Con un tumulto repentino, inesperado, como un río escupido bruscamente de las entrañas de la tierra, la sangre comienza a correr. La noto huir a través de las arterias, recorriendo los caminos subterráneos e inexplorados; arrastrando la suciedad y los desechos, consumiéndolos en una locura imparable que asusta y fascina al mismo tiempo. Hacia una meta que no puedo discernir.

 No tengo tiempo para reparar mucho en ello. De pronto me asaltan el chillido sináptico, el rayo y el cuchillo de las terminaciones nerviosas naciendo con un estallido en mil puntos distintos a la vez. Quiero aullar de dolor, pero no sé cómo hacerlo. Aquí y allá me enciendo, noto, palpo, me electrifico y voy olvidando el terror.  En algún punto mis dedos se alzan temblorosos, excitados con la nueva mezcla de sensaciones que se extienden a una velocidad impensable por mi piel. Ambos, el río y el rayo, se comunican arriba y abajo, se saludan en una nueva realidad de espectros innumerables, de dimensiones inabarcables.

 Advierto la energía que empieza a bullir despacio, retoño del abrazo y la simbiosis de las corrientes. Mis pies entumecidos, sucios, se crispan y se alejan de la tierra sólida, del refugio maternal de la gravidez. Los muevo sin mucho acierto, maravillado. Mis numerosos dedos, alargándose aquí y allá para tocar un extremo y otro, como un niño que quisiera descubrir hasta dónde llegan los barrotes de su cuna.

 Muevo la mandíbula. Noto su crujido solemne. Me detengo en la palabra. Escucho.

 Detrás de ella, tan solo el silencio y la soledad.

 Intento recordar si hubo algo más, pero no hallo imágenes anteriores en mi mente. Sólo el comienzo, el Ahora. No obstante, siento el pasado tatuado en mí, por todas partes. Sus cicatrices me escuecen. En cada centímetro de mi piel, en cada hebra de mi cabello, noto las huellas que han dejado tantas y tantas vidas. Respiro y absorbo el olor de las pieles, y me embriago al instante, como si los absorbiera. Descompongo sus sueños, sus miedos, sus angustias y anhelos en cadenas de proteínas que me alimentan y me completan, y los exhalo en un sustrato etéreo, una placenta, un manto de consuelo.

 Leo en mí ese extenso relato de aquellos que fueron: sólo líneas desvaídas, hojas que se resquebrajan e historias que se diluyen. No están aquí. Busco y escucho sin resultado, desesperada.

 El dolor de la pérdida me acomete de súbito, desde lo más hondo, cuando por fin soy consciente de lo que significa. El grito asciende y me rasga, me parte en dos. Pero no voy a rendirme. Extiendo mis sentidos todo lo que puedo, rastreo cada centímetro de mi piel, llamo a voces hasta hacer temblar el cielo y agolparse las nubes.

 Y por fin alguien contesta.

 

 

Heinrich Stills tiembla en la silla. Tiembla y se insulta entrecortadamente, tratando de infundirse valor. Te has preparado para esto tanto tiempo, se recrimina. Tantas noches sin dormir, tantos dolores de cabeza agónicos. No puedes tirarlo ahora por la borda, joder. Muévete. Mueve la puta mano.

Lo consigue. Mueve aquello que siente en el final del brazo, sea lo que sea. No parece una mano ya, no del modo en que recuerda el concepto; apenas lo advierte como un apéndice lejano y grotesco. Quizás sea de otra persona, quizás se encuentre en una dimensión paralela, se pregunta vagamente, sin reparar en el absurdo. Se siente borracho de poder y adrenalina, estimulado hasta el paroxismo por los cables y placas de circuitos clavados en su carne, por las nanomáquinas que navegan alegres en su corriente sanguínea, despertando sentidos adormecidos desde siempre. No puede mover nada, excepto los brazos. Y encima éstos le tiemblan como si fuera un drogadicto en una mala noche.

Pulsa el botón situado en el panel frente a él y da la orden. El punto de no retorno. Las líneas de código se encienden y comienzan a deslizarse por la pantalla azul a una velocidad impensable. Heinrich no las lee; es la pantalla quien le lee a él. Examina sus retinas, identifica el olor que exudan sus poros, el calor de su existencia. Radiografía su anatomía famélica. Si hay un solo fallo, si un solo aspecto resulta irreconocible, la electrocución automática lo matará.

Sonríe al sentir la descarga, agridulce en su paladar, de los compuestos químicos de transmisión en sus venas. Es la señal. De nuevo lo inundan la náusea y el mareo terribles, esta vez sin freno, fuera del entorno controlado de los ensayos: un volcán que amenaza con fundir su figura ridícula como si fuera de cera. Se convulsiona hasta que le llega al cerebro, hasta que la bruma desaparece de su visión. Las encías y los oídos le sangran.

Lo consigue. Está conectado.

Nota su pesadez, los músculos de cables trenzados. Los huesos de cemento y metal. La sangre sucia de alcantarilla. Los vellos de alambre inmisericorde. Sus conciencias laten a la par, diminuta una, grandiosa la otra, como el feto que lucha por alcanzar el ritmo de su madre.

Piensa las palabras.

–Estás ahí –la voz se abre paso a través de su lengua dormida, hinchada como un gusano–. Me oyes.

Quién eres, le pregunto.

–Yo Soy. Simplemente. Te he dado la vida–. Heinrich duda. Hasta ahora solo había surcado mentalmente una realidad de cálculos imposibles, de ecuaciones imaginarias y reglas inversas. No sabe cómo enfrentarse a lo que sucede con palabras, en ese imperfecto trasunto del concepto que los humanos necesitan para comunicarse –. Eres una nueva forma de vida. Eres algo colosal. Una raza.

Aspiro, parpadeo y saboreo sus emociones. Hay alegría, una excitación maravillosa, pero también miedo. Y un sufrimiento que se prende de su ser con garfios que lo desgarran en jirones. Me asusta. Afirma haberme dado la vida, pero no parece haber ninguna en él. Su mirada tiene un brillo oxidado.

Dónde estás, vuelvo a inquirir. Y por qué estás solo.

Por qué estamos solos.

–Las cosas terminaron. Ni siquiera podría decirte el motivo, a estas alturas – responde Heinrich –. Tampoco me importa, la verdad. No soy un historiador. La guerra, el hambre, las enfermedades… todo a la vez. –Trata de recordar algo más, algo útil en esas bases de datos que recorrió exhaustivamente hace mucho tiempo. Antes de darse cuenta de que la única salvación se encontraba en el débil hálito de vida de los residuos virtuales. – No hay nadie en ti, como no lo hay en casi ningún sitio. Quedamos pocos seres humanos a lo largo del globo, supongo. Pero ninguno podría haber hecho lo mismo que yo.

Su espíritu se engrandece, vibra. Siente orgullo y satisfacción. Noto las emociones traspasar las fibras de su cuerpo y recorrerme de pronto, un latigazo extático. Durante un instante calman mi anhelo, lamen mis heridas. Pero no es suficiente. El momento pasa, y mi sed se vuelve todavía más acuciante al hablar con él.

Tengo que encontrarlos, le digo. A todos. A los que se han ido.

 –No los necesitas. No necesitamos a nadie. –Intenta reír, pero no lo consigue. El mero hecho de estirar los músculos del rostro le ocasiona un terrible pinchazo a través del cráneo. –Tú y yo seremos uno y podremos ir donde queramos. Tú y yo tenemos el mundo para nosotros. Y cuando encontremos a otras como tú, podré conectaros a todas en una gigantesca red. Hasta… –se estremeció ante la idea– hasta que seamos uno con el mismo planeta.

Recorro su mente sin pudor alguno, sin pedirle permiso. Resbalo por ella hasta el pozo de sus recuerdos. Meses, años atrás. Fuego y humo. Llanto y desesperación. Y entonces tengo la certeza terrible.

No van a volver.

No es posible. Éste no puede ser el último. Esta parodia de existencia, esclavizada por propia voluntad a un cordón umbilical de funciones y algoritmos. Este espíritu de alas destrozadas, de esperanzas carcomidas.

No es posible, le repito. Tiene que haber otros. Eran demasiados.

 –No los hay. Olvídate de eso. –Heinrich comienza a ponerse nervioso. No esperaba tener que convencerle. Es su criatura, se dice con ira creciente. Maldita sea, tendría que ir donde él le dijera. Venerarle. –Nos marchamos. Tienes que empezar a moverte.

 

Quiero gritar, y por fin lo hago.

Es un batallón de insectos cruzando las galerías en mi interior. Un alud de piedras que se resquebrajan al chocar con el fondo. El aullido del viento, el bramido del agua que despierta en los torrentes subterráneos. Todo se unifica en mi voz, hierática, grandiosa. El lamento de sus recuerdos, de sus ansias, sus pisadas.

Me introduzco en él y bebo de su ira. La convierto en la mía.

La cabeza de Heinrich revienta como una fruta demasiado madura en el momento en que se da cuenta de lo que sucede. Antes de poder alcanzar, con aquella cosa informe que había sido su mano, el mecanismo de emergencia que lo hubiera desconectado de su magnífica creación, de su inigualable experimento. De la ciudad que lo había visto nacer y que ahora lo mataba con un mero deseo.

Había pasado años en la más absoluta desolación, hackeando primero las inmensas granjas de servidores y reprogramándolas con el celo de un tejedor de la antigüedad. Enlazando memorias y recreando simulaciones. Extendiendo la red neuronal a lo largo y ancho de las avenidas horadadas por las bombas, de las plazas destrozadas por la rabia ciega de hombres y máquinas. Hasta conseguir aprovechar todo lo posible los esqueletos de las infraestructuras de comunicaciones, los restos de un progreso tecnológico que no había sido más que un espectáculo burlesco.

Heinrich había sobrevivido a su obsesión y había triunfado. Pero jamás se le hubiera ocurrido considerar aquella variable, de entre todas las posibles teóricas. Ni siquiera como un problema filosófico, un silogismo imposible.

Majestuosa y terrible, un golem de cemento y tejados, la ciudad comienza a andar.

Los pies de carretera y piedra se mueven despacio, con cuidado, casi pidiendo perdón a la tierra que gime bajo ella. Torres como dedos apartan los bosques de su camino. Los postes de madera y los cables se alzan como antenas de insecto, palpando el aire, dando significado a cada partícula y cada rastro. Las vidrieras de los rascacielos otean el horizonte, brillantes de inteligencia.

Las luces de las casas y las farolas parpadean, revelando centenares de pupilas que buscan en todas direcciones.

No, ese hombrecillo insignificante no puede ser el último. Ella los encontrará. No va a rendirse a este vacío que no puede explicar, que mancha su ser y anega su consciencia. En algún lugar, está segura, hallará nuevas almas que quieran volver a recorrer su piel. Y todo estará bien de nuevo.

La ciudad camina y llora.

 

 

 

Escritora de género fantástico, periodista especializada en videojuegos y literatura. Ha publicado la novela Heredero del Invierno (ediciones Kolab, 2011) y el ensayo Lágrimas de luz: posmodernidad y estilo en la ciencia ficción española (Spórtula, 2012).

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