¡Con lo tranquila que había estado yo durante trescientos años…!

Esto es lo que me repito siempre, día tras día, aquí colgada. ¡Es tan humillante! Sobre todo cuando los niños se acercan y me toquetean. “¿Es de verdad, papá?” ¡Oh, dioses! Les juro que en esos momentos desearía gritar con todas mis fuerzas. Como en los viejos tiempos…aquellos en los que aún me guardaban un respeto.

Discúlpenme, todavía no me he presentado. Mi nombre es Night Wanderer. Espada Night Wanderer, si prefieren mantener las formalidades. Y sí, estoy hablando. No piensen que voy a molestarme en aclarar todas las pueriles dudas que de hecho estarán surgiendo en sus cabezas. Además, ¿de qué serviría que les recitase la fórmula que mi maestro empleó para forjarme? Conociendo como conozco a los humanos la usarían para cometidos a cuál más estúpido, como una jarra de cerveza que nunca se vaciase o un tenedor que apartara él solo los condimentos.

Volviendo al tema, veo por la expresión en sus rostros que mi nombre no resulta del todo desconocido para algunos de ustedes. Así es: fui empuñada por los más gloriosos caballeros que ensalzan los cantares, y estuve en el fragor de las batallas  más sangrientas que todavía relatan los ancianos al calor de las chimeneas. Pero no es ninguna de éstas la historia que me dispongo a contarles. Presten atención, porque el relato de las circunstancias que me condujeron a mi lamentable estado actual quizás sea uno de los más absurdos que hayan escuchado nunca…

 

Hacía bastante tiempo que nadie me blandía. Concretamente, como antes dije, unos trescientos años, día más, día menos (contando los bisiestos). Y lo cierto es que no podía quejarme. Mi anterior amo, tras retirarse y ordenarse fraile, me había devuelto a mi antiguo hogar, una suerte de templo subterráneo, y no se estaba nada mal allí. Una imponente armadura pétrea me sostenía en alto, majestuosamente. La gruta era fresca, lo cual convenía bastante a mi hoja (que por cierto, y sin presunción ninguna, tenía entonces un brillo  maravilloso) y yo gozaba de gran reputación en la superficie, es decir, en el bosque cuyo nombre no les incumbe ahora. Así me lo hacían saber los silfos, quienes solían visitarme a menudo e informarme sobre las novedades que acontecían allí arriba. No se puede decir que mi existencia fuese aburrida.

Precisamente aquella terrible fecha (si no me equivoco, una semana después de la fiesta anual de las mandrágoras), un simpático silfo llamado Asperim y yo charlábamos sobre el último corte de pelo que se había puesto de moda entre las ondinas cuando escuchamos un terrible rugido sordo, algo semejante al eructo de un troll (si no han escuchado nunca uno, les recomiendo que busquen a un troll y le pidan una demostración; siempre después del desayuno, claro, a menos que pretendan convertirse en pieza constituyente de la misma). Súbitamente el techo se abrió, y una enorme figura oscura se precipitó en medio de una polvareda y una lluvia de rocas.

Cuando conseguí dejar de toser, encontré frente a mí a una criatura francamente extraña: voluminosa, con el rostro ceniciento (al menos la escasa parte de éste que dejaba traslucir una abundante mata de pelo castaño), vestido con un jubón remendado con innumerables parches y unos pantalones rasgados, al parecer debido a la violenta caída. Consecuencia de ella había sido también, supuestamente, la pérdida de su bota derecha. Tumbado en el suelo cuan largo era, no dejaba de proferir una retahíla de extraños sonidos que más tarde identifiqué como quejidos y expresiones de dolor.

En pocas palabras, ofrecía un aspecto tan patético que tardé unos instantes en darme cuenta de que era un ser humano.

Para entonces, mi curiosidad por tan sorprendente aparición no había hecho sino aumentar. Gañendo como un perro, y soltando toda clase de improperios y aseveraciones vergonzosas, se revolcó y rodó por entre las piedras hasta que consiguió ponerse en pie, aunque dado el método yo misma dudaba que fuera ése su objetivo. Fue en ese momento cuando reparó en mi presencia. Abrió los ojos desmesuradamente, y se aproximó cojeando a la estatua que me sostenía.

-¡Por todos los grifos!-exclamó con un vozarrón.-¡La he encontrado finalmente!

Dicho esto, aferró mi empuñadura y tiró de ella como si intentara arrancar una patata del suelo. No tuve más remedio que censurarle su falta de delicadeza.

-¡Eh, ten más cuidado! ¿Cómo pretendes sacarme así, animal? Tienes que hacerlo de arriba abajo, despacio.

¡Dioses, qué salto pegó aquel hombre! Volvió a caer al suelo (una lástima, después de tanto esfuerzo para levantarse) y su faz, pese a estar cubierta de hollín, se tornó lívida. Tartamudeó algo ininteligible.

-¿¡U…una…una espada…que…habla!?-conseguí descifrar.-Dime, ¿es lo que hacéis normalmente?

-¿Cómo?-exclamé, volviendo a dudar seriamente sobre qué clase de ser era aquel que tenía delante. -¿Acaso nunca has visto una espada?

-Bu…bueno-comenzó el hombre, con la expresión más inocente y bobalicona que yo jamás había visto-creo que mi padre tenía una como herencia de mi abuelo. La usaba para cortar el jamón en Pascuas. Nunca la oí hablar, pero…

Les juro que en aquel momento no sabía si echarme a reír o estallar en llanto. ¿Qué hacía yo hablando con aquel tipo? Pero, sobre todo, esperaba que hubiese sido una broma su intento de llevarme con él…

-No-dije, respirando profundamente y adoptando el tono que se emplea para explicar a un niño pequeño que el pienso de los cerdos no se come- las espadas no hablan. Pero yo soy una espada especial…

-¡Lo sé!-exclamó de pronto-¡Eres la Night Wanderer! ¡Por eso he venido a buscarte!

Sentí que se me caía el alma a los pies (aun cuando no tenía).

-¿Buscarme?

-¡Sí! Por favor, tienes que ayudarme. Tengo un gran problema. Encontré el mapa para llegar hasta aquí en el desván de mi casa, y…

-Ejem, sí, ya veo. Verás, el caso es que no soy una curandera o una bruja, como pareces pensar. No soluciono los problemas de la gente. Sólo sirvo para que los guerreros…¡oye, espera! ¿Qué crees que estás haciendo?

Antes de que yo hubiera acabado la frase, el tipo había vuelto a las andadas. Con un forcejeo, y a pesar de mis protestas y súplicas mentales a los dioses, logró al fin separarme de la estatua. Al tomarme con ambas manazas estuvo a punto de perder el equilibrio; tal era su  torpeza que temí que fuera a dejarme caer. No lo hizo, por suerte, y volvió a dirigirse a mí con expresión triunfal.

-Ya sé que no eres una curandera, ni yo soy un guerrero. Pero necesito una espada fuerte, y te prometo que lo haré lo mejor que pueda. ¿Vendrás conmigo?

Tengo que confesar que era la primera vez que me pedían mi consentimiento para sacarme del templo. Aquel hecho me agradó sobremanera; ello, unido al triste aspecto que presentaba el individuo me hizo sentirme superior y, al mismo tiempo, benevolente. Por otra parte, también sentía cierta curiosidad por averiguar qué era aquel asunto que tanto le atribulaba. Pensé que se trataría de alguna banalidad campesina, nada comparable a las intrigas y batallas a las que yo estaba acostumbrada. Por todos estos motivos, y considerando que tal vez sería divertido, pronuncié unas palabras de las que luego me arrepentiría amargamente:

-Está bien, hagamos un trato: yo te acompañaré y te ayudaré como pueda en ese asunto, pero cuando éste se solucione me traerás de vuelta aquí. ¿De acuerdo?

-Lo prometo-dijo el hombre, sonriendo de oreja a oreja.-Marchémonos.

-¡Espera!-no podía creerlo; aquel zopenco iba a intentar salir por el agujero que había hecho en el techo. -¿No te parece mejor por la puerta?

Con expresión de estúpido asombro, mi acompañante se percató por primera vez de las escaleras que ascendían hacia el exterior, a sus espaldas. Comenzó a subirlas…y poco antes de alcanzar el tramo final aparecieron Xan y Dhalia.

Oh, vaya, me he olvidado de hablar de ellos. Cuando mi maestro decidió recluirme en el templo, creyó oportuno colocar a dos guardianes que supervisaran a quienes requirieran mis servicios (aquellos que, evidentemente, entraran por donde debían). Dos gárgolas, nada menos. Pero no piensen en ellas con el aspecto terrible que suelen tener estas criaturas, no. Xan y Dhalia eran muy agradables y proporcionaban buena compañía. Como no solían tener mucho trabajo mataban el tiempo jugando a las cartas. Se  habían convertido en unos verdaderos ludópatas. De hecho acarreaban un amplio número de deudas a lo largo y ancho del bosque, y un grupo de sátiros pendencieros de no muy buena reputación andaban tras ellos con intenciones poco amigables. Un par de veces habían aparecido en el templo, pero las gárgolas, ojo avizor, se habían transformado en piedra. Y, claro, cualquiera se enfrenta con un pedazo de roca, por mucho dinero que te deba.

Como iba diciendo, Dhalia y Xan surgieron de la nada y se plantaron delante de nosotros. Les encanta ese tipo de entradas espectaculares. Al humano, como es lógico, no le hizo tanta gracia. Poco faltó para que cayese rodando por las escaleras.

Mostrando una fiera expresión (cuando deben, hacen bien su trabajo), Xan fue el primero en hablar:

-¿De dónde rayos has salido, adefesio? No puedes entrar sin nuestro permiso.

La respuesta del hombre fue una genuina muestra de incoherencia lingüística.

-Yo…no…no encontré…la puerta estaba…y yo, arriba…pues…cedió…er, el suelo…esto…por favor, no me m-matéis…

¡El rostro estupefacto de mis dos amigos era de veras cómico! Me contuve para no soltar una carcajada, pues imaginé que podía ofenderles. Debo reconocer que en aquellos momentos me lo estaba pasando realmente bien.

Dhalia me miró con el entrecejo tan fruncido que en lugar de ojos parecía tener dos guisantes.

-¿Vas a irte con este…pingajo?- su aprecio por los humanos era escaso, y supuse cómo debía sentirse ante aquel individuo que no paraba de temblar.

-Así es. No te preocupes, será durante poco tiempo-aduje, tratando de relajar la situación. –Vamos, chicos, dejadle pasar. ¿Cuánto hace que no viene nadie? Debéis ser un poco más amables-añadí, con un leve tono de reproche.

Se hizo el silencio durante unos instantes. Aparte del sonido del aire filtrándose entre las rocas, lo único que se oía era el castañeteo de los dientes del humano. Al fin Dhalia, soltando un bufido que me recordó al mugido de una vaca, se encogió de hombros.

-De acuerdo. Allá tú con lo que hagas, Night Wanderer. Mientras os vais por ahí a matar topos, nosotros nos daremos un garbeo por Caer Galbhen.

-¡Oh! Hay un torneo de póker de gran renombre por estas fechas -intervino de pronto el humano.

Clavé una mirada significativa en las gárgolas, que se aprestaron a desviar la vista con una sonrisa de circunstancias.

-Esto…¿por qué no os marcháis ya?-tartamudeó Xan.-Cuanto antes lo hagáis, antes acabaréis lo que quiera que vayáis a hacer.

Se hicieron a un lado, permitiéndole el paso. No obstante, antes de irnos el individuo hizo un último apunte:

-Tengan cuidado en el torneo con un tipo llamado Ralph. Siempre hace trampas. Es mi cuñado, y le odio, por cierto, así que si podéis desenmascararle y humillarle me haríais…

El gruñido furibundo de Xan y Dhalia interrumpió de golpe la frase del hombre, quien dando un respingo se apresuró en subir los escalones que nos separaban del exterior.

 

Resultó agradable volver a salir a la superficie. Casi había olvidado el hermoso color esmeralda que adquirían las hojas de los árboles cuando el sol se filtraba a través de ellos. Ni las más delicadas vidrieras de Bizancio podían compararse con ello. Pude constatar que estábamos en plena primavera, pues el bosque refulgía de vida con maravilloso esplendor.

Nos alejamos un trecho de  mi templo, hasta llegar a un arroyuelo. Allí, el humano se refrescó el rostro y bebió con parsimonia, dejándome apoyada contra el tronco de una encina.

-¿Quieres beb…?Oh, vaya, supongo que no…Nunca he oído que las espadas beban. El caso es que como hablas…Y tampoco comerás, ¿verdad?-añadió con una sonrisa bobalicona. Al parecer no esperaba contestación alguna por mi parte, ya que sin más se sentó a mi lado y comenzó a mordisquear  una manzana que sacó del interior de su chaqueta.

-Esto, verás…-comencé a decir, carraspeando. –No quisiera parecer desagradable, pero me gustaría que me explicaras de una vez por qué has venido a buscarme, y para qué me necesitas. Se trata de una chica, ¿verdad?-aventuré.-Siempre hay una chica en estos casos.

-¡Oh, no, no, en absoluto!

Tuve que esperar unos minutos más, hasta que se terminase la manzana y se chupase cada uno de los dedos con delectación, para que al fin, alabados sean los dioses, comenzara su narración.

Una de las pocas cosas que conseguí sacar en claro a la primera de su atropellado relato fue que se llamaba Doggler. Se ganaba la vida como bien podía cultivando unos míseros terrenos  en una aldea cercana. Era respetado por sus vecinos, y querido por sus amigos. Aunque no ocurría así con su hijo. El muchacho, de diecisiete años recién cumplidos y nombre Tyres, no se encontraba nada a gusto viviendo en aquel poblado, ni se resignaba a que su destino fuese heredar las posesiones de su padre y trabajar de sol a sol abriendo surcos en la tierra. No, sus aspiraciones eran mayores: convertirse en soldado de Su Majestad y abrir surcos en el vientre de sus enemigos. En concreto, había sido invitado por su tío Baranis (otro cuñado que no hacía muy buenas migas con Doggler), capitán de infantería, a unirse a su regimiento como cadete. Ello provocaba discusiones constantes entre el joven, dispuesto a marcharse de inmediato, y su padre, decidido a que reflexionara.

-Tyres dijo el otro día que yo no sería capaz ni de defenderme del ataque de una salamanquesa con una cimitarra. Eso me deprimió mucho. Así que pensé en hacer algo heroico, algo audaz, para demostrarle que aunque sea un simple campesino no soy un inútil, y que no resulta una deshonra ser mi hijo. No es que pretenda obligarle a que se quede, pero al menos me gustaría que lo pensara mejor. Y justo cuando decidí eso, ¡bingo!, encontré el mapa para llegar hasta ti entre los trastos de mi abuelo. ¿No crees que es un regalo de los dioses? Sé que eres una espada famosa y poderosa, y pienso que podrás ayudarme a conseguir lo que quiero.

-Espera un segundo…-aún había algo que me desconcertaba en aquella historia.-¿Qué es exactamente lo que piensas hacer?

Doggler alzó el rostro con vehemencia.

-¡Matar un dragón!

-¿Un dragón?-repetí, sin dar crédito a lo que oía.- ¿Quieres matar un dragón? Pero, hombre, ¡tú ni te imaginas lo solicitados que están hoy en día los dragones! Es que se usan con cualquier excusa. ¿Qué quieres declararle tu amor a una doncella? Pues, hala, ¡a matar un dragón! ¿Qué la aldea está apestada y no sabes la causa? Venga, ¡a matar al pobre dragón que vive en la montaña! Y todo está peor desde que los dragones cerraron su gremio de Colaboradores de Caballeros. Cuando funcionaba, la cosa era más ordenada: contactabas con ellos, pagabas unas cuantas monedas de oro y ya tenías tu dragoncito para matarlo limpiamente. Incluso podías contratar el servicio extra y ensayar una coreografía para la batalla bastante efectiva. Pero ahora…Hace un par de semanas, sin ir más lejos, hubo en el bosque una manifestación bastante sonada de dragones, que reclamaban ser eliminados con la dignidad de antaño. Así que creo que tu aparición sería más bien problemática…No, no pienso que esa idea sea la más acertada.

-Qué mala suerte…-Doggler pareció abatido, mas al instante su rostro se iluminó-¡Eh! ¿Y qué tal un gigante?

-Los gigantes son poco creíbles-repliqué.-¿Cómo vas a llevarlo hasta la aldea, arrastrándolo de los pies? Tendrías que llevarte sólo la cabeza. Y entonces pocos te tomarían en serio. Pensarían que te has cargado a un tipo normal con un cabezón enorme…

-¿Y una mantícora?

-Tengo entendido que han dejado la zona. Decían que el aire les estropeaba la piel.

El humano hundió los hombros y resopló, desolado. Durante un momento me sentí aliviado, creyendo que tal vez cejaría en su intento y me devolvería a mi querida gruta. Pero entonces, al mirarle a los ojos, repentinamente húmedos, sentí compasión por él. Pensé en su hijo…en la soledad que le invadiría si se marchaba…en su padre cortando jamón con una espada…y exhalando un suspiro, dije:

-Conozco a una serpiente marina que vive en el lago. Le debía un favor a un primo segundo de mi maestro y, er, imagino que si se lo pedimos amablemente no le importará dejarse degollar.

Doggler dio un salto con todo su orondo cuerpo.

-¿Lo dices en serio? Nunca he oído sobre un héroe que derrotase a una serpiente marina. ¡Mi hijo se quedará de piedra!

-Será sólo un viaje de ida y vuelta, ¿eh?-me apresuré en advertir, una vez más. –Matamos al bicho, y me llevas de regreso a la gruta.

-Qué pesada eres-gruñó.-Ya te he dicho que lo haré. ¿Para qué quiero yo quedarme con una espada?

Tuve una escalofriante visión mental de mí misma cortando rodajas de queso, por lo que me abstuve de responder.

Sin esperar un segundo, el hombre se dispuso a marchar al lago. Insistí en que debía prepararse un poco e intentar practicar algo de esgrima (al menos para que no me sostuviera como si fuera una escoba). Pero, por ridículo que parezca, se hallaba bastante seguro de sus posibilidades, lo cual me alarmó en extremo.  Por si fuera poco, se empeñó en envolverme en un trozo de tela que apestaba a cebolla, pues, según decía, los héroes de los cantares no solían llevar sus espadas desenvainadas constantemente. Yo me negué en rotundo. No se imaginan lo aburrido que es estar dentro de una vaina. Te pierdes el paisaje, escuchas a la gente reírse y no sabes por qué, te entran picores por todas partes…Y encima en un trapo maloliente. ¡Ni hablar! Además, yo tenía que indicarle el camino. De modo que consintió en llevarme en la mano. Tuve que aguantar que casi me arrastrara por el suelo y  me tropezara con cada árbol…pero disfruté de la vista.

Tardamos algo menos de una hora en llegar al lago. Apenas lo divisamos, Doggler se arrojó bruscamente al suelo y se arrastró sobre los codos, como si fuese un cazador. Lo único que consiguió fuese cubrirnos a ambos con una generosa ración de tierra.

-¿Qué…demonios haces?-aquel esperpento no dejaba de asombrarme.

-Tenemos que cogerla por sorpresa, ¿no?

-Pero, pedazo de alcornoque-mi paciencia comenzaba a rozar el límite-¿no ves que está debajo del agua? ¡No es necesario que te escondas!

-Mmm…-el hombre tardó unos segundos en rumiar aquella información.-Tienes razón.-se puso en pie, y gritó:-¡Da la cara si tienes agallas! No, espera, no es un pez…¡Si tienes bronquios!

>>Bien, en cuanto salga a la superficie-me susurró-es tu turno.

-¿Mi turno? ¿Qué quieres decir?

-Pues eso, haz lo que sepas hacer. Lanza un rayo, fuego, petrifícala…no sé.

-Me temo que no tengo ninguno de esos poderes, amigo.

El rostro de mi compañero palideció por momentos. Con los ojos abiertos de par en par y la barbilla temblorosa me miró de arriba abajo.

-¿Co…cómo? No hablarás en serio…

-Lo cierto es que sí. Mi único poder es aquel al que acabas de aludir.

-¿¡Qué clase de espada mágica eres tú entonces!?-estalló de pronto.-¡Vaya porquería! ¿Sólo eres capaz de hablar?

-¡Eh, un momento, sin faltar!

¡Aquello era la gota que colmaba el vaso! Un seboso pueblerino con la inteligencia de una albóndiga insultándome. En mis quinientos años de existencia jamás me había sucedido nada parecido.

-Ninguno de los  héroes que me han empuñado habrían podido cubrirse de gloria de no haber contado con mis sabios consejos. Sir Gawain, Sir Wallace, el rey Elessar o el valiente caballero Huma, todos ellos agradecieron a los dioses el poder contar con mi apoyo en sus campañas . ¡El que tú seas un campesino inútil incapaz de blandir una espada sin sacarse un ojo no te da derecho a menospreciar mi maravilloso don! ¡Y a ver si  te enteras que…

-¿SERÍAIS TAN AMABLES DE DEJAR DE GRITAR? ¡Estoy tratando de dormir!

Tanto Doggler como yo nos volvimos de inmediato hacia aquella voz. Una extraña cabeza que parecía de tortuga sobresalía del agua y nos miraba fijamente con gesto malhumorado.

-¡Un fastitocelyn!-exclamó mi acompañante.

-Oh, por favor, no me insultes comparándome con esas moles torpes y grasientas-la criatura se estiró perezosamente y sacó a la superficie el resto de su cuerpo.

Fue la primera vez que me alegré de haber salido de mi gruta. Aquel animal tenía la apariencia de una tortuga normal…¡con la excepción de que poseía una segunda cabeza en el lugar de la cola!

-¿Qué clase de tor…tortuga eres?-tartamudeó Doggler.

-Acabas de decir mi nombre- respondió la interpelada con una sonrisa satisfecha.

-¿Te llamas tortuga?

-No, amigo. Tortortuga.

-¿Qué nombre es ése?-intervine, exasperada. La situación se estaba volviendo cada vez más surrealista.

-Es el nombre que adopté-explicó el extraño ser, al tiempo que se rascaba uno de los cuellos con la pata. –Todo el que me ve dice siempre lo mismo: “¡Una tor…tortuga!”. Así que, ¡qué diablos!, me quedé con él .

-Qué raro…jamás había visto nada como tú-dijo Doggler, boquiabierto.

-Dímelo a mí, que me veo doble cada día-replicó Tortortuga con orgullo.

-¿Sabes?, juraría que tienes toda la cara de un cuñado mío que…

-Vamos a ver-interrumpí, intentando recuperar un poco de coherencia.-Hemos venido a buscar a una serpiente marina. ¿Sabes dónde está?

-Ah, creo que sé a quién te refieres. Ya no vive aquí. Mejor dicho, no vive en ninguna parte. Era ya una pobre vieja desdentada cuando la conocí. Los corales eran demasiado duros para ella, y además no soportaba que los niños vinieran cada día a tirarle piedras. Un día se hartó y se comió a uno…pero claro, no pudo masticarlo, se atragantó y murió.

No podía creer lo que estaba oyendo. La serpiente que yo recordaba era un monstruo robusto y poderoso…Antes de que pudiera recuperar el habla, Doggler dijo:

-¿Y no te importaría que  te matásemos a ti en su lugar? Será sólo un momento…

+-¿Estás loco?-gritaron las dos cabezas al unísono. –Si tienes hambre búscate un conejo unicéfalo. O córtate un dedo del pie, ¡seguro que harás un buen puchero!

Visiblemente ofendida, la Tortortuga se hundió bajo el agua. Esperamos unos diez minutos, mas no volvió a aparecer. De forma que, con gesto abatido, y lanzándome una elocuente mirada, el humano se fue por donde había venido, y yo con él. Por el camino traté de consolarle; le dije que encontraríamos otro modo de convencer a su hijo para que se quedase, y que tal vez el mero hecho de haberme encontrado le haría recapacitar. Lo admito; en el fondo sentía bastante compasión, y sí, remordimiento, por la situación de aquel pobre diablo.

Fue entonces cuando el destino se cruzó con nosotros. Aunque en mi caso…diría que me puso la zancadilla.

Un estridente chillido femenino (supongo que pueden hacerse una idea de su intensidad si les digo que sentí mi hoja vibrar de arriba abajo) hendió el aire. Doggler se detuvo en seco, como un sabueso que hubiese husmeado un rastro.

-¡Creo que conozco esa voz!-exclamó, echando a correr hacia ella con una determinación que me sorprendió.

Escondida tras el tronco de un árbol, hallábase una joven delgada de cabello pajizo, protagonizando una de las escenas de histeria más impresionantes que yo hubiera visto nunca. Enfrentado a ella, y acercándose amenazadoramente, se encontraba un basilisco, de corta edad a juzgar por su tamaño.

-¡Es la novia de mi hijo, Lea!-dijo Doggler.

Ya se los dije. Siempre hay una chica al final.

El grito alertó a ambos contendientes. El basilisco volvió la cabeza lentamente hacia nosotros y nos miró. De súbito sus ojos chisporrotearon.

-¡Maldita sea!-grité.-¡No quiero acabar mis días convertida en piedra!

Todo sucedió muy deprisa.

En un gesto instintivo, Doggler levantó los brazos y se cubrió el rostro con mi hoja. Algo me impactó de repente, con una fuerza tal que ambos salimos despedidos hacia atrás varios metros. La chica gritó de nuevo, y yo me preparé mentalmente para comenzar a sentir los efectos de la petrificante mirada…

Pero los minutos pasaron y nada ocurrió. El humano no se movía…

-¡Oh, mira al bicho!-escuché de pronto. ¡Era la voz de Doggler!

Desde mi posición conseguí dirigir la mirada hacia la criatura…¡y comprobé que ella se había convertido en piedra! Entonces lo comprendí: el rayo de sus ojos se había reflejado en mí y devuelto hacia el propio basilisco, quien era ahora una bonita (todo hay que decirlo) estatua de granito.

La muchacha salió de su escondite. Con lágrimas en los ojos corrió a abrazar al desconcertado campesino, aún sentado en la hierba.

-¡Me has salvado! ¡Muchas gracias!-repetía una y otra vez. -¡Estoy deseando contárselo a Tyres!

El hombre no articuló palabra, aunque su rostro mostraba una amplia sonrisa de satisfacción. Probablemente ni siquiera sabía cómo, pero había derrotado al basilisco.

Había realizado al fin su ansiada hazaña.

¡Y yo podría volver a mi vida normal!

 

 

Apenas un día más tarde, Doggler ya se había convertido en un héroe en su aldea. Algo lógico, después de todo, en un lugar donde la mayor proeza que se recordaba era la de un tal Frohst, que había conseguido beber cincuenta jarras de cerveza sin parar mientras tocaba el piano con la otra mano.  Por obra de quién sabe qué extraña magia tergiversadora, para todo el mundo el basilisco no era ya aquella criatura esmirriada, sino un ejemplar de al menos doce metros de alto y patas como inmensos pilares. Y Doggler le había vencido tras una extenuante lucha, montado en un caballo dorado… Aunque, por supuesto, ninguna de las extravagantes versiones me mencionaba, no podía dejar de sentirme contento por el humano. Era un buen tipo, a pesar de todo.

Tyres no era el menos sorprendido. Con palpable emoción se disculpó ante su padre por haber dudado de su valía.

-Con esto me siento feliz-me confesó Doggler a solas, pues habíamos convenido que no debía hablar delante de la gente.-Te lo agradezco, Night Wanderer. Espero que  perdones mi insolencia. Mañana te llevaré de vuelta a tu gruta.

-No es necesaria tanta prisa- repliqué, para su sorpresa. De repente, y por algún motivo que desconozco pero que nunca dejaré de reprocharme, me apetecía quedarme con él un poco más. ¡Cómo lamento ahora aquel momento de debilidad!

Varios días más tarde, a alguien se le ocurrió que la aldea necesitaba una organización. Y quién mejor que su flamante héroe para ocuparse de ella.

-¿Yo…alcalde?-Doggler casi se desmayó al enterarse de la noticia. –Pero…pero…yo no tengo ni idea de cómo hacer eso…no puedo.

-Deberías aceptar-le aconsejé.

-Está bien…pero me gustaría que me ayudaras tú. Sólo por un tiempo-rogó.

Me  miró con ojos de cordero degollado, y no tuve más remedio que aceptar. Bah, al fin y al cabo sería sólo una temporada. Y podría recordar mis antiguos tiempos de consejero…

Al principio, no fue nada mal. El alcalde Doggler construyó un molino nuevo en un emplazamiento mucho mejor que el anterior. Y más tarde otros varios. Yo le hablé de un sistema de almacenamiento de cereales bastante efectivo, y un novedoso sistema de canalización del agua…y él me escuchaba paciente y entusiasta, como un niño que escucha un cuento de su abuela.

En pocos años, la aldea mejoró notablemente, a decir verdad. Pronto, gracias a mis aportaciones, dejó de ser un agujero de mala muerte y llegó a ser un lugar incluso acogedor. Doggler,  a quien al principio le abrumaba su cargo, no tardó en gestar ideas propias. Y debo admitir que algunas eran realmente buenas.  Ya no aceptaba ciegamente todo lo que yo le decía, hecho que me agradó. Y cada vez precisaba menos de mi consejo, por lo que decidí que era hora de regresar a mi lugar de origen.

Así se lo expuse cierto día. El alcalde asentía con la cabeza mientras yo le agradecía el agradable tiempo del que había disfrutado, y le decía que podría ir a visitarme siempre que le plugiese. Mas, cuando terminé mi perorata, él no respondió.

-¿Doggler?¿Me has escuchado?

-¿Eh? Ah, perdona. Te oía, pero estaba pensando en otras cosas…Y de todas formas, hablabas en voz muy baja, ¿no?

-¿En voz baja?

-Eso me pareció…Bueno, no importa. Sí, no te preocupes. Te llevaré de vuelta a tu gruta lo antes posible. Pero antes he de terminar unos asuntos…-murmuró y se marchó, hablando solo.

Al día siguiente volví a hablar con él. Pero cada vez parecía escucharme menos…y yo me desesperaba más. Comenzaba a temer lo peor. Había oído algunas historias, en mi juventud, cuando acababa de ser forjada, sobre un trastorno bastante común de los humanos. Llegan a preocuparse de tal forma por los asuntos mundanos, que acaban por dejar de escuchar a su propio corazón, y pierden todo aquello que está más allá…aquello que una vez les hizo  felices de verdad.

Un día Doggler se paró frente a mí y me miró, simplemente, con gesto pensativo.

-Juraría que…esta espada hacía algo-dijo para sí. –Pero…no consigo recordarlo. En fin-se encogió de hombros-no importa. Tyres me dijo que necesitaba algo para tapar un desconchón en la pared de su cocina. ¡Seguro que a los niños les encantará!

Por más que grité, insulté y farfullé, Doggler no me respondió. Mi amigo ya no podría oírme más…Me había enterrado para siempre en el fondo de su memoria..

Y si no creía en mí, yo no volvería a existir para él

 

 

Así fue como llegué aquí. Bochornoso, ¿no es cierto? Después de todo lo que he pasado…todo lo que he conseguido…¡colgada en una cocina, al lado de una sartén y oliendo todo el día a berenjenas! Con lo que las odio…Y así estaré  por siempre, hasta que alguien vuelva a abrirme su corazón. A creer en todo aquello que es más real que lo que ve. Aquello que se ve con el alma.

Bien, ya les he importunado y retrasado bastante con mi triste historia. Pronto llegará el alba, y si desean desvalijar esta casa, honorables rateros, no piensen que voy a impedírselo. Al menos me divertiré durante unos días. Dense prisa,y que tengan suerte.

¡Buenas noches!

Escritora de género fantástico, periodista especializada en videojuegos y literatura. Ha publicado la novela Heredero del Invierno (ediciones Kolab, 2011) y el ensayo Lágrimas de luz: posmodernidad y estilo en la ciencia ficción española (Spórtula, 2012).

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