-Papá, quiero ser investigador de  humanos.

Gergio sufrió un repentino y espasmódico ataque de tos. La taza de café se agitó en sus garras y un buen chorro se derramó sobre su impecable corbata amarilla. Edella, a su lado, soltó un grito y una humareda, y acudió presta a darle golpecitos en la espalda. Una vez desapareció el peligro de asfixia, ambos volvieron la cabeza hacia su hijo. Marco, plantado en el umbral de la cocina, estaba serio y enhiesto. Vestía su traje elegante y se había anudado cuidadosamente la pajarita (a pesar de lo que costaba generalmente convencerle para que la llevara en las ocasiones pertinentes). El hocico estaba lustroso, bien pulido con piedra pómez, y las uñas de los pies y las garras se mostraban relucientes. Cualquiera hubiera dicho que acudía en verdad a un Enlace o algún acto solemne, de no haber sido por el puñado de libros que sostenía bajo ambos brazos, apretados contra los costados.

-¿Podrías repetir eso de nuevo, por favor? –dijo Gergio, y se puso en pie. Las pupilas se le habían entrecerrado, y ligeras volutas de humo le escapaban de las fosas nasales. Eran los signos inequívocos de que su enfado comenzaba a emerger, por no hablar del leve tic de su ceja derecha. Su sombra se cernía imponentemente sobre Marco, pero éste no se amilanó. Llevaba días ensayando aquel discurso. Tomó aliento y comenzó, aunque la voz que escapó de sus fauces le sonó un tanto más aflautada y quebradiza de lo que deseaba.

-Quiero ser investigador de humanos, papá. De hecho, ahora voy a una reunión del grupo de los Jóvenes Dragones Investigadores. El JDI, ya sabes. Es un grupo becado por el Ministerio de Conocimiento de lo Que Está Afuera, y científicos muy respetados lo supervisan buscando nuevos pupilos. –Hizo una pausa para apartar la mirada de su padre. No le ayudaba en su discurso contemplar aquel rostro que comenzaba a tornarse más y más oscuro. Buscó a su madre, aunque ésta tampoco mostraba una expresión alentadora. Se aferraba el delantal con ambas garras y parecía a punto de dejar escapar gruesos lagrimones. –En fin… –continuó, notando cómo su entereza decaía, y deseando terminar antes de que cayera del todo al suelo –hoy es mi primer día. Hice la inscripción hace dos semanas y me han aceptado. Mi ensayo sobre Vello Facial y Jerarquía en los Grupos Humanos les pareció muy interesante, ¡incluso van a incluirlo en el próximo boletín!

El pecho de Gergio se hinchaba y deshinchaba con velocidad. El humo que escapaba de sus narices ya formaba una nubecilla que rodeaba su cabeza como una aureola. Marco volvió a tragar saliva.

-Y… pues eso… Que me marcho. Volveré para cenar.

-¡Ya hemos hablado de esto muy seriamente, jovencito! –el rugido del enorme dragón surgió por fin, como la erupción de un volcán, y su hijo, que ya se había dado la vuelta, dio un respingo. Varios libros cayeron al suelo. -¿Dónde crees que vas a llegar con esos escarabajos en la cabeza? ¿Para esto nos hemos esforzado tanto tu madre y yo, para que malgastes tus energías en… en estudiar bichos?

-No es una pérdida de tiempo, papá –replicó Marco, recogiendo apresuradamente los libros a la vez que intentaba sostener la mirada de Gergio. –Los humanos son el pasado, y conocer el pasado es la clave para ir firmes hacia el futuro…

-Ya, ya conozco esa máxima de tu JDI, Marco. No te esfuerces. La tienes en la cabecera de tu cama y la escribes allá donde puedes –bufó Gergio. –Por los Santos Fuegos, deberías valorar más lo que tienes. ¡Eres un dragón verde! ¡Nada menos! –palmeó su voluminoso estómago con las garras, y la intensa devoción de sus palabras casi hizo que su escamosa piel color jade brillara de repente. Una piel que, en efecto, muchos envidiaban. Existían ya muy escasos dragones verdes: habían pasado innumerables años desde la Gran Nube, y los colores mezclados, artificiosos en un principio, estaban ya implantados en el código genético de la raza. Los dragones de una sola tonalidad no eran en absoluto comunes; y particularmente los verdes acumulaban numerosas leyendas sobre buena fortuna y longevidad. Sí, a Marco le gustaba aquella piel, no podía negarlo. No pocas veces le había ayudado a ser respetado o a atraer dulces miradas de jóvenes dragonas. Pero ahora las cosas habían cambiado. No quería vivir por siempre de ello, como su padre, el orgulloso dueño de una próspera taberna cuyo reclamo era él; no en vano el verdadero nombre de la misma había sido sustituido popularmente por “La Taberna del Dragón Verde”. No quería vestir siempre resaltando el color verde, como su madre se esforzaba por conseguir. Los sueños que habían despertado en su corazón tenían en verdad tonos muy diferentes…

-Estoy contento con lo que soy. De veras –habló, y su voz sonó esta vez sosegada. Tanto que la ira que latía en los ojos de su progenitor se mitigó ligeramente, dando paso a la curiosidad. –Pero he encontrado un camino, y cuando miro hacia adelante no me veo siendo feliz en otra labor que no sea la de investigar.

Edella dejó escapar un sollozo, y no dijo nada. Tampoco Gergio volvió a hablar aquel día, ni aquella noche, cuando Marco volvió de su primera reunión, ilusionado y feliz. Los enfados de un dragón verde maduro también eran proverbiales. No volvieron a entablar conversación, ciertamente, hasta treinta días más tarde, cuando el jovenzuelo partió por fin hacia las Colinas Picudas, su primera misión de investigación verdaderamente científica. Era el día antes de su vigésimo Recordatorio de Eclosión. Oficialmente era ya todo un dragón. Su madre le preparó con mimo un buen número de cestas de vituallas, incluyendo los moscardones glaseados que no habían dejado de gustarle desde que era una lagartijilla. Le despidió con un sinfín de consejos y besos. Y su padre sólo le dijo una frase, en cambio, pero le dejó marcado como si fuera en verdad su primera Señal de Llama.

-El corazón puede templarse y volverse sabio, pero siempre acaba volviendo al hogar. Estaré esperando ese día, hijo mío.

 

 

Todo ello evocaba ahora Marco, mientras caminaba en la noche cerrada junto a otros cuatro dragones. La mayoría tenían su misma edad y habían pasado por situaciones parecidas; las tareas científicas no gozaban de buena fama en la sociedad, y ello dotaba a los investigadores de un aire bohemio y solitario, cosa que por regla general no les desagradaba. Así le sucedía a Tenno, su amigo de la infancia; había tenido que marcharse apresuradamente de su hogar mientras su padre, un viejo dragón violeta y marrón, le arrojaba a la cabeza las maletas. No dudaba en narrar este episodio una y otra vez, cada vez con mayores añadidos dramáticos, a Giulia, una dragona de pequeño tamaño y vivaces colores rojos, que le atendía con ojos arrobados. El resto del grupo estaba compuesto por Bellfastri, el menor de todos, que siempre miraba a un lado y a otro con frenesí demostrando una curiosidad fuera de lo común, y Ustav, un dragón grisáceo muy satisfecho con el tamaño de sus alas. Era éste el que los lideraba, el único con experiencia por ser hijo de un conocido profesor. Y no escatimaba en hacérselo ver a sus compañeros mediante largas e incansables peroratas.

-Lo que vamos a investigar esta noche está en la línea de los trabajos presentados en el XXV Simposio de Estudios Humaniles del pasado año. Es una lástima que no pudierais asistir –resopló con orgullo; -si lo hubierais hecho ahora os sería más fácil tomar las notas. En concreto, lo más interesante fueron las exposiciones de los expertos provenientes de las Pequeñas Islas. El profesor Sumoro se extendió (más de lo deseable, me atrevería a decir) en su tesis de la existencia de un segundo cerebro, de capacidades mucho más reducidas, en la zona entre el vientre y la pierna de la raza humana. Según explicaba, ello les permitía tomar los impulsos más primarios, mientras que el cerebro situado en la cavidad craneal les servía para realizar las escasas y simples operaciones abstractas de las que son capaces. Esta bilocación cerebral es la que les impide, en gran medida, desarrollar un lenguaje relacional completo. Por otro lado, el profesor Mifune dio la sorpresa replicando a su compañero y exponiendo un trabajo realizado por él mismo, fuera del Ministerio, donde exponía que era el cerebro craneal únicamente el que diseminaba los impulsos eléctricos para las capacidades motoras humanas, mientras que, de existir un segundo órgano, era sólo un residuo evolutivo. Vamos a intentar aportar pruebas experimentales que se desarrollen en una u otra dirección.

-Esos tipos de las Pequeñas Islas siempre se dedican a lo mismo, a replicarse y contrarreplicarse –comentó Bellfastri con una risita nerviosa. –No me extraña que estén tan aislados y tan flacuchos.

-Yo leí los abstractos de ese Simposio –dijo Marco tímidamente. No le agradaban los aires de superioridad de Ustav, y ardía en deseos de demostrarle que no era un simple jovenzuelo con “escarabajos en la cabeza”. Por regla general sólo conseguía miradas de reojo de aquél, y esta vez no fue una excepción. –Creo… que fue verdaderamente uno de los más interesantes. Especialmente la parte relativa a las hipótesis de socialización de los grupos humanos.

-¡Ah, la investigación de los científicos de los Crudos Desiertos! –Ustav enarcó las cejas, movió las alas en un gesto de desprecio. –En mi opinión, después de haberlo hablado con varios expertos, creo que parten de un error de base. Los humanos son seres asociales. La sociabilidad se define por un intento de crecimiento individual a partir de la comunidad. Los humanos sólo se asocian para satisfacer sus necesidades más primarias. Ergo, no podemos afirmar que exista crecimiento, y ello se demuestra en su primitivismo. Ergo, no podemos llamar sociabilidad a sus instintos. El uso correcto de la terminología es muy importante, Marco. Ya lo irás aprendiendo.

-No se ha estudiado todavía nunca a un grupo humano completo durante un largo período de tiempo. Siempre se han usado comunidades en cautividad de pocos individuos –Marco frunció el ceño. –Así no puede saberse.

-Precisamente, no se pueden estudiar grandes grupos porque son asociales –Ustav se encogió de hombros y pareció dejar zanjado el tema. –Mirad, hemos llegado. Colocaos en las posiciones.

Los cinco dragones se apostaron en silencio alrededor de una hilera de piedras y arbustos. El terreno tras éstos descendía en un suave terraplén hasta llegar a una hondonada. En el centro de la misma ardían unas ramas en un pequeño fuego. Y, alrededor de ésta, tres humanos se sentaban sobre los cuartos traseros.

No era la primera vez que Marco veía humanos, aunque ciertamente sí tan de cerca. El corazón se le aceleró, notó que su propio fuego brincaba en su interior al compás del que danzaba allí abajo. Dos de los humanos, machos, vestían aquellas extrañas pieles lisas  y secas, de colores oscuros; la otra era una hembra, pues poseía aquellas protuberancias a la altura del torso características de su género. Ésta únicamente llevaba una piel raída que le cubría de cintura para abajo. Parecían calentar algo al fuego, posiblemente comida, aunque desde su distancia les fue imposible discernir de qué se trataba. Estaban sumidos en cavilaciones, si es que cabía llamar así a lo que quiera que pasara por sus cerebros; “seguramente Ustav les llamaría ¨reflejos¨”, pensó Marco con desdén. Tardó unos segundos en darse cuenta de que el resto de sus compañeros habían sacado ya sus libretas y rascaban rápidamente en ellas con una uña todo tipo de anotaciones. Sacó la suya de la mochila que guardaba entre las alas y miró de reojo a Tenno, situado a su lado; apuntaba cualquier mínimo tic, gesto o movimiento de los humanos, intentando relacionarlo con lo que sabían de su estructura cerebral. A Marco todo aquello se le antojó desalentador. No era lo que le interesaba; quería saber qué pensaban realmente, qué anhelaban o buscaban. Quizás fueran animales, sin duda, pero si había que creer los más antiguos tratados científicos, los textos históricos provenientes de los días de la Gran Nube, hubo un tiempo en el que realmente podían considerarse una raza civilizada… ¿No cabía acaso la posibilidad de que tuvieran aún algún resquicio de ello?

De pronto uno de los humanos se puso en pie y se aproximó a la hembra. La tomó por los brazos e hizo el amago de tirarla al suelo; ésta comenzó a debatirse y a emitir unos guturales alaridos. El otro humano se acercó igualmente, mas se quedó a una distancia prudencial, simplemente mirando. Sin duda se disponían a realizar los rituales que precedían a su cópula. Marco notó que se ruborizaba levemente, aunque Tenno no pareció inmutarse, y tampoco el resto, ni siquiera Giulia. “No seas idiota”, se dijo. “Son animales, un verdadero científico no se perturba por eso…”

La hembra estaba ya tumbada boca arriba, y el macho que la agarraba se colocaba encima de ella, cuando otro humano surgió corriendo de entre las colinas que rodeaban el círculo alrededor del fuego. Se lanzó a por ellos, gritando y agitando los brazos; sostenía en una de las manos un extraño objeto, una especie de pequeño palo partido en dos y rematado en sendas puntas picudas. Era brillante, parecía metal.

-¡Es uno de sus instrumentos! –exclamó Bellfastri, y su entusiasmo hizo que levantara la cabeza por encima de los arbustos. Ustav le tironeó hacia abajo, con un gruñido reprobador.

Los dragones escribían y escribían, sin separar los ojos de la escena. Marco la contemplaba de igual modo, fascinado, pero él no escribía nada.

El humano recién llegado saltó sobre el que retenía a la hembra y le amenazó con el objeto. Éste le propinó un golpe con una de las garras, pero el otro consiguió sobreponerse. Clavó el instrumento punzante en su brazo y el agredido aulló y reculó. La hembra aprovechó para ponerse en pie y alejarse de los tres. Hubo seguidamente un intercambio de gritos, extraños sonidos que sonaban a imprecaciones, y amenazas con furiosos gestos. Finalmente, los dos machos que estaban al principio se marcharon, internándose por una oscura senda entre los matorrales. Una vez su figura desapareció, los otros humanos quedaron frente a frente. No se dijeron nada; el macho posó la garra sobre su compañera, durante unos instantes, y al cabo ambos se giraron y se perdieron por donde aquél había llegado.

El macho hizo un veloz gesto. Hubo un reflejo, un breve momento, entre la hierba; había dejado caer el instrumento punzante, quizás sin querer. Marco miró a Ustav con excitación. No era habitual poder encontrar uno de los utensilios que empleaban los humanos, pues eran éstos escasos y rara vez los dejaban. Sin embargo, el líder nada dijo, para su sorpresa. Repasaba una y otra vez sus notas, y lo mismo hacían los demás.

“¿Será posible que no se haya dado cuenta..?”

-Hemos tenido suerte –exclamó Ustav .-Tal como sospechaba, la presencia de dos machos juntos y una hembra daría como resultado la observación de alguna pauta de comportamiento. ¿Habéis anotado lo suficiente?

-Más o menos –musitó Giulia. –Deberíamos intentar conseguir algún espécimen vivo para poder llevar a cabo esta investigación con pruebas tangibles. Se centra demasiado en la fisiología…

-Por supuesto. Tiempo al tiempo, querida –rió aquél. –Primero viene la teoría, luego la práctica. Vamos, volvamos al campamento. Estoy seguro de que todos querremos compartir nuestras reflexiones sobre lo que hemos observado –acompañó estas palabras con una intensa y significativa mirada a Marco y su libreta en blanco, que éste sostenía visiblemente entre las garras.

El joven dragón se percató del escrutinio. De nuevo notó que el jade de sus mejillas se volvía más oscuro, aunque esta vez en el rubor se entremezclaban la vergüenza y la ira. No iba a quedar como un estúpido, por supuesto que no. Al día siguiente le daría a aquel engreído una buena lección. Lo había decidido.

 

 

Ustav anunció, a la mañana posterior, que aquella jornada marcharían al oeste. En su vuelo de reconocimiento había avistado un grupo de humanos que viajaba en esa dirección, más numeroso, de unos diez individuos. Fue en verdad una gran noticia, ya que pocas veces se contemplaban tantos especimenes juntos. Una buena oportunidad para pensar en su sociabilidad, le comentó a Marco con sorna mal disimulada. Sin embargo, éste dijo que no les acompañaría. No se encontraba bien, afirmó; había comido demasiados saltamontes salados por la noche y su estómago se resentía. El grupo, pues, partió dejándolo en el campamento, con algunas bromas de Tenno sobre las ventajas de volverse vegetariano.

Marco dejó pasar el tiempo suficiente desde la partida de sus compañeros para dirigirse al lugar en el que habían avistado a los humanos la noche anterior. Descendió por el terraplén y rebuscó entre los arbustos. Recordaba con bastante exactitud dónde había dejado caer el macho el utensilio, y, en efecto, no tuvo que buscar demasiado para hallarlo. Lo tomó entre sus garras, triunfal. Podría dedicar el resto de la mañana a estudiarlo y dejaría asombrados a los demás cuando regresaran de la observación. Ya se disponía a marcharse de vuelta al campamento cuando escuchó agitarse la maleza, a un lado. Se giró y descubrió a la pareja de humanos que habían contemplado, a tan sólo unos metros de distancia.

Curiosamente, tanto su reacción como la de aquellos resultó muy similar: Marco dio un respingo y se puso rígido, y los dos animales se sobresaltaron de igual modo, si bien con manifiesto terror. La hembra cayó al suelo de rodillas y comenzó a lloriquear. Su compañero se situó delante de ella, en claro gesto de defensa, aunque las delgadas piernas le temblaban como las de un dragoncillo recién nacido, y su rosado rostro se veía pálido. Murmuró entre dientes algunos inconexos sonidos. El joven investigador, no obstante, superó pronto el acceso de sorpresa, que dio paso a la excitación. Su analítico cerebro trabajó deprisa. ¿Qué decían los libros del profesor Niwrad, uno de sus etólogos preferidos? Piensa, piensa… Con cautela, con infinita lentitud, movió la garra derecha hacia el zurrón que pendía de su cinturón. En él llevaba la bolsa de moscardones glaseados. Teóricamente, la raza humana era omnívora, igual que la suya. Sacó uno de los moscardones y lo arrojó suavemente hacia los dos individuos.

La hembra soltó un chillido y corrió torpemente, trastabillando, hacia atrás. El macho no se asustó tanto. Reculó igualmente, con los ojos desorbitados, pero se esforzaba a todas luces por mantener la compostura. Miró el moscardón en el suelo y al dragón, de hito en hito. Sin embargo, no hizo amago alguno por cogerlo. Al cabo de unos tensos momentos, ambos echaron a correr entre los arbustos, como impulsados por un invisible resorte, y se perdieron rápidamente de la vista de Marco.

Solo de nuevo, con la garra todavía dentro del zurrón, el dragón maldijo una y otra vez. Había desperdiciado una oportunidad estupenda para estudiarles, podía haber dejado boquiabiertos al resto del grupo. Si tan sólo hubiera conseguido reternerles… Tomó el camino de regreso al campamento, jugueteando distraídamente con el utensilio, y durante todo el trayecto no dejó de columbrar posibilidades. Cuando sus patas tocaron de nuevo el suelo de su tienda había tomado ya una decisión. Las palabras de su admirado Niwrad resonaron en su cabeza durante el resto de la jornada, aun cuando sus compañeros volvieron y todos juntos debatieron sobre lo que habían podido observar. La mente de Marco estuvo distraída, encerrada en sus propias cavilaciones. No les dijo nada sobre el instrumento que había recogido.

“No existen dos pautas de conducta iguales”, decía el famoso etólogo. “Puede haber comportamientos tan numerosos como todos los especimenes humanos que aún pueblan la Tierra…”

 

 

Quizás había sido únicamente una casualidad. Los dos humanos pudieron haber vuelto a la hondonada por cualquier otro motivo, por azar, por mera inspección del terreno. O quizás había algo más.

Ese “algo más” era lo que había impulsado a Marco y lo que se repetía mentalmente, una y otra vez, mientras caminaba hacia el lugar a paso vivo. La ciencia se fundamentaba en el análisis de las posibilidades, de las hipótesis, y eso estaba haciendo en aquel momento. Si se equivocaba… Bueno, si se equivocaba, al menos por primera vez se habría comportado como un verdadero investigador. La mera idea de ello le alentaba y enardecía su espíritu.

Había tenido que librarse de nuevo del grupo; esta vez simplemente les dijo que quería realizar algunas observaciones por su cuenta. A excepción de Tenno, los demás compartían una opinión sobre él muy similar a la de Ustav, por lo que no se esforzaron en convencerlo de que les acompañara. Y allí estaba al fin. Esperó hasta que el sol se colocó en la misma posición que el día anterior. Pasó un largo rato, de pie, atento. Y el humano macho apareció de nuevo en el sendero entre los arbustos.

Venía solo, y al verlo, tal como sucediera el día anterior, se paralizó aterrorizado. Pero Marco estaba preparado, esta vez. Muy despacio dejó en el suelo el utensilio puntiagudo, lo arrastró levemente en la dirección de aquél. Del mismo modo, puso a su lado un moscardón. Hecho esto, retrocedió un par de pasos.

-No voy a hacerte nada. Es tuyo –dijo, con la voz más calma de que fue capaz.

El humano no avanzó, mas tampoco huyó despavorido, como hubiera cabido esperar. Apretaba la mandíbula y los ojos no se separaban del dragón; el pavor que brillaba con frenesí en las pupilas, ahora, parecía matizado por una suerte de inquieta curiosidad. Marco volvió a retroceder, tres, cuatro, cinco pasos. Lo suficiente como para seguir viendo al individuo, pero para que éste quedara bien lejos de su alcance. Y sucedió entonces, aquello que había imaginado como la más remota posibilidad, como la más inesperada de las fortunas: el macho se movió con agilidad, agarró el instrumento y el moscardón, y volvió a su punto original, todo ello con la premura del que se siente en un gran peligro. Levantó una última vez la cabeza hacia el investigador, y exhaló un sonido extraño, sibilante al principio y seco al final. Acto seguido echó a correr de vuelta por el sendero.

Retornó al día siguiente Marco al mismo lugar. El humano llegó a una hora similar, y la hembra le acompañaba otra vez. El dragón había dejado varios moscardones en el suelo. De nuevo se alejó; pudo comprobar cómo el macho tranquilizaba a su compañera con gestos y tomaba la comida, con algo menos de recelo, mas sin bajar la guardia. Volvió a mirar en su dirección y a soltar aquel sonido, y ambos se marcharon. La misma situación se repitió durante sucesivas jornadas. Poco a poco el dragón comenzó a dejar distintas vituallas: ancas de rana fritas, mariquitas secas, incluso lo que le quedaba del bote de sus preciadas mantis en escabeche, la especialidad de su madre. Los humanos comenzaban a aparecer a la misma hora, y ya no se mostraban tan aprensivos. Entusiasmado, Marco anotaba la evolución de su “experimento” día tras día. Incluso había otorgado un nombre a ambos especimenes: a él lo llamaba Zenkyuu, pues así sonaba a sus oídos el sonido que profería cada día, y a ella Jelp, lo único que le había escuchado decir durante su primer encuentro. No obstante, sabía bien que no podía continuar con la misma rutina por siempre. En algún momento debía crear un punto de inflexión, una variación que aportara cambios y nuevas hipótesis. Le gustaba darles de comer, le gustaba que la forma en que le miraban cada día resultara progresivamente más amigable. Pero tenía que haber una manera de dar el giro definitivo a la observación…

La respuesta a su inquietud llegó al octavo día. Aquella jornada, el macho apareció portando algo en las garras. Observó sorprendido que se aproximaba incluso más allá de la comida, con precaución. La hembra, detrás de él, le imprecaba con sollozos, mas su compañero no pareció inmutarse. Se detuvo a apenas cinco metros de Marco. Tembloroso, vacilante, el humano extendió los brazos. El objeto que llevaba quedó al alcance de las propias garras del investigador, aunque éste, con la debida cautela y respeto, lo examinó antes de hacer siquiera amago de tomarlos.

Se trataba de una especie de hoja de papel ennegrecida, destruida en numerosas secciones, de tal modo que había perdido gran parte de lo que debía haber sido su forma original. Se dibujaban en su superficie líneas y manchas de colores. La cabeza del joven daba vueltas, su mente se debatía entre el desconcierto y la euforia. ¡Aquel debía de ser un valioso instrumento histórico, sin duda! ¡Quizás anterior a los años de la Gran Nube! Se llevó una garra a la frente. Todo aquello le sobrepasaba; no alcanzaba a imaginar qué podía hacer con aquello, si realmente el humano se lo estaba ofreciendo. Éste, malinterpretando su gesto, se echó hacia atrás, encogiéndose. Marco se apresuró en intentar tranquilizarle, aun siendo consciente de lo absurdo que resultaba hablarle:

-No pasa nada, Zenkyuu. Calma. No voy a… hacerte nada. ¿Eso…-tragó saliva, trató de expresar sus palabras con torpes gestos -…es para mí? ¿Me lo das?

No hubo respuesta, por supuesto. El macho le miró unos instantes, sin comprender. Después volvió a extender los papeles hacia él, esta vez con insistencia.

El dragón los tomó, por fin. Zenkyuu retrocedió y lo miró, y su semblante se mostraba satisfecho. Sus labios se torcían en una leve sonrisa. Por la cabeza de Marco pasaron vagamente las tesis que había leído sobre la expresividad en los humanos; la más popular de todas defendía que actos como la risa o el llanto no eran más que reflejos instintivos, generalmente realizados para impresionar a una hembra o a un individuo dominante, o para pedir clemencia ante una agresión. Nada de ello se le antojaba verosímil, ahora que tenía delante aquel rostro ancho, surcado por numerosas arrugas; aquellas cejas blancas que se arqueaban, aquella barbilla prominente. Aquellos ojos marrones, profundos como la noche. Le asaltó una sensación lejana de afecto, de tristeza, de pérdida, cuyo origen no supo identificar del todo.

-Gracias. Voy a estudiar bien esto que me has dado –dijo Marco.

Zenkyuu, repitió una vez más, como un mantra, el humano.

 

 

Había pasado gran parte de la noche en vela, mas sabía perfectamente que había merecido la pena. Todavía le costaba creer que aquello estuviera sucediendo de verdad. Poco más de un mes atrás no era más que un simple aspirante a investigador, un dragonzuelo con ilusos sueños, con la cabeza llena de libros. Ahora… ahora estaba construyendo su propio camino, descubriendo, con la única ayuda de su sentido común y sus escasos conocimientos. O eso parecía…

La mañana del noveno día llegó a la hondonada mucho antes de lo que solía hacerlo. Nervioso, esperó hasta la hora en que Zenkyuu y Jelp aparecieron por el sendero. El macho se adelantó nada más verle, y también él se mostraba inquieto, entusiasmado, por algún motivo. Marco sostenía entre sus garras el papel que le había dado, que ahora poseía para él significado.

-Esto… –comenzó, titubeante. Una vez más tardó en recordar que no podía entenderle; cuando lo hizo, se esforzó por acompañar sus palabras con elocuentes gestos. –Este papel –lo levantó y lo movió. Luego señaló a su espalda, por encima de él. –Es un plano de esta montaña, ¿verdad? Hay algo arriba… aquí –señaló con una uña un punto rojo, que destacaba entre el resto de líneas. Había algo escrito a su lado, aunque no era capaz de descifrarlo; nada se sabía del sistema de comunicación humano de los tiempos pretéritos. -¿Quieres que te lleve?

El montículo, si bien no tenía una altura inalcanzable, era escarpado y peligroso; un excelente representante de aquel lugar que recibía el nombre de las Colinas Picudas. Zenkyuu le miraba con los ojos muy abiertos, tanto a él como al plano y a la colina. Parecía temeroso, mas finalmente hizo un gesto que bien podía ser casual. Movió levemente la cabeza, arriba y abajo.

Fuera o no intencionado, aquel asentimiento resultó totalmente válido para Marco. En un veloz movimiento, agarró al humano en volandas y lo colocó sobre su espalda, al tiempo que extendía las alas grácilmente. Jelp gritó, mas no se detuvo a calmarla.

Remontó el vuelo de un salto, y los aullidos asustados de Zenkyuu le taladraron los oídos durante un instante. Por suerte, fue un viaje corto; sus alas eran jóvenes y fuertes, y las corrientes de aire propicias. Desde las alturas, no le llevó más de un instante distinguir, incrustada en medio de la montaña, una suerte de portezuela grisácea, en medio de un saliente. Se posó sobre el mismo, e inclinó el ala derecha para que el humano rodara suavemente por ella hasta el suelo. Mientras éste se sostenía a cuatro patas y trataba de contener las arcadas, Marco examinó el extraño objeto.

Tal como le había parecido, se trataba de una puerta de acceso a algún lugar. Estaba fabricada en alguna clase de aleación metálica, muy diferente a las que su raza usaba. En su superficie se grababan una serie de glifos, similares a los del mapa. Ya sacaba el dragón su libreta para tratar de emularlos, cuando vio que el humano se aproximaba a la puerta y se apoyaba el rostro contra ella. Sin previo aviso, en una reacción desconcertante, se echó a llorar. La golpeaba con las garras cerradas, débilmente.

-¿Qué es lo que quieres? –murmuró Marco. -¿Quieres abrirla?

Cerró los ojos e inspiró profundamente. Llamó al fuego de su ser. Y éste le respondió, presto, en forma de una potente llamarada que surgió de sus fauces.

La portezuela resistió apenas unos segundos. Un nauseabundo olor se desprendió de ella cuando un enorme boquete se abrió en su centro; el metal se derretía en grandes chorros. Zenkyuu, alarmado, retrocedió, y a punto estuvo de caer al vacío, de no haber sido porque su compañero le sostuvo. Éste tironeó de él con vehemencia, y ambos traspasaron el boquete, todavía humeante.

Jamás hubiera soñado el joven investigador con encontrarse en un lugar similar. El receptáculo al que accedieron no medía más de unos cuarenta metros cuadrados, mas estaba ocupado, rincón a rincón, centímetro a centímetro, por grandes columnas de libros. Algunos, los más cercanos a la puerta, habían resultado chamuscados por la llamarada, pero el resto estaban intactos. Un olor sepulcral inundaba el ambiente. Con cautela y sobrecogimiento, Marco avanzó entre ellos, tanto como su envergadura se lo permitía; con la misma cautela tomó algunos y los examinó. Los había de todos los tamaños y colores, y los desconcertantes caracteres de la arcaica escritura humana se dibujaban en sus lomos y portadas. Zenkyuu, empero, se había arrojado sobre ellos con pasión, y de nuevo lloraba, mas esta vez las lágrimas eran entrecortadas por la risa.

-Tú… también eras un investigador… –musitó Marco, con la voz quebrada por la emoción.

Tal vez jamás pudiera entender el saber que encerraban aquellas páginas. Tal vez estaba mejor así; el mejor tributo que pudiera rendírsele a aquella raza caída en el crepúsculo, expulsada del devenir del mundo tiempo atrás.  Pero, fuera como fuese, el mero hecho de descubrir aquel recinto, aquellos tomos herméticamente encerrados, podía resultar una piedra angular en el estudio y conocimiento de los humanos. Y él lo había descubierto… Sin necesidad de tesis o de fórmulas. Simplemente mediante el entendimiento silencioso, la unión de los espíritus. Miró de nuevo a Zenkyuu, y sus ojos se cruzaron. Y entonces supo que, al menos con él, ya nunca necesitaría de gestos o aspavientos, de palabras huecas. Lo que compartían era mucho más elocuente.

 

 

-Papá, quiero tener una taberna.

Marco levantó pesadamente la cabeza del escritorio, donde repasaba una y otra vez las páginas de su último libro. Le dolían los ojos, le dolía la cabeza, le dolía hasta la punta de la cola. Y ahora, encima, aquello.

-A ver, Fabio, ¿qué significa eso ahora? –suspiró.

-Pues que no quiero investigar humanos. Estoy cansado de ellos –espetó apresuradamente el joven dragón. Retorcía las garras la una con la otra y clavaba la mirada fijamente en sus patas, como si quisiera abrir un agujero en ellas. La luz del estudio, trémula, dibujaba sombras con inquietantes formas en su piel verde. –Ya sé que… que eres un gran estudioso y todo eso. Pero… lo que realmente quiero es… es ocuparme de la taberna del abuelo. ¡La taberna del Dragón Verde! –exclamó con devoción. –Dice que  ya está viejo y quiere disfrutar de su pensión y que no conoce a nadie mejor que yo para llevarla. ¡Por favor, papá, compréndelo!

Los ojos del joven brillaban. Estaba a punto de celebrar su vigésimo Recordatorio de Eclosión. Marco cerró los ojos, sonrió ampliamente. Por su mente cruzó una imagen muy similar, veintiocho años atrás. Sólo que el chico que apareció en dicha imagen llevaba un montón de libros bajo los brazos y una ridícula pajarita.

-Ya sabía yo que esas charlas que manteníais los dos tan en secreto no reportarían nada bueno –dijo. Fabio abrió la boca para protestar, pero al instante su padre dejó escapar una carcajada. -¡Anda, vete para allá, y no le des mucho la lata al abuelo! Tendré una charla con él sobre esto. Mientras tanto, aprende todo lo que puedas.

El dragonzuelo soltó algunas rápidas expresiones de agradecimiento antes de bajar disparado por las escaleras. Marco volvió la cabeza con melancolía hacia los estantes que ocupaban la casi totalidad de su estudio. Su nombre se leía en al menos una docena de libros. El ocaso estaba ya cercano, y, como ocurría siempre a aquella hora del día, recordó con melancolía aquella mañana lejana, aquellos dos humanos, el secreto de toda una raza. Había sido el principio de todo. Sin embargo, pese a ello, siempre había algo más fuerte en su corazón, una nostalgia más poderosa: el agrio sabor de la cerveza de su padre, el humo y el entrechocar de jarras de su taberna. El corazón siempre acaba volviendo al hogar. No podía haber verdad mayor. Ya fuera después de años… o de siglos.

Escritora de género fantástico, periodista especializada en videojuegos y literatura. Ha publicado la novela Heredero del Invierno (ediciones Kolab, 2011) y el ensayo Lágrimas de luz: posmodernidad y estilo en la ciencia ficción española (Spórtula, 2012).

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