El viejo vino del norte, a la caída de la tarde, en la hora en que la gente cierra las puertas de sus casas. Mi padre también la había cerrado, claro, pero él llamó de todos modos. Fui a abrirle enseguida. Estaba todo envuelto en una capa gruesa, sucia; era uno de esos viejos que parecen tener arrugas hasta en los lugares donde nunca se te ocurriría que pudieran surgir. Llevaba polvo encima, mucho polvo de los caminos. Miré con asco las erupciones de la piel, las manchas que se mostraban en ella como bocas ansiosas, ojos vacuos. No creo que mi expresión mostrase una bienvenida acogedora, pero aun así sonrió en el umbral. Pidió permiso para entrar y mi padre se lo dio sin pensárselo. Separó un taburete de la mesa, le saludó afablemente, como si fuera algún amigo lejano y no un anciano desconocido que resultaba a todas luces repulsivo.

Le odié al momento, sólo por el hecho de haber aparecido. Le dio la excusa fácil a mi padre para abrir otra vez la botella de whisky. No voy a beber, gracias, dijo el recién llegado, a mi edad seguro que se me abre un agujero en el estómago. A mi padre eso le hizo mucha gracia, como siempre. No era necesario un comentario muy elaborado para divertirle. Pues claro, hay que tener un buen aguante para esto, se rió, y empinó el codo de nuevo. El extraño tampoco aceptó queso ni pan. Sólo buscaba un sitio para descansar las piernas, dijo, menos duro que las piedras de los senderos. Le esperaba una buena subida al día siguiente, porque iba a las Montañas.

Así que debe de tener familiares por esa zona, preguntó mi padre, porque nadie se aproximaría allá arriba de otro modo. Era una pregunta impertinente, y estúpida por cierto. Los únicos que vivían en las Montañas eran leñadores o ermitaños perturbados, continuó el imbécil de mi viejo, y los laguz. Ni unos ni otros podían ser del interés de nadie. Pero resultó que el tipo fue directamente a aquel nombre. Qué eran los laguz, preguntó con inocencia, y las dos cucarachas de sus ojos, escondidas en aquellos pliegues de carne apergaminada, brillaron con interés. Se estaba burlando, por supuesto, pensé de inmediato. Pero el nombre era poderoso, y pronunciarlo dos veces seguidas pareció hacer efecto en mi madre, porque empezó a balbucir y a temblar, nerviosa. Me levanté del suelo y me acerqué a su rincón; cogí el trapo que colgaba de un gancho en la pared y le limpié la baba de las comisuras de los labios y los mocos con hastío. No sé si el viejo reparó en ella, pero mi padre se excusó casi al segundo, avergonzado como de costumbre, y me lanzó una de esas miradas en las que me echaba la culpa, envenenada por el alcohol. La esquivé igual que solía hacer siempre, con desgana.

Los laguz eran los dueños de las sombras y del miedo. Me habría sorprendido que aquellas palabras surgieran de labios de mi padre de no ser porque se trataba del primer verso de una canción repetida hasta la saciedad. Había varias así, de hecho, parte del corpus de relatos y dichos populares sobre ellos. Quién las cantaba era lo que aquel viejo quería saber. Pues todo el mundo, por supuesto. Se transmitían entre las generaciones como el día precede a la noche. No se le podía buscar mayor explicación que ésa: siempre habían estado ahí. Pero alguien tiene que haber visto a esos laguz, aventuró. Alguien debe de haber sido el primero, el origen. Mi padre hizo una mueca y tardó esta vez en contestar. No había nada allí que fuera el origen de ninguna cosa, ya no. No habitaba en nuestra aldea nadie que fuera suficientemente vetusto o sabio. Los más ancianos se marchaban a morir con sus familias, en las ciudades, igual que huían hacia ellas los jóvenes que tenían alguna aspiración. Pensé en mi hermano, uno de esos jóvenes, y en su rostro que ya era sólo una neblina en mi memoria. Pensé en la Ciudad, un nombre que tenía tanto de leyenda, y de sombra y miedo, como los laguz. Era otra vida, tan diferente, tan opuesta a la nuestra. Creciendo y adentrándose en el futuro. No, no había nadie en nuestra aldea que atestiguara cómo habían sido las cosas en el principio. No había principio, ni final. Nuestro hogar, se me ocurrió (aunque no abrí la boca), era como el agua de un estanque. No va a ninguna parte, no se renueva a simple vista, pero sigue estando ahí, perpetuándose de una manera impensable. Tan sólo apestando y regodeándose en lo malsano.

No había principio, no había final, y desde luego tampoco había apego o amor. Mi padre y sus palabras desapasionadas eran un buen ejemplo de ello. Nadie sabía bien por qué aquella aldea perdida en medio de un bosque, aquellas cuatro casas destartaladas y mal distribuidas que no le importaban a nadie, tenían que seguir conservando su tiempo en el mundo. Y sin embargo seguís cantando canciones, comentó el viejo como por casualidad, afablemente. Las canciones son la savia de la tierra, de la familia, del hogar. Se cantan para alimentarlo. Era extraño que hubiera versos, historias, recuerdos venidos de ninguna parte, vivos en medio de gente que no sentía ninguna conexión con la tierra que pisaban.

El viejo se marchó y dejó a mi padre pensativo y enfurruñado. Quizás había sido la mención de los laguz, un nombre que se mentaba pocas veces y siempre a la carrera, sin querer darle verdadera importancia. Quizás aquellas contradicciones, aquellas preguntas sin utilidad aparente, le habían hecho reflexionar, y eso nunca le venía bien a esa cabeza suya falta de oxígeno. Era como obligar a un buey a tirar de un arado que sobrepasara en demasía su peso: no daría más de sí, acabaría enfureciéndose y más valdría estar lejos de sus cuernos. Por cierto, nuestro extraño y fortuito invitado no nos había dicho, después de tanto parloteo sin sentido, qué pensaba hacer en las Montañas.

Mi padre apuró lo que le quedaba de whisky y no volvió a decir nada, ni sus ojos volvieron a encenderse como brasas. Se apagaron sin más. Estaba realmente enfadado; fue uno de aquellos momentos en los que su mente se bloqueaba, y sólo transpiraba y respiraba ira. Fue una de aquellas noches en las que sólo hubo golpes.

 

Vino del norte de nuevo, y no me sorprendió esta vez. Estaba ya cercana la noche. Yo regresaba lentamente por el camino, acarreando agua del pozo en dos cubos sujetos por una vara que me estaba destrozando los hombros, y entonces lo vi de frente. Montaba un jamelgo huesudo que me resultó al instante tan repelente como él. El viejo se dirigió directamente hacia mí, llamándome con un gesto leve de aquella mano que salía de su capa como un haz de ramas flácidas. Me detuve, conteniendo un resoplido de fastidio. Lo cierto era que tenía una ligera curiosidad. No podía volver de las Montañas si venía por ahí. Seguramente nos habría mentido, algo que no tenía por qué extrañarme. Tanto hablar de los laguz, haciéndose el ingenuo… no debía de ser más que otro loco, de ésos que por allí no escaseaban de vez en cuando.

Así que vuelves a casa después de un duro día de trabajo, me dijo. Buen chico. Seguro que tu padre está orgulloso. Me habría reído ante la ironía, pero hacía tiempo que era algo que me resultaba estúpido. Esbocé una sonrisa torcida sólo por cumplir; más bien amarga, creo, aunque pocas veces me había mirado en algún espejo al hacer semejante gesto. No un día duro, le respondí, tan sólo he ido a por agua. Levanté los cubos y el viejo miró en ellos, enarcando aquellos dos gusanos delgados que tenía por cejas. Esa agua está sucia. Mejor dicho, son los cubos los que están hechos un asco. En las ciudades se dice que puede ser peligroso beber así, han descubierto algo llamado microbio que trae la enfermedad. Ya lo sabía. Lo sabía, le repetí, igual que había escuchado muchas cosas de las ciudades, nuevas reglas, nuevas costumbres. Así funcionaban las cosas en ellas, pero no aquí. Si esos microbios existían de verdad, ya hacía tiempo que los teníamos por vecinos, añadí con un encogimiento de hombros.

La ciudad tiene microbios y vuestra aldea tiene los laguz, me dijo entonces, y había algo de diversión en aquel tono resabiado. No me gustó. No veía por qué tenía que divertirse a mi costa. Así que le pregunté por ellos, tratando de imitar el sarcasmo sutil en su voz. ¿No iba a ir a verlos o algo por el estilo? Claro que pensaba ir en su búsqueda, se apresuró a contestarme. No lo había hecho todavía porque esperaba algo. O a alguien.

Me esperaba a mí.

Aquello me pareció el colmo. Meneé la cabeza y empecé a andar de nuevo; aquella conversación absurda había tocado fondo. El viejo, no obstante, no parecía estar bromeando. Azuzó al caballo y me cerró el paso. No te gustaría, inquirió, suave y cautivador, verlo con tus propios ojos. Ver si existen o no, y poder hablar a los demás con propiedad, demostrando que eres el único en este malhadado agujero que vale algo. Ser el creador de las canciones. El origen.

He dicho que era cautivador, pero lo cierto es que era más que eso. Dejadme que piense. Atrayente. Sus palabras poseían, incluso, ese peligro añadido que lleva a una idea al punto de la seducción. Claro que me llamaba la atención. No me interesaban los versos o las leyendas, no me interesaba eso de darle vida a mi pueblo. Pero en el fondo creo que quería verlos, y quería que me asustaran. Era extraño, y seguramente sonaré como un imbécil, pero me había acostumbrado a los mismos miedos y estaba aburrido de ellos. Quería buscar una bestia mayor que me sacara los dientes. Una que, de verdad, me paralizase el corazón.

Quedamos en encontrarnos al día siguiente allí mismo, a la entrada del camino del norte. Volví a casa y me dediqué a lavar a mi madre, aquella tarea que odiaba sobre todas las cosas. Siempre el tacto de aquel cuerpo inerte, inútil, que apenas protestaba con quejas débiles cuando hacía el esfuerzo de llevarlo en brazos. Siempre la presencia ominosa de mi padre sentado en la distancia, observándolo todo con un silencio abismal. Miraba fijamente lo que hacía, pese a que era una rutina sin variación. Meterla en el barreño, verter el agua. Él recorría con la mirada la piel reseca, se detenía en aquel sexo maloliente, seguía el movimiento enérgico de la esponja. Estaba callado, pero era un silencio diferente de otras veces, de la noche del viejo. Creo que algún recuerdo ligeramente agradable se arrastraba con pesar por la mente reblandecida por la bebida. Recuerdos, quizás, de cuando él era algo más que un despojo rendido a la adicción, y mi madre algo más que una cáscara vacía de entendimiento. Se marchó aquella noche tras la cena, como siempre hacía, pero regresó enseguida sin éxito en su cacería. Ya ni siquiera había putas en la aldea, igual que no había principio ni final.

Me senté en el jergón, en el espacio que tenía por habitación, y escuché los gemidos largo rato. Sabía que eran de dolor. Después descorrió la cortina y llegó hasta mí, su sombra y su calor agrio cayeron a mi lado, con cansancio. Era ya casi un rito, algo obligado. Cerré los ojos con resignación mientras me giraba y me aprisionaba. No los abría hasta que todo terminaba, y al final pasaba rápido.

 

Nunca había estado tan arriba, y nunca había pensado que pudiera hacer tanto frío. Hasta entonces sólo me había acercado a las laderas de las Montañas, donde crecían arbustos en abundancia y era fácil encontrar algún que otro gazapo. Mi padre ponía las trampas y yo me encargaba de revisarlas cada día. El mundo más allá estaba envuelto en un velo de misterio, y aquellas formas lejanas y prometedoras que, siendo más pequeño, me habían fascinado e intrigado, se habían convertido por mediación de la monotonía en un simple horizonte irreal. Aquella mañana, mientras ascendíamos, me sentía extranjero, intruso. Sentía que el suelo que pisaba podría desvanecerse en cualquier momento, como si caminara sobre una ilusión. No parecía otra cosa, con aquella especie de vaho que bajaba de los picos más altos que nos susurraba al oído, envolviéndonos como un sudario. No vi ningún conejo, ningún animal se movía entre los matorrales ralos. Nos cruzamos con algún que otro hombre entre los árboles durante nuestra subida, rostros grises que no me dijeron nada; sus facciones se me antojaron difusas, como si las viera reflejadas en el agua. Si alguna vez habían sido gente de quien conociera el nombre, alguno que tal vez hubiera visitado mi casa, lo había olvidado para siempre. Me imaginé que quizás vagaran sin rumbo, sin otro quehacer. Bien podían ser espectros, caminantes sin alma. Era un pensamiento pueril, pero nada me aseguraba que no fuese cierto. La única verdad, al fin y al cabo, era que aquél no era mi mundo.

Dónde vamos, pregunté al fin al viejo, cuando ya llevábamos un buen rato de ascensión. Las rodillas me dolían por el esfuerzo de avanzar entre guijarros y tierra reseca, y también por el frío que me abofeteaba de vez en cuando en forma de súbita brisa. No me había dicho nada al respecto todavía y me escamaba. Puede que fuese joven, puede que fuese incauto, pero no era obtuso, y era bien consciente de que aquel desagradable desconocido podía estar conduciéndome a la espesura con otras intenciones. Había escuchado que en las ciudades se vendían niños, que muchos nobles buscaban ojos o manos o pies frescos con los cuales los galenos les reemplazaban aquellos que la guerra o la enfermedad les arrebataban. Incluso que los más tiernos podían formar parte de banquetes aberrantes, como un transgresor y exótico colofón. Hasta donde sabía, las historias podían ser ciertas; no sería el primer crío que desaparecía de repente, como desvanecido en el aire. No me apetecía mucho la idea, pero, sobre todo, no estaba dispuesto a darle ese gusto a mi padre. Con disimulo me quedé atrás un momento, me agaché y me guardé en el bolsillo un par de pedruscos rápidamente, los que noté más afilados. Si llegaba el caso, no creía que me resultara complicado deshacerme de aquel tipo famélico y quebradizo, golpeándole en los puntos débiles. La nuca, las sienes. Igual que a un gazapo. El pensamiento, de pronto, se me antojó tan delicioso que noté el deseo en la comezón de las manos y una repentina erección. Me hubiera gustado notar su carne hundirse bajo aquel filo cortante de las piedras. Me hubiera gustado oler su sangre en mi mano. No fui capaz de explicarme el porqué, pero tampoco me asusté de aquel terrible anhelo.

No me respondió a la pregunta, por cierto, de hacia dónde íbamos. Háblame de los laguz, me dijo en cambio, y aquello me desconcertó. Pensé que sabrías tú más de ellos que yo, le repliqué. Pensé que los andabas buscando por alguna razón. ¿Entonces sólo es curiosidad? Pudiera ser, dijo, y se volvió un momento hacia mí y me sonrió; me pareció que aquella sonrisa se abría paso en su piel como si alguien invisible acabara de dibujársela con un cuchillo. Lo cierto es que son viejos conocidos míos y me gustaría saber qué pensáis de ellos. Sobre todo un chaval avispado como tú.

Qué pensaba yo de un cuento infantil. Era complicado. Los cuentos forman parte de tu vida, te sostienen durante un tiempo, y luego los dejas atrás como una crisálida vacía. La gente de la aldea mencionaba a los laguz dentro de frases hechas, las canciones tan sólo se recordaban por inercia. Intenté entresacar de todas ellas los elementos comunes, aunque me fastidiaba realmente tener que complacer al viejo. Empezaba a fastidiarme todo aquello, las Montañas, la respiración entrecortada a causa del ascenso. Hablé de todas maneras, al menos para desentumecerme la mandíbula: eran criaturas que habían querido ser hombres un tiempo, pero habían sido castigados por no sabía qué motivo y ahora necesitaban la sangre de las personas para sobrevivir. A veces cantaban por las noches, en un idioma que no se entendía y que era en realidad una súplica a los dioses para que les perdonaran y les dejaran volver a ser animales, o humanos, o al menos una forma de vida que no tuviera que arrastrarse y lamer la tierra. Era un sonido ululante y muerto que más de uno había escuchado en la quietud de la noche alguna vez. Un tipo, recordé de pronto, decía que su madre había muerto de un infarto al oírlo. Y otro afirmaba que el cabello se le había encanecido de repente.

La expresión del viejo cambió. La imagen se grabó en mi memoria, y aún ahora puedo evocarla de forma vívida: los ojos se le encendieron, hizo un gesto de incredulidad y admiración con la boca, muy exagerado. Dioses, se sorprendió. No es una palabra que se escuche mucho hoy en día, me burlé. Ya no hay dioses allá en las urbes, donde los caballos son de metal y las casas desafían el vuelo de las aves. Pero todavía los tenéis aquí, todavía les rezáis. Pudiera ser, contesté a eso, imitándole con sorna. No quería decirle lo que pensaba de los dioses; que, si acaso existían, eran poco menos que niños que habían desparramado por ahí sus juguetes, los habían roto, y ahora no sabían ni querían ordenarlos de nuevo.

Seguimos subiendo. Al cabo de un rato tenía ya que avanzar con los brazos rodeándome el pecho de tanto frío que sentía. Me sorprendió cruzarme con un hombre grueso que bajaba deprisa y sólo llevaba una fina camisa sin mangas. De tal manera debían de estar acostumbrados allí arriba, me dije. El viejo no acusaba tampoco la temperatura, cosa normal teniendo en cuenta la tela pesada con que se cubría. Caminaba yo siempre rezagado ahora, y sentía cada vez más la tentación de darme la vuelta. Añoraba un suelo firme, sin rastrojos que me latigueasen las piernas. Añoraba, casi, la calidez y la oscuridad de mi pieza, una oscuridad más familiar y real, no como aquel resplandor grisáceo, enfermizo, que cubría el cielo.

Justo cuando la convicción se hacía más fuerte en mi mente, cuando ya estaba decidido a abrir la boca y comunicarle mi retirada, el viejo se paró en seco. Vislumbré frente a nosotros un par de árboles de tronco ancho que se unían semejando un arco, y en medio de los mismos una suerte de gruta baja, por la que un hombre podría entrar a gachas. Yo me acerqué, me asomé, a unos pasos de distancia de mi acompañante. Es aquí, dijo éste, y por primera vez algo me quemó en el pecho, el corazón se me aceleró. Quedamos en silencio, inmóviles durante unos minutos. No sabía qué esperábamos. De súbito escuché el roce enérgico de la tela a mi espalda; me giré para ver cómo el tipo levantaba los brazos por encima de su cabeza. Las mangas se le bajaron un tanto y me fijé con repugnancia en las venas moradas que palpitaban bajo la piel, cada una a un ritmo diferente, cual si tuvieran una vida ajena e independiente.

No habló. No hizo ningún otro gesto.

El palpitar era cada vez más rápido. Más. Más. Me descubrí quedándome hipnotizado por aquella piel amarillenta que parecía a punto de reventar bajo el embate de la sangre.

Deprisa. Furioso.

Di un salto hacia atrás cuando aquella primera mano oscura surgió de la gruta, tanteando con desespero y aferrando las hierbas alrededor. El resto del cuerpo le siguió, despacio. Me costó llamar a aquello cuerpo, aun en mi mente; una piel negra, una forma humana y raquítica, un rostro cuya boca y ojos eran pústulas de carne a medio pudrir. Se levantó un poco del suelo en el que reptaba y alzó la cara hacia nosotros… era evidente que nos miraba, aunque no cabía en mi imaginación que aquellos ojos que no eran ojos pudiesen ejercer tal función.

Le siguió uno más. Otros dos. De repente, al menos siete de aquellos seres habían salido de la gruta. Intentaban en vano, torpemente, ponerse de rodillas. Se tambaleaban vacilantes. Todos ellos terminaron por rodear al viejo con una especie de devoción. Le tocaban con sus dedos de sombras, frotaban el semblante contra su pierna arriba y abajo. Ya no pude más, me aparté a un lado y vomité. El sudor me quemaba, las piernas no me sostenían. Pero hice el esfuerzo de levantar la cabeza y clavé la mirada enrojecida en el viejo, no con súplica, no con miedo.

Él sintió a la perfección mi sentimiento en aquel momento. Mi deseo.

Me odias, dijo. Sí, claro que lo odiaba. Lo odiaba sobre todas las cosas. Odiaba la subida, odiaba su ofrecimiento, odiaba la visión de aquellas vidas parasitarias que había colocado frente a mí. El odio era una coraza que me daba forma e identidad, me retenía clavado en el suelo, me separaba del mundo y me proporcionaba entereza frente al latigazo de las sombras.

Ódiame, dijo entonces. Y ni siquiera me concedió tiempo para reflexionar, para darme cuenta de lo incongruente de aquella petición, cuando lo tuve cerca de mí y noté su abrazo.

Me abrazó fuerte, las piedras del bolsillo se me clavaron en el muslo. El odio se me clavó muy hondo. Todo reventó en mi interior. No los músculos o los órganos… sino el pasado y el presente, la existencia y el ser. El origen y el fin. Y fui solo y todo odio. Odié al viejo como me había pedido, desde luego, me embriagué de esa sensación. Y odié a mi padre, sus abusos, su negación de mí. Odié a mi madre por dejarme solo frente a él, por refugiarse en su enajenación de aquella manera. Odié a mi hermano por estar lejos, por no haber vuelto desde que nos presentara, años atrás, a aquella muchacha pálida que era su prometida. Le odié porque probablemente, en algún lugar, era feliz.

Creí sentir, y la certeza casi fue total, que todos ellos caían derrumbados en la distancia, atravesados por flechas inmisericordes e infalibles. Me relamí pensando en que hubieran dejado de existir. Cuando todo pasó, cuando el odio remitió, las fuerzas me abandonaron. Todavía el viejo estaba abrazado a mí, lo sabía por su olor, que me inundaba las fosas nasales y me provocaba arcadas. Únicamente por su olor. Pues, de repente, todo lo que me rodeaba era la oscuridad más plena.

Me llevé las manos al rostro, temblorosas, y no descubrí allí ojos ni boca. Tan sólo aquella masa de carne les sustituía… una carne que sabía negra. Como los laguz. Como mis hermanos.

Gracias, muchacho, escuché al viejo mientras caía de rodillas, mientras el grito terrible que tendría que haber surgido de mis labios se adentraba por mi garganta y me abrasaba en el interior. Como ellos, eres ahora parte de mí. Una parte de mí que debía expulsar. Me he separado de todo lo que es innecesario, lo que la gente llama humanidad y que no es más que un lastre. Cuando ya no quedan sentimientos, cuando no hay cadenas entre el mundo y la vida, nada puede arrebatártela. Gracias, muchacho, por ayudarme a ser inmortal. Gracias por ayudarme, como decías, a ser un dios.

Tengo un nombre. Soy el Odio.

No podemos comunicarnos apenas entre nosotros, pero podemos entender quiénes somos. Somos los residuos expurgados, desechos de un alma retorcida. No puedo saber con qué medios, aunque sí conozco el fin: con cada parte de su espíritu que el viejo aleja de sí, convirtiéndola en uno de nosotros, se distancia más del sino del hombre, esquiva la siega de la muerte. No escucharéis ni una sola canción hablando de esta locura.

Él nos considera formas básicas de vida, sin conciencia ni intención, pero no es cierto. No nos atrevemos a salir de la gruta, pero muchas noches nos lamentamos: elevamos el rostro hacia donde creemos recordar que se encuentra la luna y le pedimos que nos ilumine unas horas, al menos, que disipe la oscuridad que nos abruma. Suplicamos con voz hueca. Recordamos vagamente lo que fuimos y lo que podríamos haber sido si no hubiéramos cedido a su influjo.

Viene de vez en cuando y trae a otro. Siempre sé que se encuentra allí cuando escucho al incauto en el exterior, ignorante de que está pronunciando sus últimas palabras. Noto una especie de excitación infantil entonces, cuando llega un nuevo hermano. Me pregunto si es hombre o mujer, joven o adulto, de dónde viene. Qué ha vivido, qué ha temido o amado. Y entonces él lo arroja, y está perdido, desesperado; tenemos que ayudarle a entender. Éste de aquí es la Ilusión. Éste, el Amor, dicen que fue el primero en aparecer. Allí se arrastra el Miedo, y más allá la Tristeza. Yo soy el Odio.

Sin embargo, el viejo ha estado mucho tiempo ausente, o eso nos ha parecido. No hubo nadie nuevo hasta hace bien poco, cuando trajo a la gruta a uno más pequeño que todos nosotros, más débil y quebradizo. No hubo ceremonial, ni siquiera nos dio tiempo a salir y reverenciarle como de costumbre, como tanto le gusta. Fui el primero en acercarme a este recién llegado, y me sorprendí.

Creo que los demás también intuyen algo, pero no nos atrevemos a expresarlo. No sólo su constitución le separa de nosotros: hay algo más. Puede que tenga más fuerzas de las que muestra, aunque de momento sólo permanezca quieto, acurrucado en el fondo de la gruta, sin atreverse siquiera a saludar a la luna. Puede que nos ayude a ser libres.

Creo que es la Esperanza.

 

 

Escritora de género fantástico, periodista especializada en videojuegos y literatura. Ha publicado la novela Heredero del Invierno (ediciones Kolab, 2011) y el ensayo Lágrimas de luz: posmodernidad y estilo en la ciencia ficción española (Spórtula, 2012).

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