Suelen ser gente normal. No más diferentes que tú, o que cualquiera de tus familiares o amigos. No los distinguirías de cualquiera de esas personas con las que te cruzas en el metro cada día, a las que tropiezas y murmuras un “pardon”, sin levantar la mirada. O de ese pobre diablo con el que coincides en el bar para desayunar, mañana tras mañana, y en el que apenas reparas, mucho más interesado en el periódico y en la enésima narración de un partido igual que tantos otros. ¿Te darías cuenta si un día deja de aparecer? ¿Te preguntarías qué le ha pasado? ¿Te preocuparías?

No te molestes en contestar.  Tú y yo sabemos la respuesta.

Todos los seres humanos tenemos un violín dentro. Alguien me lo dijo una vez, una especie de vagabundo maloliente con el que coincidí una noche en el Maldoror. En aquel momento pensé que sería un músico, pero teniendo en cuenta cómo están las cosas ahora a lo mejor era un ministro o un catedrático. Nunca llegué a saber nada de él, excepto que bebía como una esponja. Aquella vez yo apenas bebí; me resultó mucho más entretenido contemplar cómo lo hacía él, vasos y vasos de un solo trago, y casi creía ver el humo que se le escapaba de las orejas, confundiéndose con el propio vaho de los cigarros a nuestro alrededor. Un violín, me dijo. El arco rasga y rasga y saca notas más graves o más agudas. Eso es lo normal. Pero a veces, en determinadas ocasiones, rasga demasiado rápido. No puede parar. Y es entonces cuando una cuerda se rompe y todo se desencadena.  Y si antes nos limitábamos a insultar a nuestro jefe a escondidas, entre dientes, ahora entramos en su despacho y le clavamos un destornillador. Si antes le pegábamos una patada a la puerta de nuestra casa, ahora le pegamos la patada a nuestro hijo o nuestra mujer.

Pero ellos no.

Suelen ser gente normal, aunque acaso más tranquila. Más callados. Se esfuerzan en pasar desapercibidos, en dejar apenas una vaga sensación de familiaridad en la retina. Hombres grises, mujeres grises, cuyo rastro se pierde como se aleja y confunde un olor en una ventisca.

O, al menos, es lo que pensaba hasta ahora.

Cuando vi la noticia en el periódico, hace ya una semana, imaginé muchas cosas. Mi sentido común de perro viejo me hizo elucubrar enseguida todos los posibles escenarios, móviles y situaciones. No me hubiera interesado por el caso de no haber visto la foto de la víctima, al día siguiente. Me pregunto cómo la conseguiría el maldito periodista. En todo caso, el déjà vu fue inmediato. Dejó de ser un asesinato más para convertirse en algo urgente, en una búsqueda necesaria. Nunca hubiera imaginado, desde luego, que pudiera ser uno de ellos. Y tampoco que fuese tan fácil de localizar.

Así que aquí estoy, ahora, a la entrada del edificio. Son las once de la noche, minuto más, minuto menos. Montmartre, como no podía ser de otro modo. Sonrío. Las ironías de la vida siempre me parecen un chiste barato, y los chistes baratos son los mejores, desde luego. Es una casa de vecinos, alejada de las calles más bulliciosas, de las luces chillonas de los bares y el rojo obsceno de los burdeles. Un edificio igual que todos los que le rodean, de ladrillo sucio, anodino y apagado.

Excepto en una ventana. El piso al que me dirijo. Alzo la mirada, y observo la sombra contra los visillos. Pasea de un lado a otro, desdibujado  y a la vez inequívoco, como la marioneta de un teatro chinesco. Sé que es mi hombre. Aun desde abajo, sabiendo que no puede oírme, mis labios se separan involuntariamente en la silenciosa pregunta que ardo en deseos de hacerle. “¿Por qué?”.

El portal está abierto. No tengo que hacer uso de la ganzúa. Subo las escaleras y piso la cola de algo que se escabulle; quiero pensar que ha sido un gato. Llego hasta la puerta y escucho los pasos, arriba y abajo, lentos y a la par nerviosos. Escucho el relato en el rítmico golpeteo, en el crujido de las tablas del suelo. Al fin llamo a la puerta con los nudillos y el sonido se interrumpe.

Casi puedo ver, en mi mente, su rostro alerta, las pupilas dilatadas en ese sol negro que es el miedo. Y al momento oigo una zancada apresurada, el descorrer de una ventana.

Por suerte para mí, por desgracia para él, estoy acostumbrado a estas cosas. Mis sentidos reaccionan como los de un animal; ya hace muchos años que mis huesos estarían en el lecho del Sena si no hubiera aprendido a hacerlo. Descargo todo mi peso en un golpe de hombro contra la puerta. La cerradura revienta, la hoja se desencaja. Él está donde sabía que lo encontraría, con un pie en el alféizar de la ventana, a punto de saltar. Cree que le he dado la excusa perfecta para atreverse a dar el paso que lleva horas postergando. Sin embargo, no es así como todo debe suceder. De nuevo en una exhalación, con movimientos más propios de rapaz que de humano, me lanzo hacia él, lo agarro del cuello de la camisa y lo arrojo al suelo, tras de mí. Me giro, intenta darme una patada en la entrepierna. Le agarro el pie, lo aprisiono bajo mi axila y lo retuerzo. Noto en mis dedos el crujir del tobillo, el bailoteo del osario como cuentas de un collar destrozado. Su aullido es la sirena de un barco. Intenta todavía removerse, alcanzarme con la otra pierna, y entonces le piso la rodilla con fuerza, y sus ojos se vuelven, perdiéndose tras el telón del dolor y el abismo de la impotencia.

Tarda unos cinco minutos en volver en sí. Es tiempo suficiente para que le espose la muñeca a la pata de su cama y le ate las piernas con su propio cinturón. Mientras se debate entre la consciencia y la huída, entre la realidad y la sombra, aprovecho para echar un ojo a su habitación. Un cuartucho, alquilado sin duda, de paredes mohosas y muebles que ya han pasado su momento de gloria hace mucho. En una mesa pequeña, libros, una pipa. Abro el armario y sólo veo un par de chaquetas de idéntico color azul, sombreros. Nada que le acuse, por supuesto. No es así como funcionan los criminales; no guardan los guantes ensangrentados o los zapatos llenos de barro del río, a la espera de que cualquier detective del tres al cuarto los localice con un Eureka.

El cuarto es pequeño, casi claustrofóbico, pero tiene que estar en alguna parte. Ellos siempre tienen una copia, no importa dónde vayan. Siempre hay que llevar el alma con uno mismo. Sólo puede encontrarse en un sitio: guiado por mi instinto, separo el armario de la pared. Ahí está. Me felicito mentalmente por otra mano ganada.

Es fácil de reconocer, pese a que está desteñido, resquebrajado en algunos puntos. El nombre acude a mí enseguida. Ya había pensado en él.

El ruido hace que se despierte. Consigue sentarse, apoyándose con la mano libre y arrastrando el guiñapo de sus piernas. El tobillo comienza a hincharse. Probablemente se lo he roto.

-Así que un Renoir –comienzo a decir. -Le Bal au Moulin de la Galette. –Miro de hito en hito al lienzo y al tipo, hasta que lo localizo. –Aquí estás, ¿verdad?

Señalo abajo, a la derecha. En la mesa, con un sombrero de copa, una pipa y una corta barba pelirroja. La barba es la misma; la pipa, sin duda aquélla en la que reparé hace unos instantes. Su mirada está igual de vacía.

Traga saliva, me mira con ojos llorosos de desesperación. Sé que no me equivoco, y él sabe también, ahora, con quién está hablando.

-No es policía, por lo que veo –balbucea. Al parecer, necesita todavía una constatación verbal, continuar un poco más con la pantomima. Se resiste a lo evidente, con esa incredulidad propia de los seres humanos. Esas cosas se pegan, sin duda.

Me acerco a la mesita, tomo la pipa entre mis dedos. La acaricio, recorro la madera gastada. Soy un hombre paciente, así que contesto sin apresurarme.

-No. Soy detective. Monsieur M. -explico. -¿Y cómo debería llamarle a usted?

Me mira con extrañeza. Sus cejas se arquean. Pasan al menos un par de minutos antes de que vuelva a hablar; estudia las facciones de mi rostro, oculto por el bombín. Me pregunto si advierte algo más allá.

-¿Detective? –repite. –Pero… no uno normal. No le han… contratado.

-No del modo habitual. –Dejo la pipa e introduzco la mano en el bolsillo de mi chaqueta. Saco el recorte de periódico, en cuyo margen se encuentra escrita la dirección en la que me encuentro. Ahí está la foto, el rostro de la muchacha preñado de violencia, casi visible el carmesí incluso a pesar del blanco y negro. Sus párpados cerrados, el rictus suplicante en el que sus labios se han torcido para la eternidad. A pesar de todo, todavía están ahí los movimientos suaves, el amarillo y el azul que se deslizan en la lasitud y el placer de la tarde estival. Ahí están los ojos juveniles del cuadro, inocentes, complacientes. Ahí los giros, los trazos vivaces. No me cabe duda de que es la misma.

Ha llegado el momento. Le miro fijamente, intento advertir en él el motivo, la respuesta a mi interrogante escrita en su cara. Pero sólo veo un cuerpo miserable, desdibujado, un pez fuera del agua que lucha por ahogarse.

-¿Por qué?

-Sí… -el tipo moquea, se atraganta. Abre y cierra los dedos, como si tuviera que bombear las palabras para que acudan a sus labios. –Sí, la chica de la foto… del cuadro… Yo la maté. Haga lo que tenga que hacer.

-¿Por qué? –repito. No es propio de mí, pero noto que empiezo a exasperarme. Maldita sea, sólo quiero una respuesta. –Ninguno de vosotros había hecho algo así. Sé que muchos toman partido en este mundo, y puedo entenderlo… hasta un punto. No hace mucho escuché de dos bailarinas de Dégas que rivalizaron entre sí en un concurso. Pero siempre está ahí el anonimato. Siempre el disfraz. ¿Por qué arriesgarse a salir, a destacar de este modo?

-Es una maldición –musita. –No esta vida extraña, no el desarraigo. Son… los colores. Las pasiones –ahoga un sollozo, y por vez primera contempla el lienzo tras el armario. Sigo su mirada. Está clavada en él mismo. -¿No me ve? Intente entenderlo. Intente entender la inmensidad de ese pequeño momento, de esa vida congelada. Yo… la amaba.

Lo hago. Respiro profundamente y me sumerjo. Oigo las canciones, las risas, los murmullos. Veo las manos que se unen, tímidas, los ojos que se cruzan y se desvían en una sonrisa. Siento el baile fugaz de las alegrías y las penas, el calor de los cuerpos unidos, de los abrazos que se insinúan y los sueños que nacen. El anhelo, la cúpula de tristeza que aprisiona el rostro del hombre. La sombra que le recubre y le mece en un magro consuelo. Derrotado, en segundo plano, sólo el tabaco y las copas vacías como compañeras.

-No importa cuánto lleve en este mundo. No importa que haya aprendido a confundirme con la marea gris que lo rige, con el olvido que domina las mentes. No puedo dejar atrás lo que soy. La materia con la que me crearon.

-¿Y por eso tuviste que matar? –insisto. -¿Me estás diciendo que esto es un crimen pasional? Si no lo hiciste entonces, ¿por qué ahora?

-No me importa estar aquí –el hombre continúa. Dudo que me haya escuchado; ahora su vista está perdida, viajando en el oleaje de su propia memoria. –Incluso he dejado de preguntarme ya el motivo. De dónde venimos, a dónde vamos y todas esas cosas –esboza una sonrisa torcida, sarcástica. –He conocido a otros de los míos. Manets, Gericaults… todos con un pasado mucho más interesante que el mío. Yo sólo era el hombre sentado en una esquina. Pero ellos… muchos de ellos… ahora son banqueros, o abogados, o profesores. Y, a pesar de todo, felices, olvidados. Satisfechos de la vida que han creado en un mundo al que no pertenecen.

-Y tú no querías ser como ellos –aventuro. Me sorprende escuchar una carcajada.

-Claro que sí. ¡Quería serlo! Quería encontrarme a mí mismo. Quería… sentir el tiempo, como lo sienten todos los que me rodean, cada día.  No es la vida, no es el devenir el que separa al arte de los mortales, sino su lugar en el gran tapiz de las horas y los minutos. ¿Qué es el tiempo para un abogado? ¿Qué es para un maestro, para quien un niño es igual a otro? Después de todos estos años viviendo entre ellos, debía de haber algo que se me escapaba.

-Tú mismo me lo acabas de decir –replico. Vuelvo a mirar el lienzo. El Moulin de la Galette me contempla, como yo lo contemplo a él, desde las arenas del pasado. –El tiempo está aquí. Detenido. Conservado para que las generaciones de seres humanos recuerden que compartieron el mismo aire, los mismos sentimientos, con personas ya desvanecidas.

-Es cierto. Ahí yace… un tiempo. Pero no su auténtica esencia. La que nos creó, al fin y al cabo. Yo quería mirarle directamente a los ojos. ¿Entiende? Ésa es la verdadera pasión a la que me refería antes. Lo que se encuentra entre un momento y otro. Ese salto al vacío.

No, no comprendo, pero no se lo hago ver. Ahora su mirada se dirige al recorte de periódico, todavía en mi mano, y sé que va a ir directamente al grano. Quedo en silencio, hasta que se decide a continuar.

-No sabía que ella estaba también aquí. Lo crea o no, nunca lo supe. Jamás había dejado de amarla, pero no era uno de esos acosadores que tan de moda están en este siglo. Hasta que me los encontré, por casualidad. Una tarde, en el parque. Yo paseaba sin rumbo, sin mirar a nadie, sin que nadie me mirase. Y ellos estaban allí, delante. Igual de anodinos. Sin embargo, reconocí su cabello rubio. Y reconocí… la espalda de él. Su cabello castaño, su chaqueta.

La miro, en el cuadro. “Él” tiene que ser, desde luego, el joven con el que habla. No se ve su rostro, pero se percibe claramente, en la mirada de ella, un lazo de amor tendido entre ambos. El amante triunfador en primer plano, el fracasado que les espía tras la muralla de la autocompasión en una esquina. Ahora el triángulo principal del cuadro me queda mucho más claro.

-Sabía que era él. Y me pregunté cómo era posible que se hubieran encontrado, después de tantos años. Cómo era posible que ellos también hubieran sido arrojados aquí, que continuaran con su idilio. Me di cuenta de que ella nunca sabría lo que yo sé… que es tiempo, y no otra cosa, lo que se encuentra en el pincel del artista, lo que nos define y nos arroja a la vida. Porque seguía empeñándose en detenerlo, en quedarse en aquel pasado. En el baile de aquella tarde.

-En la inmortalidad –le digo.

Calla un momento, y luego abre los ojos desmesuradamente, como si en mis breves palabras hubiera hallado la piedra filosofal de sus pensamientos.

-¡Eso es! Y yo… quise ayudarla. A descubrir lo que yo había entendido, a mirar directamente al tiempo. A fundirse realmente con este mundo al que el destino nos ha arrojado.

»La vi en el parque, a la misma hora, al día siguiente. Y el otro. Al cuarto día decidí que tenía que explicárselo. Esa vez sí la seguí hasta su portal. La detuve, le dije que debía dejarlo… a aquel tipo. Estaba dejándose atar por el cuadro. Pero ella no quiso entenderme. Pensaba que… quería obligarla a estar conmigo. Como entonces. Sí, la seguía amando, le dije, y por eso deseaba ayudarle a encontrar un propósito verdadero.

-Así que te pusiste furioso –intervengo con lentitud. –Y la golpeaste.

-No. La liberé. La convertí… en tiempo.

No estoy acostumbrado a quedarme sin palabras. En esta ocasión, sin embargo, no lo puedo evitar. En mi mente confluyen las dos jóvenes; la una, risueña, despreocupada, la otra muda para siempre, abrazada por el hado antes de lo acordado. Sólo una, y tan diferentes. Y hay algo que se me escapa a mí también, algo que se me antoja siniestro, inasible.

El momento.

-La mataste… -repito, todavía incrédulo –sólo para destruir su inmovilidad.

-Y lo vi –el hombre continúa con mi frase y en ello encuentro su afirmación tácita. –Vi el tránsito de la vida, el fluir del tiempo, corriendo por su sangre derramada. Es veloz… y es embriagador, como la mejor absenta que haya probado nunca. Más rápido que un fuego, más voraz. Durante un momento, en el justo instante de matarla, en su última exhalación, fui el amo del tiempo. Entendí de qué estoy hecho, entendí de dónde nacen los colores y los trazos. Y por fin… hemos sido felices. Los dos.

Miro su rostro, la devoción en él, su respiración entrecortada. He visto esta expresión muchas veces. Amantes que escriben sus sentimientos con el vuelo de una bala. Padres que protegen a sus hijos de la crudeza de la sociedad con el filo de un cuchillo. El sonido del violín con una cuerda de menos. Pero nunca como ahora había encontrado, detrás de la máscara, una imagen tan genuina de la honestidad.

-Lo único que me queda por esperar –dice el tipo –es convertirme yo también en tiempo.

Sé que su relato ha concluido. Ahora es cuando entro yo en escena. Me cuesta comenzar. Suspiro.

-Sabes quién soy –le digo. –Sabes por qué estoy aquí.

-Lo sé –concede.

-Has conseguido tu propósito, después de todo –me meto las manos en los bolsillos de la chaqueta. –Has conseguido ser como ellos. Uno más. Y, como tal, si lo deseas puedes dejar que sean ellos quienes te juzguen. Ya sabes: policía de verdad, cárcel, tribunal. Puedes elegir.

-¿Acaso lo permitirías? –replica el hombre, con una perspicacia que no me esperaba. -¿Permitirías tanta notoriedad… y las consecuencias que acarrearía?

El bastardo sabe lo que voy a responder. Sabe que hay mucho más en juego. Todo un mundo bajo mi responsabilidad. Quizás sea la primera vez que encuentro un escenario así, pero no es la primera vez que tengo que poner orden, de un modo u otro. Sí, sabe cuál será mi respuesta… igual que ha sabido, desde el primer momento, quién soy.

-No.

Me aproximo. Despacio.

El hombre de la esquina sonríe, aunque sus ojos están vidriosos. Evita mirarme directamente. Por última vez, contempla el cuadro. Su alma, su origen.

-Renoir detuvo el tiempo, aquella tarde –dice. –Yo he conseguido atraparlo.

Me llevo la mano a la base del cuello. Lentamente, con cuidado, me quito la máscara, me desprendo de ojos, boca y nariz. Mi verdadero rostro aparece bajo el bombín; con placer malsano, como siempre, me detengo en la expresión que ensaya quien lo descubre. Generalmente es horror. En este individuo, no obstante, advierto algo similar al alivio.

-Magritte –murmura. –Por supuesto.

Es rápido. Siempre lo es.

Salgo de la habitación y dejo la puerta encajada, tan cuidadosamente como puedo, teniendo en cuenta el maltrecho estado en que quedó tras mi embestida. No he hecho ruido, pero no puedo asegurar que no haya nadie despierto a causa de nuestra conversación. Las paredes no parecen gran cosa, después de todo.

A mi espalda queda una habitación vacía. Será todo lo que encuentren, quizás mañana o al día siguiente, cuando las pesquisas de la policía les conduzcan hasta aquí. Vacío, soledad. Pistas inconexas. Un gran lienzo blanco y manchas de pintura.

 

 

Dejo atrás los sueños perdidos de Montmartre, a sus eternos bohemios impenitentes, náufragos de mil y una copas. En mi bolsillo, jugueteo con la pipa de madera. He decidido llevármela. Fumaré en ella el mejor tabaco que tenga, esta noche. Siempre he creído que todo hombre necesita un homenaje, y no dejaré de rendírselo, a pesar de todo. Al pasar junto a una papelera, arrugo en mi mano el recorte de periódico y lo arrojo. Pienso en qué será mañana el rostro de la joven, cuando la basura sea recogida, procesada, almacenada, quemada. Será humo, atmósfera. Será tiempo, al fin.

Llego a mi apartamento, dejo la chaqueta sobre el sofá, el bombín en una mesa. Me sirvo un buen ron y busco la tabaquera. Miro a través del cristal, contemplo los ojos de araña de la ciudad desvelada. Intento atrapar el momento entre una calada y otra, la sustancia que el tiempo deja en cada hebra de humo, aunque no lo consigo. Me adormezco pensando en ello, y rogando para que allí fuera ninguno de ellos, de nosotros, esté meditando sobre lo mismo.

Suelen ser gente muy corriente. No te esfuerces, porque nunca repararás en ellos, no más que en cualquiera de tus vecinos del final de la calle o tus compañeros del autobús. Y ellos seguirán siendo grises, aunque, en el fondo, su corazón lata con la variedad multicolor de una paleta. Y aunque el violín de su interior pueda a veces, ahora lo sé, rasgar demasiado rápido, igual que el tuyo.

Escritora de género fantástico, periodista especializada en videojuegos y literatura. Ha publicado la novela Heredero del Invierno (ediciones Kolab, 2011) y el ensayo Lágrimas de luz: posmodernidad y estilo en la ciencia ficción española (Spórtula, 2012).

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