Le había costado. Varios días de subida por las colinas, mal dormir al raso amparado por las extrañas sombras de los helechos y las ramas caprichosas. Cuando ya la compañía de la espesura, sus sonidos y voces, comenzaba a resultarle exasperante; cuando su espalda empezaba a anhelar la tibieza del lecho y los ojos se volvían con más frecuencia, sin quererlo, hacia donde sabía que se encontraban los conocidos tejados rojizos, apareció por fin su destino. Las rodillas se aflojaron, y esta vez el cansancio no encontró resistencia alguna en él.

Se  sentó al pie de un árbol y así quedó un buen rato, tan sólo observándola. La cabaña no parecía en mal estado, a pesar de que, se decía, el mago había partido de ella, en dirección a un ignoto horizonte, hacía ya bastante tiempo. Algunos decían que más de veinte años, otros que cien. Los más audaces y parlanchines afirmaban haber visto su silueta, de incógnito, esquiva y embozada, apenas unos meses atrás. El joven sonrió. Sólo había una cosa en la que todos ellos habían coincidido, y fue en tacharle de loco cuando había revelado su empresa.

No creía en las supersticiones ni prestaba oídos, más que con displicencia y por puro entretenimiento, a los cuentos y tradiciones que tan habitualmente se contaban en su hogar, en los ratos de ocio, cuando el ocaso disipaba los pesares de la jornada y tornaba la dureza del trabajo en una reconfortante somnolencia. Meneaba la cabeza y gastaba bromas, que a los mayores les parecían poco menos que heréticas y a los más jóvenes hacían reír. No obstante, a pesar de las apariencias, atesoraba gran parte de ello en su memoria y meditaba, y de sus manos acababan cobrando la vida los héroes, las quimeras, las bestias y las parábolas. No en vano se consideraba un artista antes que mero ebanista, y por encima del utilitarismo y el servicio a su comunidad disfrutaba hondamente cuando sentía la madera plegarse a su voluntad, acariciar su mano y susurrarle formas, pulsiones y secretos. Enseñaba buena parte de sus esculturas y figuras a sus amigos, aunque otras muchas las guardaba para sí y las contemplaba en el silencio, a veces largo rato. Realmente no era un miembro común del gremio, y pese a que era querido y respetado pocos compartían verdaderamente una conversación con él. Fue ése el motivo de que lo mirasen desconcertados y murmurasen cuando anunció que iba a retirarse durante unos días, y no precisamente para ir a visitar a los parientes: había decidido internarse en las colinas y buscar la casa de aquel viejo chiflado, aquel amigo de meigas y faunos que, por ventura, había desaparecido dejando atrás tan sólo un resquicio olvidado de sus extrañas artes.

Qué era lo que buscaba a nadie había dicho, y en verdad le resultaba difícil explicárselo a sí mismo. Había escuchado poco de aquel desconocido, nada a lo que mereciera la pena otorgar credibilidad racional: decían que era capaz de fabricar artilugios con los que volar, u otros, en apariencia fruslerías, que podían hacer desaparecer a un hombre. Más allá de la sonrisa benevolente que esbozaba al escucharlo, su corazón saltaba de excitación y su mente viajaba lejos, transportada en las alas de las palabras. No sentía el temor reverente de los mortales comunes sino una llamada más allá de los sentidos. Sabía que había algo más. Había algo bajo la madera, bajo la tierra, detrás de los sueños. Y él quería encontrarlo… aunque sólo fuera para darle forma.

Cuando se encontró reparado, después de un frío almuerzo, se aventuró por fin a cruzar el umbral. Le había sorprendido, nada más verla, que la puerta de la cabaña no se encontrase cerrada con gruesos maderos, como cabía esperar. Otro tanto sucedía con las ventanas, a través de las que cualquiera podía haber pasado sin gran dificultad. Sin duda, el mago no esperaba regresar. Mas, ¿por qué habría dejado todas sus pertenencias tal cual, perfectamente dispuestas como si en verdad se encontrase a poca distancia de allí, paseando por el bosque? Nada estaba guardado en baúles, nada cubierto con sábanas. Ni siquiera el polvo parecía haberse aposentado en las estanterías llenas de libros, que no eran pocas, comprobó con asombro. Todo ello le hizo estremecer de puro placer. La magia, aquella palabra que tanto significaba para él y tan trivialmente se escuchaba en las bocas de los demás, correteaba por las paredes, le escudriñaba desde los rincones, le soplaba en vaharadas con el viento.

La planta principal contenía, ciertamente, una ingente cantidad de tomos que se enfilaban como soldados en numerosos anaqueles. Aquí se presentan las líneas de infantería, fantaseaba: libros delgados y escurridizos con títulos que hacían pensar en islas perdidas y grandes dragones verdes. Aquí la caballería pesada: tomos descoloridos y desgastados por manos ansiosas, de nombres largos y complejos. Sabía, con una certeza ajena a él, que el mago había leído todos y cada uno de los ejemplares. Y en un armario bajo, como un tesoro menor, tan sólo custodiado por una llave oxidada que no giraba bien, guardaba su propia obra. Rollos de amarillentos pergaminos, manchados de nerviosa tinta, llanuras pobladas por letras regordetas. El ebanista había escuchado, otra de tantas historias, que el mago había publicado un libro en un país lejano; una obra que había alcanzado gran difusión y había hecho soñar a jóvenes y no tan jóvenes con héroes y epopeyas. Se preguntó si estaría entre aquellos rollos que tomó con veneración… y cuántas otras aventuras, tragedias y amores, cuántas tardes de entrega y euforia, se encerraban en ellos.

Una escalera conducía a lo que parecía un desván. Descendió con precaución, pues las maderas parecían añejas, y se encontró en una habitación fresca, más amplia de lo que cabía esperar, aunque la gran profusión de objetos que allí se encontraban la hacía parecer de menor tamaño. En verdad, el joven tuvo que andar con sumo cuidado, procurando no tropezar o golpearse la cabeza. Con ojos fascinados descubrió que el mago había compartido, al parecer, su misma pasión; pues aquí y allá se erguían figuras de madera, bien barnizadas, bien pintadas con vivos colores, que representaban diversos animales o personajes que habían quedado inmovilizados en el transcurso de quién sabía qué leyenda. Por supuesto, también criaturas míticas. Dragones, elfos, árboles con apariencia humana… y en todo ello se advertía la verdadera mano del amor, aquella pátina de cariño y esfuerzo que él tan bien conocía y tenía asimilada en la piel de sus manos. Discurrió entre ellas, escuchando todo lo que le contaban sus bocas quietas. En las paredes colgaban tapices y algunos pergaminos con grabados y bocetos que semejaban planos de pequeñas  máquinas. Algo sí había de cierto en las habladurías, por tanto… Los contempló con gran interés, intentando comprenderlas y, por qué no, recordarlas, por si en un futuro se le ocurría fabricar alguna.

Pero cuando hubo repasado bien todo aquello, sólo entonces, como si hubiera estado esperando tímidamente su momento en un bastidor invisible, apareció el cuadro.

Llamarlo de tal modo resultaba extraño, pues no era sino un lienzo vacío, blanco, colgado en una esquina. Se aproximó, entrecerrando los ojos, pensando que tal vez la penumbra le impedía ver las líneas difusas. No se trataba de un truco de su mente o su visión. Nada había allí dibujado, siquiera esbozado… e incluso el marco, constató con ojos de experto, estaba aún inacabado, perfiladas apenas sus junturas y arabescos.

La mano se movió lentamente, sin poder evitar el acto reflejo. Mas el súbito ruido a su espalda le hizo detenerse a escasa distancia de la superficie impoluta.

 

 

El viaje había sido largo, en gran medida debido a las numerosas veces que había errado el camino. Había tenido que desandar, preguntar, intentar serenarse tras los instantes de desesperación. Y tampoco había salido con mucho dinero; era milagroso que hubiera podido sobrevivir con aquellos ochavos, y, sin duda, si no hubiese llevado consigo sus eternos bártulos, mucho habría tenido que resistir sin llevarse nada a la boca. Había conseguido improvisar algunos dibujos, retratos que habían hecho reír a los viandantes y por los que había conseguido algunas monedas. Mayor éxito, en fin, del que habían conseguido las obras en las que realmente había derramado su espíritu; aquéllas que habían colgado, solitarias, sin atraer ninguna mirada, durante semanas, hasta que el dueño de la taberna, hastiado, había decidido cambiar la frustrada exposición por carteles de un futuro espectáculo de ilusionistas. Por suerte o por desgracia, no todas las caricaturas de las que se había valido durante el viaje habían contado con la misma aprobación, y había tenido que esquivar a los guardias cuando una muchedumbre se carcajeó con entusiasmo ante su parodia del gobernador de la ciudad.

Sí, suspiró con una sonrisa. Por suerte o por desgracia.

Pero al fin había llegado. Era satisfactorio haber encontrado aquel lugar, un mero punto en el mapa que bien podía haberse confundido con la mancha de un estornudo. Con mayor o menor dificultad, lo había conseguido. Y más sencillo que todo el viaje, incluso, le resultó ascender aquellas lomas, hallar la trocha adecuada, saltar entre las resbaladizas piedras sobre los riachuelos. Eran la esperanza y el entusiasmo sus asideros y el motor de sus piernas. Sin duda estaba cansada, mas no lo sentía; y no se permitiría sentirlo, no todavía.

Reconoció enseguida la cabaña, mas, cuando la alcanzó, la puerta estaba abierta. Ello le refrenó y contuvo su excitación durante un precavido momento, antes de decidirse a entrar. Nadie había en la sala principal. Tenía buen oído, no obstante; bajo sus pies (¿sería un desván?), alguien se movía, despacio.

No había llegado tan lejos para toparse con un ladrón. Dejó la mochila en el suelo y tomó el cayado, que ahora llevaba sujeto a la espalda. Lo enarboló como un arma, pues era hábil en el manejo del sable. Un pie detrás del otro, en el más absoluto silencio. Encontró la escalera que conducía al piso inferior, y descendió en lenta tensión, con el temor latiéndole en los brazos y el estómago… hasta que quiso la mala suerte que el último escalón cediera al apoyarse.

No cayó, pero el sonido del traspié alertó al intruso. Rápidamente éste se volvió, y sus miradas se encontraron por vez primera, el miedo de uno reflejado en los ojos del otro. Fue extraño y fue tranquilizador. No tuvieron que esforzarse para comprender, tan sólo unos segundos después, que ninguno de los dos estaba allí con intenciones hostiles. Sin embargo, el recelo no desapareció del todo; antes bien, se transmutó en una increíble variedad de interrogantes.

Ella fue la primera en ceder, al bajar el cayado. Lo apoyó contra la pared y avanzó un paso. Su curiosidad hervía por contemplarlo todo, las figuras, los libros que había tenido que ignorar arriba; mas aquel desconocido, o, mejor dicho, lo que tenía delante de él, la atraía como un imán.

-No deberías estar aquí –musitó al fin.

Sonó un tanto menos vehemente de lo que le hubiera gustado, y quizás en un tono muy bajo, más aún de lo que solía ser su voz. Se dijo, durante el momento de silencio que siguió, que quizás no le había escuchado… pero no, realmente él ya había respondido. Su mente se había perdido en aquel lienzo en blanco y su significado, ahora que se había hecho consciente del mismo…

-¿He de suponer que tú sí? –había dicho el hombre. Tal vez percibiendo la mirada de interés y estupefacción de la recién llegada se había echado hacia atrás, alejándose un tanto del cuadro. -¿Vives aquí?

-No… no, aquí vivía un… mago –aclaró la aludida. Al momento se dio cuenta de lo innecesario de sus palabras. ¡Claro que lo sabía! Debía saberlo, y algo querría de él. Aquel lienzo… también parecía fascinarle. Sin esperar más avanzó, sorteando las figuras, y se colocó a su lado. –Es éste –lo contempló con respeto. Habría saltado de alegría, tal vez, si hubiera estado sola. -¡Es lo que buscaba!

El ebanista se cruzó de brazos. Realmente tenía que haber algo… y no quería quedar como un estúpido. Frunció el ceño, se concentró. Diablos, fuera lo que fuese iba a hacerlo salir. De pronto, la joven rió brevemente.

-No te preocupes, está vacío. Eso es lo que realmente me interesa –probablemente su rostro había resultado cómico, en su esfuerzo por entrever lo que no parecía evidente. El interpelado sintió que enrojecía. –Él nunca lo terminó… pero sabía que en este lienzo estaba su mejor obra. Su verdadera, única obra. Y yo voy a descubrirla.

-¿Él? ¿Entonces conocías al dueño de esta cabaña? ¿A aquel mago?

Durante un momento ella vaciló. Siempre había sido complicado de explicar, y no menos ahora. Desvió la mirada, la posó en un pequeño ser de madera, de orejas puntiagudas, que se erguía cerca. Sostenía una taza de té. Oh, cuánto hubiera dado por una similar, real. El frío pululaba ahora por el desván; la proximidad del atardecer lo acentuaba. Estornudó.

-Supongo que debería haberle conocido. Era mi tío. Pero nunca llegué a verle –habló. –Escuché mucho de él… y admiraba su obra, sus trabajos. Su fama fue transitoria; era como un fantasma que sólo se aparecía a los oídos de unos pocos, y yo era una de ellos. Mis padres no me decían nada, no le prestaban atención. No… creían. A pesar de que escribía con frecuencia a un amigo, un viejo conocido de la familia. Gracias a esas cartas lo sabía todo de él, y así supe cuándo desapareció. No me preguntes si está muerto –se aprestó en aclarar. –No lo sé.

-Así que has decidido venir a ver qué había dejado. Tienes una interesante herencia –el ebanista sonrió. –También yo me he sentido llamado por este cuadro, no voy a engañarte. No sé exactamente qué quiso decir con eso de terminarlo, pero hay algo que he podido advertir… -señaló con un dedo. –El marco. ¿Ves?, comenzó a tallarlo, pero no acabó. Quizás… quizás, si tú me lo permitieras, podría encargarme. Me dedico a ello.

La muchacha le miró, sorprendida.

-No es que me molestara. Pero no había pensado en eso, ciertamente. –Volvió otra vez los ojos al lienzo. De no haber sido por la oscuridad creciente, su compañero habría jurado que brillaban. –Creo que se refería al cuadro, la imagen en sí. Soy pintora. Puedo terminarlo.

-O empezarlo, mejor dicho. Pero es un buen marco. Podría ser hermoso.

El silencio se interpuso de nuevo, tendió su velo entre los dos. Cada uno meditaba, aunque ahora sus mentes se habían separado; el uno contemplaba la madera, la vida que en ella permanecía y que ansiaba enroscarse como una serpiente, deslizarse, trazar laberintos y espirales. La otra, empero, se disolvía en aquella blancura, en aquella eternidad donde fluían las historias y los mundos, lo que era y podía ser.

Ambos cabalgaban la belleza, y ambos trazaron sus planes para domarla.

Ciertamente, la cabaña resultaba bastante acogedora. Poco tenía que ver con los tópicos que definían al hogar de un eremita. La joven no supo precisar cuánto tiempo llevaba desaparecido su tío: algo más de seis meses, aventuró, porque recordaba que el tiempo todavía estaba helado cuando habían recibido la noticia, y ella había cogido un sonoro resfriado. Sin embargo, todo se hallaba recogido y bien cuidado, algo que ya había llamado la atención del ebanista. Había un buen lecho, y varias mantas que podían servir para otro, del mejor género de la ciudad cercana. Lo único que no encontraron fueron viandas, de modo que emplearon la tarde en buscar frutos en el bosque y pescar algo para la cena. No cabía la posibilidad de bajar al pueblo, pues supondría varias horas de marcha; sin duda la noche les alcanzaría antes, y ya no podrían regresar hasta el día siguiente. Y ninguno de los dos estaba dispuesto a separarse del cuadro.

Ya lo habían decidido, aunque poco hablaron sobre ello. Cada uno quería encontrar a su manera la verdadera forma, aquello que estaba esperando a surgir. Sin embargo, por algún motivo, sus intereses no les opusieron; antes bien, crearon una suerte de vínculo que les hizo hablar largamente aquel día. No de lo que planeaban hacer con el cuadro, sino de sus ocupaciones y procedencia. Ella le habló de aquella ciudad de piedra, de casas altas, de aquel puerto en el que solía ensoñarse y junto al que había comenzado a pintar, escapándose del colegio. Él de su taller, de cómo recogía la madera con esmero a la salida del pueblo, siempre con absoluta concentración, como quien busca a un hijo perdido. Tal cosa les sorprendía, pues ninguno había sido nunca amigo de las confidencias. En los ojos de ella, normalmente tristes, había una luz que pocas veces se dejaba entrever. Y nadie hubiera dicho que los dos habían concluido aquel día un fatigoso viaje, pues estuvieron hablando y riendo como si se conocieran de toda la vida hasta que la luna dominó ampliamente el cielo.

Así fue que transcurrieron los días. Leyeron muchos de los libros, incluyendo la propia obra del mago; adecentaron las esculturas e incluso ordenaron el desván. Pero, sobre todas las cosas, pasaban mucho tiempo frente al lienzo, simplemente observándolo, bien juntos, bien por separado. Aquél también les observaba, y callaba. Nunca les había pasado, no al menos con tanta obstinación. La pintora había tenido telas más o menos rebeldes: algunas se resistían a su escrutinio, e incluso le insultaban, rechazando el pincel y deformando sus intentos. Con algunas muestras de cariño, con esfuerzo, terminaban por hacerse entender. Y la madera, a la que a veces le disgustaba separarse del bosque y ser oprimida en aquellos cajones, a la espera de ser manoseada y tanteada con el gobio, pronto se rendía y terminaba por pavonearse, orgullosa al convertirse en una doncella o en un gallardo corcel. Pero aquel cuadro era indómito, era misterioso, y precisamente por ello ya no podían separarse de él. No se marcharían hasta conseguir desvelar su secreto.

No lo entendían, pero con el paso del tiempo iban entendiendo otras cosas. Ella comenzó a comprender algunos de los planos que colgaban en las paredes, y le fascinaron. Él miraba cada vez más a los ojos de las figuras que a su propia hechura y estampa, y leía en ellos nuevos matices, nuevas historias…

 

 

La vida del mago, si era cierto todo lo que se contaba, había sido en verdad variopinta y plagada de las más diversas ocupaciones. Además de escritor, se contaba que también había sido profesor, en una de aquellas universidades allende las aguas. Pero pronto encontraron algo de lo que nadie había hablado, posiblemente una afición personal y sin duda muy satisfactoria. En la parte trasera de la cabaña, en una pequeña parcela, cultivaba un viñedo.

Quizás vendía las uvas en los pueblos de los alrededores, pues no había señal en la casa de que se hubiera encargado él mismo de fabricar el vino. Aunque el ebanista sostenía que uno de los planos de las paredes era de una pequeña máquina preparada para tal menester, después de mucho estudiarlo; y medio en broma, medio en serio, planeaba fabricar una para sí, ya que sin duda la original se la había llevado su creador. En todo caso, lo cierto era que las plantas crecían fuertes y con buen color, acordes a la bonanza del verano tardío. Les pareció que sería ingrato, tanto con las jóvenes ramas como con la memoria del mago, no cuidar de ellas. De este modo añadieron una nueva rutina a su estancia: cada mañana, con la salida del sol, recogían agua del arroyo que discurría no lejos de allí, y las rociaban en su justa medida; al esconderse la tarde, repasaban las viñas, podaban las hojas muertas y recolocaban con mimo cada rama torcida. El joven, además, encontraba gran placer en esta labor, pues las espirales que formaban le evocaban los esmerados dibujos que más de una vez trazaba en las sillas o los arcones. En ocasiones se sentaba junto ellas, tan sólo con un papel y un trozo de carbón, y recreaba las formas intrincadas, siguiéndolas con la mirada y con el corazón.

La idea le hormigueaba en la mente, le quemaba en las manos. Habían pasado ya, al menos, cuatro semanas desde que llegaran allí, y todavía le inundaba aquel temor hierático. Tenía ya todo preparado, todo estaba ordenado y perfectamente dispuesto. En sus sueños, casi como una obsesión, se veía a sí mismo recorriendo las líneas, perdiéndose en ellas, nadando en sus ondas; e incluso a veces despertaba con las manos a punto de comenzar a tallar. Lo tenía muy claro, mas todavía faltaba su aprobación. Debía obtenerla. Debía presentarse ante el lienzo y solicitarla… pues ya sabía cómo comenzar.

Se decidió al fin una tarde, después de haber pasado un buen rato junto al viñedo. El viento había danzado de forma especialmente hermosa entre las ramas, susurrándole palabras de coraje y arrojo. Incluso ellas, cada una de las plantas, a las que conocía bien bajo las yemas de sus dedos, le habían impulsado, le animaban en su fresco silencio. Descendió con determinación, portando sus dibujos y el gobio en la mano, hasta el desván… y encontró que ella también estaba frente al lienzo, inmóvil, ensimismada. Murmuraba algo, movía imperceptiblemente los labios, abría y cerraba las manos con lento nerviosismo.

-Lo he visto. Esta aquí.

El ebanista llegó a asustarse durante un momento, tal era la palidez del rostro de su compañera. En los últimos días habían hablado poco, y él sospechaba que también había estado reflexionando sobre su labor. Estaba bien, se decía; los dos podrían por fin trabajar juntos, completar la obra que tanto les intrigaba y que se había hecho dueña de sus vidas. Cuando volvió hacia él la mirada, sin embargo, no vio allí lo que en sus largas conversaciones noctámbulas. Había urgencia, un temblor inusitado.

-¿Qué te sucede? –en un acto reflejo, el hombre avanzó hasta ella y la tomó de los hombros. Arrugó el boceto, pero apenas se inmutó. -¿Qué has visto?

-He visto lo que debo pintar. En un sueño. Y lo he visto… mustio, muerto –la joven se estremeció, meneó la cabeza. –Ven, tenemos que encontrarlo.

La siguió hasta el exterior de la cabaña, hasta el cultivo. No precisaron esforzarse demasiado, pues pronto encontraron aquello que afirmaba haber vislumbrado: se trataba de una de las viñas, la más pequeña y débil. Ciertamente era la única que no crecía vigorosa, sino que se marchitaba a pequeños pasos. Era como si la vida se le escapara en un leve, invisible hilo; y el resto de las plantas, en su madurez, se alejaban cada vez más y acaparaban los rayos de sol, condenándola al ostracismo y al olvido.

Nunca habían dado gran cosa por su supervivencia, y por ello, aunque la cuidaban como a las demás, casi no le habían prestado atención. Ahora, no obstante, la pintora se arrodilló a su lado con desespero, acarició sus ramas oscuras.

-Su lugar no está aquí. ¡Está en el cuadro! –exclamó. Su compañero enarcó las cejas, mas nada dijo. –Por eso no sobrevive en la tierra. No puede alimentarse de ella. Debo pintarla… debo conservarla.

-Bueno, si crees que es lo que debe estar en el lienzo, está bien –concedió él. –Pero creo que tendremos que esforzarnos un poco más con ella. Tú ocúpate de pintarla, si quieres. Yo me encargaré de que se vuelva más fuerte. Entre los dos lo conseguiremos.

Ella lo miró. Lo sabe, se dijo el ebanista. Sabe que he encontrado mi labor… y no es ésta. Sonrió para tranquilizarla.

-No te preocupes –dijo con amabilidad. El marco puede esperar. Esta pequeña nos necesita primero.

 

El tiempo parecía deslizarse perezoso, expectante tal vez, cuando se situaba frente al lienzo. Tenía la paleta en una mano, el pincel en la otra. Y había veces en que la inspiración se le colaba entre las ropas, como un duende travieso que quisiera provocarle escalofríos; había entonces un grito y una exclamación, y parecía que fuese a empezar… pero al momento los brazos se relajaban de nuevo, y a la repentina embriaguez sucedía de pronto el cansancio, la resaca. Los recuerdos borrosos le manchaban la mente aquí y allá, pero era incapaz de aprehenderlos. Intentaba en vano mirarse en ellos, como en charcos que quedaran después de una lluvia copiosa. Nada veía. No se trataba de sueños; ya hacía días que había dejado de tenerlos, y en sus noches tan sólo galopaban sentimientos diversos y oscuros de apremio y necesidad. Era algo anterior, primigenio, algo superior que quería comunicarse con ella en un lenguaje desconocido…

Como una lluvia, las lágrimas afluían entonces a sus ojos, agrietados por el fracaso. Pero se cuidaba bien de que no la viera.

Él no la acompañaba durante estos trances; poco sabía de ellos, en verdad. Se dedicaba casi en exclusiva al viñedo, y el lenguaje de las plantas era ya familiar a sus oídos. Sabía que le miraban con extrañeza y recelo ahora, pues la mayor parte del tiempo lo empleaba en aquella viña expósita. Sus esfuerzos no parecían tener un fruto evidente: aunque resistía con valentía, cada día descubría una nueva rama que pendía, una mancha malsana en el tronco. Se agosta, se agosta lentamente, y no soy capaz de impedirlo, pensaba, y el dolor acudía a él como si la muerte hurgara con un estoque en su espíritu. Y podía empeorar, posiblemente, en unos días. Porque del norte llegó una mañana un frío mensajero, invisible pero inefable: un viento más cortante de lo habitual, una voz de lengua de hielo. El verano ya había durado más de lo esperable, y ahora el otoño hacía su aparición, tendiendo la alfombra blanca para su anciano sucesor.

Las demás viñas sabían que el tiempo de beber plácidamente de un sol generoso tocaba a su fin, y por ello se aprestaron en aprovecharlo. Si antes la solitaria a duras penas tomaba su parte, ahora la luz parecía haberse olvidado de ella. Si antes sus raíces pugnaban y escarbaban por encontrar un rastro de agua, ahora la tierra que la rodeaba parecía secarse, tal como su alma se secaba…

Y llegó el día que el ebanista temía. La primera tormenta.

Siempre llega como de puntillas, como un invitado que se anuncia largamente y aparece cuando el anfitrión no ha preparado aún la mesa. Ambos eran conscientes de su cercanía, y ambos guardaban sus propios recuerdos del momento. La primera lluvia de otoño, en el puerto, hace bailar los barcos y zozobrar los gallos de las veletas. En el pueblo, hace que los niños se sienten en las rodillas de los padres y empiecen a escuchar las historias de miedo, las mismas que el año anterior, bajo el canto hueco de los árboles. En aquella ocasión, sin embargo, sólo esperaron, con ansia y temor, que fuera benévola. No sucedió así.

Fue una verdadera tormenta la que se descargó sobre el bosque, ya caída la noche. El viento resquebrajó ramas y arrancó las hojas entre gemidos. Las viñas sufrieron, se agitaron, pidieron auxilio al astro rey que las había abandonado. No acudió, pero sí lo hicieron el ebanista y la pintora. Sin tan siquiera cubrirse corrieron hasta ellas, cargados con sábanas con las que intentaron resguardarlas del temporal. La solitaria casi era arrancada de cuajo, intentaba aferrarse con fuerza al suelo. Pero sus raíces eran débiles; pronto sus ramas se arquearon y cuartearon. Finalmente se dobló sobre sí misma y se derrumbó, tan sólo asida a la tierra por un delgado brote.

El castigo no duró demasiado. La lluvia remitió y se retiró en poco tiempo, satisfecha o tal vez arrepentida de sus ínfulas y la devastación dejada tras de sí. Las nubes, ahora menos oscuras y obesas, lloraron mansamente una llovizna puntiaguda, leve. Arrodillados junto a la viña caída, los dos compañeros la sentían como una losa sobre su espíritu.

-Se ha perdido… -ella acariciaba, ausente, las ramas que se retorcían, como dedos de un náufrago que quisiera agarrarse a una balsa. Suspiró, decidida a mostrar entereza, al menos en apariencia. El mago no se hubiera hundido por algo así… El mago hubiera sacado fuerzas, quizás hubiera conseguido recomponerla. Aunque ella no tenía poder alguno. Ni siquiera el de extraer el color, la vida en un lienzo vacío. Tal vez también lo había perdido… -Era su destino, supongo.

-No. –El joven fruncía el ceño. Veía más allá, como siempre había hecho; su mente trabajaba deprisa, recorría con velocidad todas las posibilidades. -La tierra está húmeda, después de tantos días; quizás podamos trasplantarla. Pero tenemos que encontrar algo que le sirva de asidero… Vamos.

Se pusieron en pie y regresaron a la cabaña. Buscaron en el desván con frenesí; tenía que haber algo que les sirviera, madera desechada por el mago en su arte. Necesitaban algo que supliera la fuerza de las raíces, que les ayudara a erguirse de nuevo. Se plantearon, incluso, cortar alguna parte de una escultura. Pero así como las viñas habían cobrado personalidad, también las figuras se les habían hecho familiares y queridas. Ninguno se veía capaz de hacerles daño. Finalmente quedó claro que sólo había una posibilidad.

-Es lo único que tenemos. –El ebanista dio un paso temeroso, inclinó sin querer la cabeza, como con respeto. El lienzo, salpicado por diminutos puntos de color, fruto de los intentos de la pintora, parecía mirarle con curiosidad. –Es lo único que nos sirve.

Su compañera no dijo nada. Su silencio fue la aprobación para aquello que ambos sabían que debían hacer.

No tardó demasiado. Las manos expertas del hombre localizaron los lugares donde las piezas se unían, tiraron sin esfuerzo y las desencajaron. Lo hizo con extremo cuidado, con el corazón palpitándole con fuerza, casi con temor a una represalia divina. Respiró con dificultado al terminar la tarea, y notó, con embarazo y sorpresa, que las manos le temblaban. Le temblaban las manos y las muñecas… le temblaban los dedos con los que sostenía el marco, ahora convertido en cuatro tablas sueltas.

Regresaron al viñedo, y con la ayuda de unas cuerdas sujetaron el cuerpo de la solitaria a las maderas. Enterraron de nuevo las raíces, las afianzaron tanto como pudieron en la tierra. Algo beneficioso sí que había tenido la lluvia, pues les facilitó tal tarea. Contemplaron en silencio la precaria cura, una vez terminaron. Se aproximaron el uno al otro, buscando apoyo.

-Estará bien –dijo el hombre, intentando que su voz sonara animada. –Resistirá. Es más pertinaz de lo que parece, me lo ha demostrado estos días.

-Eso espero. Debes hacerlo –ella se adelantó, posó una mano suavemente en una de las hojas. Le habló en voz baja, el cariño la impregnaba.  –Lo conseguiré, te lo prometo. Sé que tienes que estar en el lienzo, y yo te llevaré allí.

El ebanista calló. Una honda pena se abrió paso en su pecho. Quería que ella pintara, claro estaba; quería verla sonreír otra vez y cumplir la promesa que había hecho al mago. Pero ahora había perdido su misión, sus bocetos ya no tenían valor alguno. Contempló con nostalgia las tablas que sujetaban a la viña y vio en ellas, como en relieve, los adornos, los dibujos que había querido plasmar en el marco. Durante un momento el pulso se le aceleró, ¿había enloquecido?

No se trataba únicamente de su imaginación, constató, y tuvo que creer. Las ramas de la planta se abrazaban a la madera que les ayudaba a sobrevivir… y cabrioleaban en ella, creando las formas que durante tantos días había soñado.

Aquella noche no durmió dentro de la cabaña. Desafiando la posibilidad de una nueva lluvia durmió al raso, sobre una manta. Durmió muy cerca de la viña, y fue feliz, viendo en sueños su obra completa.

 

 

Le despertó una humedad sobre los ojos. Los abrió, molesto, y asustado enseguida, pensando que el temporal regresaba y le cogería al descubierto. Mas no era sino el rocío, que goteaba justo sobre él desde el árbol bajo el que había dormido. Se frotó los párpados, se estiró. Y al momento, cuando se dio cuenta de que ya había dejado atrás el umbral de la ensoñación y lo que tenía frente a su vista era real, dio un salto y soltó una maldición.

La cabaña del mago ya no estaba… no como él la conocía, al menos. Como un gigantesco sombrero, sobresalía de ella la copa de un árbol. El tronco surgía directamente del interior de la casa. Las ramas atravesaba las paredes y las ventanas, y apenas eran éstas visibles a través de un mar de hojarasca y enredaderas.

Lo primero que pensó, por supuesto, fue que algún hechizo había operado allí. No podía ser real, no podía ser mundano. ¡No crecía un árbol así en tan sólo una noche! El mago tenía que haber regresado, y tal vez estuviera furioso por la intromisión…

Tal pensamiento fue desplazado de inmediato por otro, más imperioso, que le hizo recorrer corriendo los metros que lo separaban de la cabaña.

Gritó el nombre de su compañera, temiendo lo peor. No obtuvo respuesta, mas cuál no fue su sorpresa al encontrarla de pie e ilesa, delante de la puerta. Contemplaba simplemente el prodigio, con una sonrisa en los labios. Se preguntó cuánto tiempo llevaría despierta, en semejante pose.

-Estoy bien –le dijo ella, nada más verlo llegar a su lado. Había un brillo de felicidad en su mirada, después de tantos días. –No te preocupes. Lo cierto es que me desperté aquí fuera, cuando ya había sucedido.

-¿Crees que habrá sido él? –inquirió el joven. –Tu tío… el mago. Seguramente andará por aquí…

-No ha sido él. Hemos sido nosotros.

Fue entonces cuando aquél reparó en que su compañera apretaba en la mano el lienzo. Seguía sin haber nada en él… a excepción de manchas de barro, las que había dejado, sin duda, después de ocuparse de la viña la noche anterior.

-Intenté pintar anoche, pero fue imposible –explicó. –Tomé la tela y me quedé dormida con ella. Me dolía mancharla, no sólo con las manos… sino también con las lágrimas –bajó la cabeza, hubo un leve rubor en sus pómulos. –Y soñé que lo había terminado… Soñé con una pintura como nunca había realizado, con colores que, si lo intentara, creo que no sabría mezclar conscientemente. Tú estabas ahí también. Y habías acabado tu marco.

Le sonrió, y él hizo otro tanto. Alzó la mirada hasta que le dolió el cuello. El árbol era hermoso, relucía al sol como si estuviera bruñido.

-Así que somos magos ahora, también nosotros –exclamó con satisfacción y entusiasmo, y el extraño apelativo resonó como una campana en sus oídos. –A lo mejor eres tú, lo llevas en la sangre. Tu tío estaría orgulloso de lo que puedes hacer… y tú debes estarlo también.

-No soy yo, te equivocas –ella negó enérgicamente con la cabeza. –Pero sí que estoy orgullosa. Estoy orgullosa… de lo que podemos hacer juntos.

 

 

El árbol era hermoso, relucía al sol. Y también fueron hermosos, con su propia belleza, todos los demás.

Escritora de género fantástico, periodista especializada en videojuegos y literatura. Ha publicado la novela Heredero del Invierno (ediciones Kolab, 2011) y el ensayo Lágrimas de luz: posmodernidad y estilo en la ciencia ficción española (Spórtula, 2012).

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