ¿verdad? Claro, podría haber comprado un tulipán en alguna floristería, sin necesidad del brinco. Pero estamos en febrero, y no es lo mismo. No estaría igual de fresco, no olería igual. No sería un tulipán en condiciones, si usted me entiende. Y, demonios, iba a ser el intento definitivo, tenía que hacerlo como Dios manda. El ahora o nunca. Adelante, Danny-boy.

Cogí un sobre térmico, ajusté las condiciones para que se conservara perfectamente y la guardé en él. Escribí… una carta. De eso no me hará hablar, ya lo creo que no. Sólo de pensarlo empiezan a sudarme otra vez las manos. Puse el sobre y la carta en su ventana, al atardecer, cuando sabía que faltaba poco para que regresara de su clase de tai-chi, y me fui corriendo. No me escondí para ver si lo encontraba, o la cara que ponía.

Y eso es todo, señor. Apenas he dormido esta noche, temiendo o deseando encontrármela cara a cara en el instituto. Pero no ha podido ser. Porque usted y sus maderos han sido más rápidos en encontrarme y ni siquiera me han dejado ir a primera hora. Que sepan, por cierto, que tenía que entregar mi maqueta de la base espacial de Urano, y si la profesora Mars no quiere recogerla mañana serán responsables de un suspenso.

Bueno, ¿ahora qué? ¿Estoy libre? ¿Detenido?

 

 

Albert Sachs se echó hacia atrás en la silla, apoyando su generosa constitución contra el respaldo y provocando en éste un gemido tristón. Se rascó la barba gris de tres días.

-¿Eso es todo, Danny? –dijo, mirando ceñudo al adolescente desgarbado, de gafas anchas, que se sentaba al otro lado de la mesa. -¿Seguro?

-Seguro, sheriff Sachs –convino Danny. –Puede seguir mirándome todo el día, si quiere, hasta que me abra un agujero en la frente. Pero no hay nada más que pueda contarle.

-Pero eso no es todo lo que ha pasado, y lo sabes.

-Sí –musitó el joven, bajando por vez primera la mirada hacia la mesa.

-Lo habrás visto cuando saliste de tu casa. ¿Qué pensaste?

-No lo sé. Algún nuevo fertilizante, o quizás una campaña nueva del alcalde, ahora que se acercan las elecciones –Danny se rascó la oreja. –No sería el primero que hace algo así.

-¡Una campaña del alcalde! Ésa es buena, hijo –Sachs no tuvo más remedio que soltar una carcajada. –Pero me temo que o esto se arregla, o ni el señor alcalde ni yo tendremos la posibilidad de volver a hacer campaña. ¿Quieres verlo conmigo, Danny? –se levantó de la silla. –A gran escala.

-Ya lo he visto, en serio.

-Venga, chaval. Acércate a la ventana conmigo.

El sheriff apagó la grabadora. Con un suspiro, Danny le siguió.

Sachs descorrió el grueso cristal. La brisa del mediodía inundó la habitación, mitigando el viciado ambiente. Alrededor de la comisaría crecía un amplio jardín, el orgullo de generaciones en la pequeña ciudad de Morphailville, con setos recortados en forma de animales y esculturas famosas. Las flores se disponían en alineaciones bien estructuradas, perfectamente diseñadas, armoniosamente escogidas.

Pero no había verde, ni amarillo, ni ocre, rojo o blanco. La gran extensión era de un uniforme color azul cobalto.

En conjunción con el cielo resultaba muy hermoso, pensó Danny. Pero nadie se había parado a pensarlo, ciertamente. Se sintió mal consigo mismo por reparar en ello en aquel momento, más aún con la grave mirada de Sachs clavada en su nuca. Si el hombre esperaba de él alguna reacción incriminatoria al mostrarle el jardín, no consiguió nada.

-Soy un buen estudiante –refunfuñó Danny. –Ya sé lo que esto significa. Significa que la mierda de flor que traje del pasado ha causado esto, ha alterado la realidad de nuestra ciudad. Ya nos lo advirtió Bradbury, ¿no? El dinosaurio, la mariposa…

-¿La realidad de tu ciudad? Ojalá fuera así –habló entonces la tercera voz. –Todo el país está en la misma situación. Y, según las informaciones que nos van llegando, seguramente todo el planeta.

El otro hombre había estado escondido en las sombras todo el tiempo, mientras había durado la declaración. Danny sólo lo había visto al entrar en la sala, pero se había fijado bien en él: un tipo alto, moreno de piel, vestido con un traje mucho más elegante que los que solían verse en la comisaría. No llevaba placa ni pistola a la vista. Vamos, hombre. Era como si tuviera escrito en la frente quién era.

-Has dicho que eres un buen estudiante –dijo otra vez el tipo alto. –Lo creo. Tu expediente lo certifica. Así que no simplifiques las cosas. El traer una simple flor del pasado no causaría algo así, lo sabes bien. Las máquinas del tiempo de uso doméstico están muy bien preparadas para evitar estas cosas: tienen cortafuegos, restricciones. Si pisas mil mariposas hace mil años, es porque puedes pisarlas, porque la máquina te deja. Su procesador ha identificado que no habrá perjuicios.

-¿Entonces por qué estoy aquí? ¿Qué tengo que ver con esto?

-Henry Sway te engañó. Te dio el cambiazo. Y lo que has utilizado no es una máquina del tiempo. Creemos que es un transportador entre dimensiones.

Danny abrió la boca, aunque la réplica que pretendía articular se transformó en un balbuceo desconcertado.

-Pero… eso está prohibido. ¿De dónde coño iba a sacar eso Henry… o su padre? ¿Y por qué lo haría?

-Eso nos gustaría saber, y de momento necesitamos todas las pistas posibles –el tipo alto comenzó a pasear lentamente por la habitación, las manos en la cintura. –Como te  he dicho, los viajes en el tiempo están muy controlados. Haría falta una máquina de proporciones industriales para poder saltar las barreras o a la policía especial. Pero los transportadores entre dimensiones son ilegales, son producto de hackers, y su tecnología puede variar. Pueden escapar a los controles. Es posible que quiera cambiar la realidad de esa manera: trayendo objetos, personas, de otras dimensiones. Utilizar la puerta trasera para modificar la historia, con todo el riesgo que ello conlleva.

-Creemos que Henry te dio el transportador para deshacerse de pruebas. Barajamos la hipótesis de que tenga alguno más en su poder. Pero de momento no lo sabemos con seguridad; los necesitamos a ellos primero –intervino Sachs. –Tanto el chico como su padre, Robert Sway, han desaparecido. Los bomberos recibieron un aviso esta madrugada: su casa ha ardido durante la noche. Ni rastro de ellos entre los escombros.

Danny se cruzó de brazos y se apoyó contra la mesa. Ahora, la habitación comenzaba a resultarle opresiva. El peso de aquella situación, las dimensiones de su implicación, se le venían encima de repente.

-Supongo que cambió las carcasas de las dos máquinas… por eso no me di cuenta de que no era la mía –suspiró. –Joder, ¿y por qué no hacen algo en condiciones? Usted es del FBI, ¿verdad? –le espetó al desconocido. Sintió que la furia se le subía a la cabeza. –Sé que tienen una división específica para casos extremos… una división autorizada para cambiar la historia. Si tan grave es que un chalado vaya por ahí con una puerta para dimensiones paralelas, ¿por qué no viajan atrás y lo detienen? ¿Por qué no lo atropellan cuando era un crío, joder?

-Cálmate –replicó aquél. –Sí, soy del FBI. Pero eso que dices es una patraña. No hay agentes especializados en cambiar la historia.

-¡Y una mierda! He leído libros. He leído al doctor Anderson. Sé que existen.

-Ya, y también los gatos bonsái –se burló Sachs, aunque fue rápidamente silenciado por una mirada severa de su compañero.

-No se puede dar esa libertad a ningún hombre, ni aunque sea un miembro del FBI –dijo el hombre alto,  y también él parecía haber perdido los estribos de súbito. –En todas partes hay corrupción; la información, la tecnología, se pueden filtrar. Y eso sería terrible. ¿Te imaginas qué hubiera pasado si Adolf Hitler no hubiera sido asesinado? ¿Si el Apolo XIII no hubiera vuelto a casa, con las muestras de petróleo selenita y la información sobre la segunda luna? ¿Qué sería de nuestras ciudades, de nuestras calles, de nuestra sociedad? Pensarás que es  una locura, chaval, pero hay gente, empresas, organizaciones en todo el mundo que podrían querer cambios así. No, las barreras tienen que permanecer iguales para todos, incluso para nosotros. Nuestro trabajo es impedir que sea necesario adoptar esas medidas que has dicho. Y charlatanes como ese Anderson lo tiran por tierra creando personas como tú, alimentadas por las mentiras y el miedo.

El silencio los tragó como una gigantesca ballena después de aquella diatriba. Danny se había quedado pálido, avergonzado. Incluso el sheriff miró hacia otro lado, tosió, incómodo.

-Vete a casa, de momento –le dijo al fin Sachs al muchacho. –Probablemente tengamos que llamarte para volver a declarar. Recuerda que no puedes salir de la ciudad. Supongo que no hace falta que te diga que toda información que nos aportes podrá ayudarte en caso de que se solicite alguna multa o castigo por tus actos. Pero ahora… bueno, descansa.

 

Nada más salir de la comisaría, Danny sintió el familiar zumbido del móvil en la sien. Se apretó el lóbulo derecho, y el mensaje de texto apareció en letras verdes en su retina:

“Kpullo, todo el insti sabe dnd stas. N te agaxes n la duxa a x el jabon!!!!”

-Gracias, Lawrence –murmuró para sí. –No esperaba menos de ti.

Caminó arrastrando los pies hasta su casa. No era posible andar dos metros sin escuchar alguna conversación al respecto de su “hazaña”. En las ventanas, muchas personas lloraban mientras recogían las macetas; en los jardines buscaban infructuosamente alguna flor que se separase del eterno azul. En una plaza, incluso, encontró una manifestación espontánea de jardineros y floristas. La pérdida de colores en el mundo no les importaba lo más mínimo; era el peligro de su empleo lo que les hacía agitar desaforadamente las pancartas, más aun en aquellos tiempos de crisis. Nadie le prestaba atención, claro, aunque Danny se preguntó cuánto tardaría en ver aparecer su cara en los periódicos y ser tristemente reconocible. Su ánimo se ensombreció más y más mientras imaginaba lo que le esperaba, a él y a su familia, en el momento en que se supiera su participación en aquella locura. Todavía estaba a tiempo de recoger sus pertenencias y largarse lejos, se le ocurrió, a Alaska quizás. Seguramente el FBI saldría enseguida tras sus talones. Guau. Siempre había querido un viaje de aventura.

Al girar la esquina de su calle se detuvo en seco, saliendo de su ensoñación.

Annete estaba allí, a unos pasos de distancia, cerca de la entrada de su casa. Sonreía, le parecía que tímidamente, si es que tal cosa era posible en su rostro pecoso de ojos grandes y vivaces.

En sus manos, apretado contra su pecho, sostenía un tulipán rojo.

Escritora de género fantástico, periodista especializada en videojuegos y literatura. Ha publicado la novela Heredero del Invierno (ediciones Kolab, 2011) y el ensayo Lágrimas de luz: posmodernidad y estilo en la ciencia ficción española (Spórtula, 2012).

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