Algunos decían que lo primero era la nariz, recortada irregularmente como unos desgastados escalones. Otros decían aquellos ojos caídos, hundidos en una oscuridad serena. Un frenólogo, quizás, habría reparado en la frente, amplia y ovalada, y le habría otorgado algún significado ignoto. Pero lo que más le llamó la atención al señor Schuber de aquel individuo, nada más verlo, fue su sombrero.

Era un sombrero corto por la parte delantera y con las alas a los lados muy amplias. Se desplomaban éstas como si en verdad algún ave enorme dormitase en la cabeza del hombre. Lo remataba, en la parte superior, una pluma verde, raída. Sin duda, tan extraño tocado debía de haber conocido tiempos mejores, pero ahora parecía poco menos que un trapo para limpiar mesas. Le daba al desconocido un aspecto cómico, ridículo, más aún debido a lo imperturbable de su rostro. Había en él gravedad, como si estuviera asistiendo a una entrevista muy importante. Como si se encontrara realmente delante de un marqués y no de un alguacil de pueblo, que se rascaba la axila con expresión hastiada, se dijo Schuber, y de pronto se sintió avergonzado. Quizás le abochornaba comportarse así delante del sombrero.

Tosió, se sentó con mayor compostura sobre la silla. Tomó la pluma y la situó sobre la libreta, presto a escribir. Algo tenía que escribir, al fin y al cabo. Vaciló unos instantes, pero volvió a realizar la pregunta, sin levantar la mirada, que clavaba en la mesa.

-Entonces, herr, me ha dicho que viene usted al pueblo en calidad de comerciante. No he entendido bien cuál es su mercancía. ¿Podría repetírmelo?

-Por supuesto. He venido a vender atardeceres.

De nuevo vio, con el rabillo del ojo, cómo Klaner contenía la risa, y daba un codazo poco disimulado a Fig. Los dos hombres, sus subordinados, le miraban con expectación, sin duda esperando que su reacción fuese equivalente a tan insólita respuesta. Schuber, empero, no se sintió divertido. Antes bien, les dedicó una mirada severa, haciéndoles entender que no estaba para bromas. Tenían un cometido serio, pardiez. Y que le llevasen a un chiflado no era precisamente lo que esperaba de ellos.

Se armó de paciencia, no obstante, y se recriminó aquel pensamiento. Tal vez no era simplemente un loco, y, aunque así fuera, merecía respeto como cualquier otro. Apoyó los codos sobre la mesa, entrecruzó los dedos.

-Entiendo. Por esa manera de hablar, es usted quizás un poeta, o un pintor, ¿me equivoco? –le dijo al extraño. –Vender atardeceres… se referirá, por supuesto, a su obra. En ese caso es sin duda un honor tenerle en nuestro pueblo –al tiempo que esto decía, miraba igualmente de soslayo a Klaner y a Fig, quienes mostraban ahora una leve decepción. No parecían esperar que su jefe actuara con tanta seriedad. –No vienen muchos artistas de la ciudad. No sé si encontrará aquí quienes valoren tal labor, pero tenemos paisajes muy pintorescos que sin duda le inspirarán…

-Oh, no, no me parece que haya entendido usted –interrumpió entonces el hombre. Se atusó las alas del ave (sombrero, sombrero, se corrigió Schuber con presteza) con un gesto suave, de aquellos que eran habituales de ver en las grandes urbes. Aquellas maneras y aquella voz afectada contrastaban profundamente con sus ojos, opacos como si la luz rehuyera de ellos. –No pinto ni escribo; por desgracia no he sido dotado con tan altos talentos. Sólo vendo.

-Y vende usted… –fue Fig quien intervino, con un deje divertido, esperando que el aludido terminara la frase.

-Atardeceres.

Esta vez al guarda se le escapó una risita, y su compañero casi hizo otro tanto, pues tuvo que cubrirse la boca con una mano. Pero Schuber, una vez más, les silenció con un gesto.

-Dice usted que no pinta, que no escribe… ¿Es acaso actor? –inquirió el alguacil. Negó el interpelado. –Y desde luego no creo que sea escultor… –se rascó aquél la cabeza, pues su conocimiento de los campos artísticos terminaba allí. –Le ruego que me lo explique mejor, y le pido mil disculpas. No estamos al tanto de lo que sucede en la ciudad, y si lo que usted realiza es una nueva moda, una tan a la usanza de los tiempos que corren, aquí no sabemos nada.

-En realidad hay poco que explicar, pero es usted reticente a verlo, mi querido herr –replicó el desconocido. –Hay quien busca atardeceres. Yo se los ofrezco. Es la ley de la oferta y la demanda, nada más. Bien es cierto que dicha ley se ha originado en los grandes salones y las academias, lejos de este locus amoenus en el que tienen la dicha de vivir, pero me resisto a creer que no se rijan igualmente por ella.

-Espero que no me recrimine mi reticencia –Schuber frunció el ceño. El respeto y la cortesía con que trató de sobrellevar aquella situación al principio comenzaban a perder sentido. Tamborileo con la pluma, por suerte seca, sobre la mesa. –Y le ruego que no se aproveche de mi espíritu sencillo para confundirme y burlarse de mí. Un atardecer… un atardecer no se vende, con todos mis respetos. De modo que despoje sus palabras de enigmas y explíqueme qué ha venido a hacer aquí, pues en Belzig poco sabemos de comercio de soles y nubes. No se apure; no sé qué le habrán dicho mis subordinados, pero si nos aclara el motivo de su llegada no hay razón alguna para que impidamos sus quehaceres.

-Puede que, en primera instancia, tenga usted razón –fue la respuesta del tipo.-Un atardecer no se vende… no debería venderse. Pero tampoco es fácil de encontrar. Puede que, cuando se desee o se necesite, no esté ahí. Y entonces, ¿no es conveniente tener a alguien que pueda ofrecértelo? Ésa es mi labor. Nada que venga a perturbar su tranquila vida, faltaría más.

-¿Cómo que no es fácil de encontrar? –esta vez fue el alguacil quien estuvo a punto de reír, aunque consiguió convertir la risa en un bufido. –Todo el mundo puede ver un atardecer. Todo el que quiera. Está al alcance de la mano, cada día, pertenece a todo el mundo. No hace falta comprarlo.

-¿Sí? ¿Recuerda cuándo fue la última vez que vio uno, herr Schuber?

Dio éste un respingo, pues no le había dicho en verdad su nombre. Hasta que recordó que lo tenía anotado delante de la mesa, en un cartelito.

Empezaba a hacerse tarde y no tenía sentido continuar con aquello. Suspiró, tomó una hoja de permiso y garabateó velozmente su nombre y su rúbrica. Acto seguido grabó el sello del emperador en ella. Evitó mirarle a los ojos o al sombrero cuando se lo entregó.

-La venta ambulante está prohibida salvo autorización expresa. Si va a ejercer usted su actividad, tenga en cuenta que no podrá hacerlo por las calles. En fin, supongo que sabrá mejor que yo cómo se hace –se encogió de hombros. –Le pido disculpas por haber ocupado su tiempo, señor. Espero que le vaya bien.

-Gracias –dijo el extraño, y ensayó una reverencia. Tan pronto como salió por la puerta Klaner estalló en carcajadas. Esperaba que Fig lo secundara, mas no fue así. Quedó éste serio, leyendo el enfado en el rostro de Schuber, que todavía seguía cabizbajo, mirando algo invisible sobre la mesa. Por fin levantó la vista y les espetó duramente. Tenía mucho trabajo, no podía desperdiciar el tiempo de aquella manera, en qué estaban pensando, no había tenido ninguna gracia. Los dos guardas inclinaron la cabeza hasta que la punta de la nariz casi tocó las rodillas. Se disculparon, sumisos, y volvieron a sus labores, aunque aquella noche, en la taberna, compartirían desabridos improperios hacia su superior, detrás del humo y la cerveza.

Schuber quedó todavía un rato más en su despacho. A excepción de un hombre que acudió a denunciar un robo insignificante, no fue molestado en el resto de la tarde. No duró mucho tiempo, en verdad, pues el ocaso se aproximaba. Que saques un buen puñado de monedas por éste, habló mentalmente al extranjero, sarcástico, aunque no miró por la ventana. Él no tenía por qué comprarlo. Él podía verlo cuando quisiera. Tan sólo no tenía tiempo de hacerlo. Los atardeceres no son para la gente ocupada. No para él, allí, en aquella destartalada caseta que hacía las veces de oficina de registro, policía, y cientos de cosas más en el pequeño pueblo. Seguramente su esposa sí lo vería más a menudo, pues ella trabajaba en casa: hilaba y… ¿escribía? ¿No había estado escribiendo algunas cosas últimamente? Eso le había dicho, aunque no había tenido tiempo de leer nada. También había que tener tiempo para esas cosas; no valía de nada hacerlas apresuradamente, con el corazón en otros menesteres.

No volvió la cabeza hacia la ventana. La luz se apagaba, como se apaga una vela que se consume poco a poco. Aún faltaba un tanto para que el sol marchase a su descanso. ¿Qué escribiría su mujer? No se la imaginaba como una de aquellas damas emperifolladas, con vestidos tan grandes como una carreta, a las que había visto en uno de los grandes salones de la ciudad, tiempo atrás. No como una de aquéllas mujeres que se ponían seudónimos de hombre y hablaban de aventuras y amoríos de corsarios…

Schuber terminó antes de lo acostumbrado aquel día. Le quedaron algunos papeles por rellenar (era increíble cómo un pueblo tan pequeño podía dar tanto trabajo), pero los archivó en un cajón y así salieron también de su memoria. Tomó la capa y partió calle abajo hacia su casa. Llegó pronto a su casa, con el atardecer a su espalda. Su esposa escribía junto a la ventana, y lo recibió con una sonrisa y un beso.

 

 

 

El hombre que vendía atardeceres tomó la calle que ascendía, porque no era mejor ni peor que ninguna otra. Al fin y al cabo sabía bien dónde se dirigía. Pasó entre casas oscuras que bostezaban el silencio, visillos que se cerraban envolviendo la intimidad. Llegó junto a la taberna, sobre cuya puerta pendía un gran letrero. Die Grüne Drache-Tavern, rezaba, y un dragón se enroscaba rodeando las letras, arabescas y confusas. De ella se desprendía calor, sofoco, las preocupaciones jugaban en la mascarada del jolgorio. Era como una boca del infierno que destacase, impía, entre los edificios que le rodeaban. La luz que escapaba de las ventanas, el ruido, el entrechocar de vidrios y de voces todavía tardaría mucho en apagarse. Aquél era el refugio de los que se perdían y no podían encontrar el camino en la oscuridad; el lugar de los crápulas, donde todavía podían buscar desesperadamente una identidad, una segunda vida.

Sólo paró un segundo, y ya se disponía a continuar su camino, moviendo las largas zancas, cuando la puerta se abrió y salió un tipo de pelo gris, arrugas que se derrumbaban en un rostro triste como si quisieran alejarse de él. Eran sus ojos, no obstante, desesperados, gritaban una súplica. Vestía una casaca azul, desgastada, y en el hombro se advertía cómo varios galones habían sido arrancados, dejando en su lugar la tela desgarrada. Y debían haber sido por cierto no pocos galones. Una graduación nada desdeñable, que sin duda yacía ahora en el cajón de algún prestamista.

Se acercó, tambaleante, y a cada paso su mirada se desorbitaba más, contemplando al extranjero. Balbució tan inteligiblemente como se lo permitía el alcohol, que le recubría como una traicionera seda.

-Yo… quiero comprar –musitó. Alargó los temblorosos dedos hacia el hombro. El hombre que vendía atardeceres no se inmutó. –Quiero un atardecer. Tengo… –dando un respingo, introdujo la otra mano en el bolsillo de la casaca. Apareció en la palma un resplandor dorado, desvaído. –Tengo dinero, y puedo decirle quién soy, para que esté seguro de que caerá en buenas manos. Nada necesito ya. Sólo un atardecer. No éste –señaló con la barbilla el sol que moría. –Uno que no haya visto nunca, sólo en sueños.

-¿Está seguro de que lo ha visto en sueños? –dijo el extraño. –En todo caso, ¿cómo piensa que yo puedo conocer sus sueños? –Le miró de arriba abajo, unos instantes. Miró la pieza que sostenía en la mano y su brillo pareció apagarse ante la oscura linterna de sus ojos. –No es usted el que sueña, de todos modos –replicó al fin. –El sueño está en otro lugar, muy distinto. No es el atardecer carmesí, de trompetas, el que yo le vendería. Cuando pueda descubrir el que quiere de verdad –sonrió –entonces podremos hablar del precio.

Nada más dijo y siguió su camino calle arriba. El tipo de la taberna, aún, le dirigió un grito.

-¡Por favor! ¡Tiene que ser ahora!

-Ahora tengo otro encargo –la respuesta apenas se escuchó. –Lo lamento, herr Wolter.

El aludido se sobresaltó. Tardó unos segundos en recordar que su nombre estaba bordado, con hilo plateado, en el cuello de la casaca.

Llegó hasta la casa, ya a las afueras del pueblo, antes de lo que esperaba, y pensó que quizás la oscuridad que iba lamiéndole los pies, como una ola, fuese también quien le impulsara suavemente. Tal vez porque no había ningún otro sitio donde ir, aquella noche, ¿por qué no habría de apresurarse el tiempo, para él, para su cometido, para quien le esperaba?

Pasó de largo frente al patio y la gran ventana, que intentaba en vano esconder las luces que se apagaban en el interior. El huerto dormía ya, inmóvil, guardando amorosamente los retoños de la tierra. El gran perro lanudo le vio y ladró unos instantes, entre asustado y ofendido, antes de correr al granero. Él todavía anduvo un poco más. Se detuvo frente a la cerca, la que delimitaba la hacienda, en lo alto de un montecillo. Se apoyó contra ella, dejó que el viento cerúleo le acariciara el rostro. Esperó, y mientras lo hacía fue desenvolviendo la pipa larga que guardaba en un bolsillo escondido de su chaqueta, sin prisa. La limpió con mimo y procedió a llenarla de tabaco. Ya sacaba la caja de cerillas y se disponía a encenderla cuando notó los pasos leves a su espalda. Se deslizaba sobre la hierba, como él se había deslizado en el camino.

La mujer se situó a su lado. No le miró al momento. Con aquel encanto humilde de las campesinas entrecruzó las manos sobre el regazo y contempló fijamente sus pies, descalzos, antes de atreverse a levantar la mirada. El hombre que vendía atardeceres le sonrió con toda la amabilidad de que fue capaz, tratando de mitigar su evidente recelo. Surtió efecto, al parecer, pues asimismo cambió el gesto de ella. Esbozó a su vez una sonrisa.

-No sois tan viejo como había pensado. Aunque es difícil decirlo, en esta penumbra –habló, un deje de timidez preñaba la voz.

-¿Habíais pensado en mí? –preguntó el hombre, con genuina sorpresa. –Me siento halagado. No suelo suscitar los pensamientos de muchas mujeres habitualmente.

La expresión de ella se ensanchó, y durante un momento pareció realmente joven, aunque también a su interlocutor le resultaba complicado aseverar su edad. Quería pensar que era joven, sin embargo, al menos por aquellos ojos, que revelaban inquietud, expectación. Él se esforzó por volver a mostrarse animado, afable. Las sonrisas eran lo único que podían compartir, entonces; lo único por lo que podían dejar de ser extraños.

-¿Y por qué habíais pensado que era viejo? –se llevó la pipa a los labios, y con parsimonia encendió una cerilla. Brilló entre sus dedos como una luciérnaga.

-Supongo… que llevaréis mucho tiempo ejerciendo este oficio. Vender atardeceres… –la mujer volvió a desviar la mirada. A espaldas de ambos el sol se ponía, mas parecía demorarse, como si supiera que iba a ser reclamado. –Algo tan antiguo como el hombre mismo, imagino. ¿O ha habido alguno antes que vos? Oh, disculpad… creo que estoy diciendo tonterías.

-En absoluto. Habéis demostrado tener una capacidad de razonamiento totalmente comprensible. No os ruboricéis, señora. Aunque sería un necio si no os dijera que vuestro rubor me parece tan hermoso como los rayos del astro que se desvanece tras nosotros. Sólo por ello os regalaré una muestra de mis atardeceres, antes de que desveléis cuál es el que queréis pedirme.

Tomó entre los dedos la pipa; muy despacio, como si sostuviera una pluma, trazó una línea invisible frente a sí. El humo se desvaneció enseguida, mas al instante se abrió, lejos en el cielo, un retazo carmesí, semejante a la estela de un barco. Serpenteó entre las nubes, se fundió con ellas y finalmente se diluyó, levemente, apagándose como un suspiro. Así también suspiró la mujer al verlo. No fueron más que unos segundos, pero le pareció que había transcurrido toda una eternidad, si es que podía haber muchas eternidades distintas. Y sólo había sido una muestra, había dicho él…

-Es hermoso… No sé si mi petición estará a la altura –musitó, sobrecogida todavía momentos después. –Lo cierto es que es lo único que deseo. Quiero… un atardecer hermoso.

-¿Únicamente deseáis tal cosa? Puedo satisfaceros. Es mi cometido, al fin y al cabo. Sin embargo, si pensáis un poco más… –replicó el hombre, al tiempo que se llevaba de nuevo la pipa a los labios y daba una larga bocanada. –Si pensáis, señora, quizás halléis alguna otra cosa que pedir al atardecer que puedo brindaros.

La mujer reflexionó. Sus ojos brillaron, buscaron durante un momento en el cielo, como si todavía pudieran atisbar en él un retazo dorado que les respondiera.

-La mayoría de la gente ve nostalgia en los atardeceres. Creo que les asustan, como si el día se alejara y se llevara con él las oportunidades, los deseos no satisfechos o perseguidos. A lo mejor por eso nadie les presta atención a los atardeceres y sí a las noches, que parecen ser eternas, inalcanzables para el destino. Yo querría un atardecer que, al mirarlo, trajera esperanza –habló. Su sonrisa se llenó de satisfacción. –Uno en el que la mirada pudiera perderse y llegar hasta costas más lejanas. Uno… que fuera hermoso –concluyó, y, para sorpresa de su interlocutor, rió brevemente.

-La nostalgia también puede ser hermosa –dijo el extraño quedamente. La pipa, como asintiendo, dejó escapar una nubecilla.

-Sí, lo sé –se apresuró aquélla en contestar. –Es… cuando el alma se relame con los recuerdos, y a veces es hermana de la esperanza. –El hombre que vendía atardeceres la miró un instante, desconcertado. Había pensado que aquel encargo sería rápido, pero no había juzgado con acierto a su interlocutora. No se arrepentía de haberle ayudado a desatar sus pensamientos, pues en verdad le estaba sorprendiendo la claridad con que se reflejaban en la superficie de sus palabras, y la profundidad que escondían. –Creo que todo atardecer implica nostalgia, inevitablemente. Pero no querría ver en el mío la nostalgia que carcome el alma, sino la que reconforta en el camino, en el devenir de la vida. No sé… –de pronto, y por vez primera, la vio vacilar. El resplandor de sus ojos se esfumó. –No sé si me entenderéis. Quizás no estoy dirigiéndome a vos en los términos que esperáis, pero no sé hacerlo de otro modo. Si tal vez queréis otra cosa… Algo acerca de… los colores…

-¿Los colores? –sonrió el interpelado.

-Sí… No entiendo de eso; no desde luego como mi hermano, que es pintor en la ciudad. A veces me ha enseñado sus cuadros y he tenido la sensación de que le defraudaba, porque no sabía darle mi opinión como él necesitaba. Sólo podía decirle si me parecían o no bonitos. Pero disculpadme una vez más, he desvariado. El color de un atardecer… Supongo que el violeta estaría bien, ¿no creéis?

-Tan hermoso como el rojo, o el dorado, o cualquier otro. Habéis respondido a lo que quería saber mejor de lo que sin duda imagináis. No digáis más, señora, no es necesario más. Aquí tenéis el atardecer que os ofrezco.

Bailó la pipa en sus dedos, veloz y sutil al mismo tiempo, pues en un momento ya no estaba en sus labios, sino que se sostenía entre aquellos. La noche, un rebaño de nubes azuladas y orondas, había desterrado ya al sol hacia regiones remotas hacía ya un buen rato. Pero el hombre que vendía atardeceres agitó la cazoleta de la pipa ante ellas, cual el cayado de un pastor; y he aquí que, al tiempo que el humo se elevaba serpenteante en caprichosas filigranas, un hilillo dorado nació rasgando la oscuridad.

Un riachuelo se derramó en el cielo, y era áureo y carmesí y anaranjado; era alegre y melancólico, y las miradas de los dos navegaron en él lentamente, deteniéndose en cada uno de sus recodos para recoger una palabra de aliento o de esperanza. Lo recorrieron hasta el final, abandonaron por unos instantes el silencioso campo y su olor a monotonía y a estiércol, hasta que el viaje les dejó de nuevo al inicio. Sólo entonces los colores comenzaron a desvanecerse. El regreso de la noche fue lento, pesaroso, como si se sintiera indigna de recobrar su lugar. Cuando la tenue luz se marchó, finalmente, volvieron ambos a sentir el mundo que les circundaba; y eran más sabios, más viejos. Un trozo del ocaso todavía seguía atado a su alma.

El hombre que vendía atardeceres suspiró y se recostó contra la cerca. Siempre era un viaje distinto, cada vez. No había dos trabajos iguales. Miró a un lado, y se percató entonces de las mudas lágrimas que corrían por el rostro de la mujer, brillantes incluso bajo el manto de las nubes, en aquella noche en la que no habría estrellas.

-He intentado que fuera hermoso –le dijo. Vio entonces que sí, que era joven, y deseó poder besarla, como había deseado con otras muchas anteriormente. Alejó de sí tal pensamiento al momento, mas no bien lo había hecho cuando ella se giró, e inesperadamente, le abrazó. Buscaba un calor que él no podría brindarle. A pesar de todo le correspondió.

-Sí, ha sido hermoso –dijo ella. –Más de lo que hubiera podido imaginar. Ojalá lo hubieran visto mis padres, ojalá… –se detuvo para tragar saliva. –Ojalá Johann hubiera podido pintarlo, tan bien como sabe hacer. De ese modo no se perdería.

-No se perderá, señora.  Y quién sabe… quizás otros lo vieran antes que vos.

Escucharon en aquel momento un sonido leve de pasos, a espaldas de ellos, y se volvieron. Al otro lado de la cerca, a suficiente distancia como para que su rostro fuera apenas una máscara de sombra, se hallaba un niño, que miraba en su dirección. Permaneció inmóvil unos instantes, y acto seguido echó a correr, volviendo sobre sus pasos.

-Vaya –la mujer se retiró del hombre que vendía atardeceres, y se ruborizó otra vez, más intensamente. –Debo regresar. Me esperan. Os lo agradezco, señor –levantó la mirada, en la que ahora había tristeza. –Os agradezco que me hayáis concedido este deseo.

-No sólo a vos –repuso aquél. Vaciaba ahora sobre la hierba el contenido de la pipa, y la limpiaba con el trozo de tela en el que luego la envolvería. No miró a la mujer. Aquélla era la parte del trabajo que menos le gustaba. Nunca sabía qué decir. –Apresuraos, pues.

-Pero el  pago… ¿no vendréis?

-No habléis de eso. Es labor de otros.

Asintió ella, sin más. Pronto sus pies volvieron por el camino, descendieron el montecillo, y ni la misma hierba se inmutó ante su paso.

Allí quedó sola la figura erguida del extraño, y allí permaneció largo tiempo aquella noche, aunque nadie se lo volvió a encontrar. Sabía que estaría en otro lugar muy diferente al día siguiente, y siempre le gustaba atesorar algún recuerdo de los sitios que recorría. Incluso de aquel campo que no parecía tener nada de particular: encontró aquí una hoja especialmente inclinada, el canto de un grillo, el reflejo de una nube como una nave lenta y pesada. Todo ello lo guardaría en su corazón junto al ocaso que había ofrecido. Ninguno se perdía nunca. Se cuidaba muy bien de evitarlo.

 

 

 

El pequeño le llevaba de la mano con inusitada energía, con el brío que da la esperanza que en el fondo se sabe desesperada. Todo ello hacía que se le encogiera todavía más el corazón. Intentaba sostener su paso y a duras penas lo conseguía, debilitado como estaba su espíritu; le sorprendió ser capaz de mantener el equilibrio cuando, en un par de ocasiones, tropezaron sus pies con un hoyo oculto entre la maleza o una piedra sobresaliente. Años atrás hubiera recordado todos los obstáculos y esquivado cada uno sin problemas, pues profundamente había estado grabada en su instinto la fisonomía de aquel lugar. Ahora, no obstante, todo le resultaba extraño, anómalo. Como uno de aquellos puntos de fuga ilusorios de sus cuadros…

-Era aquí –Theodor se detuvo al lado de la cerca. Jadeaba, su redondeado rostro parecía una manzana madura. Nada había de inocencia infantil en su mirada; su tío supo que, a sus ocho años, había dado el primer paso hacia la madurez, esa tierra prometida que nunca acaba de vislumbrarse con claridad a lo largo de la vida. –Aquí es donde vi ayer a madre. Fue poco después del atardecer, estoy seguro.

-Theodor… –Johann se agachó a su lado, más porque necesitaba realmente descansar que por situarse a su altura. Tenía que permanecer sereno, tenía que reprimir el dolor que contraía su rostro. Era importante que él lo viera. –Lo imaginaste, eso es todo. Ya sabes que a esa hora… –se detuvo, se recriminó a sí mismo que se hiciera pasar de nuevo, voluntariamente, por encima de las brasas terribles de los recuerdos. –A esa hora ella estaba en su lecho y faltaba poco para que nos dejara. Sucede a veces, el pensamiento nos juega malas pasadas. Se llama… se llama sugestión…

¿Qué le importaban a aquel chiquillo las palabras técnicas, la expresión correcta para denominar su visión? Quizás en la ciudad, entre los grandes eruditos con sus barbas picudas, tenía algún sentido… pero allí no eran nada excepto vacío; nada había en aquel momento más que la muerte de una madre, de una hermana. Theodor tenía que seguir adelante, y contaría por siempre con su amor y su lucha para ayudarle. Era lo que importaba, lo elemental en el mundo. Y lo peor de todo era que no sabía cómo hacérselo entender. Había olvidado las palabras más básicas, las que realmente componen al ser humano, perdidas entre las metáforas y los espejos… entre sus cuadros y una sociedad en la que no había nombres sino términos. Abrumado, se frotó los ojos, dejó caer la cabeza sobre el pecho. Fue entonces cuando notó el calor del pequeño cuerpo, y los brazos alrededor de su cuello. El niño le abrazó sin una palabra, su pecho vibraba levemente. Las lágrimas no pudieron contenerse más y también él lloró, y ambos hablaron en el silencio.

Un rato después Johann se hallaba solo, sentado en el suelo. Apoyaba la espalda contra la cerca y su mente divagaba, haciendo casuales víctimas de su distracción a los tallos de hierba que quebraba entre sus dedos. Faltaba poco para que el sol se ocultara, aunque aún el cielo se veía rosa y vivaz, planeaban las aves en majestuosos círculos. Había sido una tarde hermosa. Nada que ver con el estado de su alma, sombría y apagada; mas no guardaba rencor a la naturaleza, que parecía saludarlo con alegría, o a los colores dulces como de acuarela que le rodeaban. Quizás ella intentaba animarle, si había que creer que les contemplaba desde algún lugar.

No era fácil ver un atardecer en la ciudad. Los inacabables tejados se creían allí los dueños del cielo, los únicos con derecho a disfrutarlo. Disfrutó así Johann de aquel ocaso, y encontró que nada de lo que había pintado hasta entonces, ni siquiera la obra que más orgulloso le hacía sentir, podía compararse al grandioso lienzo que tenía frente a sí. Descubrió que no había sido su memoria, los recuerdos de infancia, un buen referente. Tuvo tiempo de reflexionar bastante. Había pensado en volver a la ciudad una semana más tarde, y llevarse con él a Theodor; por fin iría a una escuela y recibiría la educación que su hermana no pudo darle. Sin embargo, ahora la idea no le parecía tan acertada. Podía esperar. Él podía quedarse allí un tiempo, hacerse cargo de la hacienda, y pintar lo que realmente era hermoso.

Durmió un rato, y el atardecer se derramó sobre él como una caricia.

Escritora de género fantástico, periodista especializada en videojuegos y literatura. Ha publicado la novela Heredero del Invierno (ediciones Kolab, 2011) y el ensayo Lágrimas de luz: posmodernidad y estilo en la ciencia ficción española (Spórtula, 2012).

One Comment on “El hombre que vendía atardeceres

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *

Puedes usar las siguientes etiquetas y atributos HTML: <a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <strike> <strong>

Visit Us On TwitterVisit Us On LinkedinVisit Us On Facebook