Siempre, desde pequeño, supe que quería ser pintor.

No un esperpento de esos que embadurnan telas de arriba abajo con mezclas indefinidas de colores angustiosos; no un apático paisajista que se conforma con ilustrar libros para llegar a fin de mes. El sueño que durante toda mi vida había gestado era el de ser un verdadero pintor, aquél que es capaz de descubrir la vida que se esconde bajo cada lienzo y conminarla a salir a la luz. La vida… Sí, esa es la palabra exacta. Un cuadro no es una fotografía de la realidad, ni tampoco el desvarío egocéntrico de un autor. Un cuadro existe, más allá de las murallas y abismos que velan esta dimensión.

Podrán comprender, pues, la frustración que sentí cuando ingresé en Bellas Artes. Toda aquella teoría, todo aquel formalismo, estaba para mí carente de sentido. Yo quería crear, despertar cual nigromante la energía que latía en el lienzo. Pero los rutinarios ejercicios a los que me veía forzado suponían todo lo contrario: un sacrilegio contra aquella forma viva, primigenia, que era el cuadro. ¡Vana presunción del ser humano, que pretende poder dar él mismo forma a la materia pura!

Así, mi desgana iba en aumento; era incapaz de hacer nada coherente, mis “obras” eran apenas una suerte de balbuceos vacíos sobre una tela muerta. Cada día me sentía más hastiado de aquel ambiente absurdo, me reprochaba una y mil veces haber tomado el camino erróneo. Detestaba acercarme a aquel puñado de niñatos neo-hippies que tenía por compañeros,  y ellos también se apartaban de mí, mirándome de reojo y murmurando. ¿Misántropo? ¿Amargado? No me importaba lo que dijesen; algún día conseguiría pintar, mientras que ellos nunca serían más que la caricatura grotesca de un pintor…

 

Recuerdo claramente aquella tarde de otoño. El día estaba gris; plomizos nubarrones dormitaban en el cielo, anunciando una incipiente lluvia. Volvía de mi habitual paseo vespertino cuando decidí pasar frente al escaparate de la tienda de pintura donde solía comprar el material. Y entonces lo vi. O, mejor dicho, él me vio a mí.

Aquella súbita, irracional llamada, me impulsó a  entrar de golpe en la tienda, conteniendo la respiración. Me quedé plantado frente a aquel lienzo. Era distinto a todos los demás. Su blancura  casi me cegaba y envolvía. Algo palpitaba en su interior… algo que me estaba hablando… ¡Me estaba hablando!

Regresé a casa corriendo, con el lienzo bajo el brazo y la euforia inundando mi ser. Durante el trayecto pude sentir cómo se quejaba y desperezaba. ¡Lo sentía! Oh, cómo hallar el modo de expresarles esa sensación, esa maravillosa sensación… Una vez en casa extendí el lienzo con sumo cuidado en el suelo, y como un Pollock cualquiera comencé  a dar vueltas a su alrededor, con el bote de pintura en mi temblorosa mano derecha y el pincel en la otra. Aún lo escuchaba… La confluencia de sonidos, de luz, que sobrevino a mi mente hizo que casi se me escaparan las lágrimas. Tenía un cuadro, al fin… Ahora sólo debía liberarlo de las tinieblas.

Pasé la noche prácticamente en vela, escuchando. A veces los tonos se volvían más apagados, otras su fuerza me hacía estremecer.  En ocasiones una imagen acudía a cerebro, gritándome, asfixiándome, pero apenas acercaba el pincel se difuminaba, escabulléndose de mí como un trasgo. De esta forma transcurrieron los días. El lienzo seguía incorrupto, y su energía continuaba vibrando, pugnando por salir. Comencé a abandonar las clases; tenía miedo de volver a casa y encontrarme con que el cuadro había huido. No, no podía dejarlo solo. Sentía que me necesitaba… y yo a él.

Una noche me despertó un súbito fogonazo. Parpadeando como un búho, me alejé. El lienzo estaba brillando… Mas no era un brillo níveo como el que había sentido hasta entonces, sino un resplandor fantasmagórico, sobrenatural… Comenzaron a palpitarme las sienes violentamente; cerré los ojos y escuché… escuché su risa… Una risa histérica, desquiciada, cada vez más fuerte… ¡Entonces lo entendí todo! ¡Era él quien había estado vigilándome! ¿Acaso pretendía arrastrarme a su dimensión, como quería yo mismo hacer? Empecé a preguntarme si el lienzo no sería quizás como un espejo… sólo que era incapaz de discernir si me hallaba en el anverso o el reverso de éste.

Pero si pensó que iba a doblegarme, estaba equivocado. El temor que me inspiraba contribuyó a aumentar mi entusiasmo y decisión. Cerré la puerta con llave, descolgué el teléfono, y me dediqué a vigilarlo todo el día. Ninguno de los dos cedía un ápice en nuestra confrontación mental. Él me atacaba con rápidas ráfagas, se reía de mi impotencia. Yo lo escuchaba pacientemente, soportaba sus latigazos de dolor. Mi ansiedad crecía día tras día… ¡Conseguiría dominarlo! Encontraría el cuadro y lo domeñaría a mi voluntad…

No sé cuántos días pasaron. Perdí la noción del tiempo y el espacio; mis sentidos se agudizaron como los de un animal salvaje. Fue por ello que oí enseguida los pasos en el pasillo, y cómo alguien introducía una llave en la cerradura y giraba. Mi respiración se volvió jadeante, el pulso se me aceleró… y ella apareció en el umbral. Dios, ¿cuánto tiempo llevaba sin verla? Pero su presencia  ya no suponía un bálsamo reconfortante, sino un estorbo, un maldito incordio. Decía cosas incomprensibles sobre preocupación, llamadas de teléfono no contestadas, semanas sin salir de casa… Sin embargo, poco a poco aquel zumbido molesto se vio ahogado por su voz. Más histérica, más angustiosa que de costumbre, crecía y crecía, y yo… ¡podía entenderle por primera vez! Mi júbilo se transformó en frenesí. La habitación comenzó a dar vueltas. Tenía que obedecerle…

Cállala

Tenía que obedecer aquel imperativo…

Cállala

Mi mano se movió mecánicamente, y tomó una botella rota del suelo…

CÁLLALA

Todo acabó poco después. Me tumbé en el suelo, desfallecido. Había sangre por todas partes, en las paredes, en mi ropa, en mi rostro. Pero lo único que importaba era que él había enmudecido por fin. Para siempre… para siempre… ¡Yo había triunfado!

Allí estaba el cuadro. Lo contemplé orgulloso; los brillantes tonos escarlata estaban perfectamente dispuestos. Con los ojos bañados en lágrimas alargué una mano y acaricié la tela, por la que la sangre se deslizaba elegantemente.

Ésta, señores, es la historia del cuadro que podrán ver ustedes a continuación, tras esta cortina. El cuadro que me consagró como pintor.

No un esperpento de esos que embadurnan telas con mezclas indefinidas de colores angustiosos; no un apático paisajista que se conforma con ilustrar libros para llegar a fin de mes.

Un verdadero pintor.

Escritora de género fantástico, periodista especializada en videojuegos y literatura. Ha publicado la novela Heredero del Invierno (ediciones Kolab, 2011) y el ensayo Lágrimas de luz: posmodernidad y estilo en la ciencia ficción española (Spórtula, 2012).

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *

Puedes usar las siguientes etiquetas y atributos HTML: <a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <strike> <strong>

Visit Us On TwitterVisit Us On LinkedinVisit Us On Facebook