Ahora, cuando la sangre mancha mis mejillas y mis manos y mi cuello, y es a la vez fría y ardiente; cuando me devora el abismo de las pupilas quietas, ahora sí, ahora, los dedos empiezan a temblarme. Me cuesta mantener firme el bolígrafo, las líneas están torcidas y las letras abigarradas, pero es mejor así.

No es miedo lo que siento. Me pregunto si en algún momento podría haber encontrado la palabra correcta. Ahora todo se ha perdido; me cuesta al menos un par de minutos poder componer cada frase. Supongo que me llevará la noche entera contarlo todo. Las palabras también se desvanecen, como se pierde la forma física cuando uno no ejercita el cuerpo lo suficiente. En su día podía retener frases enteras y recitarlas sin un balbuceo, no importaba si estaban plagadas de esdrújulas, sobresdrújulas, adjetivos o latinismos. ¿Lo recuerdas? Cómo jugábamos en el salón, en los atardeceres perezosos, mi cabeza en tus rodillas y tu  mano en mi barbilla, a entrelazar de memoria versos y diálogos de obras distintas. Cuanto más diferentes fueran, cuanto más barrocos sus autores, más nos reíamos con el extraño crisol, la mayoría de las veces sin sentido.

Tomo aliento. Intento no mirar tras de mí, entre bambalinas, donde el cuchillo destaca enhiesto, mi silencioso apuntador. La luna entra por la ventana, con un vestido azulado, y acaricia el cuerpo inerte con dedos de brisa. Pienso en Friedrich.

¿Cómo debería comenzar la historia? Tú eras el que escribía libretos.

Supongo que, si fuera una película, tendría que empezar con aquella tarde de finales de junio. Tú en un extremo de la calle, yo en otro. Los planos contrapuestos, cada uno acercándose al mismo sitio: aquella esquina en la calle Velázquez. Tú cargado con tus bártulos, tu sombrero y tu pistola de pega; yo con los míos, mis alas caídas, dejando plumas por el camino. Ambos vomitados fuera de la Escuela de Arte Dramático, el ego henchido, el bolsillo no tanto. ¿Y la música de fondo? Un poco de Travis o un Good Riddance, maestro. Eran los tiempos de las ilusiones, de cambio. Nos sentíamos superiores al resto, los pobres mortales atrapados en una vida gris; auténticos bohemios de pantalones rasgados.

Me sorprendí cuando te vi, aunque, claro está, no te dije nada. Resultaba una verdadera casualidad que otro mimo hubiera escogido justamente aquel rincón, que no era de los más concurridos ni de los más vistosos; precisamente, aquellas características eran las que me habían movido a decidirme por él. Aquella tarde nos miramos de reojo, con una extraña timidez, con recelo, como si fuera la primera vez que nos encontrábamos con un miembro de nuestra especie en peligro de extinción. Nos pintamos de arriba abajo, los brazos, el rostro, yo de blanco, tú de plateado. Te calaste el sombrero, yo me coloqué las alas con torpeza, porque nunca se me ha dado bien utilizar la zurda; me pareció, un momento, que quisiste hacer el amago de ayudarme, pero no moviste un dedo. Pronto estabas en tu papel de cowboy, erguido sobre tu barril, y entonces pasaste del banal mundo de la urgencia y la prisa al de las obras de arte. Lo cierto es que lo hacías muy bien. En mi papel de ángel, me costaba horrores mantener los brazos abiertos, en una postura que pretendía rafaelista, y estaba segura de que todos los que pasaban por mi lado se daban cuenta de los leves temblores de los codos y de la nariz. En realidad, apenas nadie nos miraba. No pude evitar sonreír la primera vez que un niño se aproximó, miedoso, te dejó una moneda en el plato a tus pies, y entonces silbaste y le disparaste en broma. ¡Qué salto dio!

Aquel primer día fue espantoso para mí. Sólo un par de personas quisieron verme aletear. Tú acaparaste muchos más espectadores. ¿Sentí celos? No sé, Mario. Me lo preguntaste muchas veces, cuando lo rememoramos, tiempo después, y lo cierto es que ni lo sabía entonces ni lo sé ahora.

Pero debería darte una respuesta. No, no sentía celos. Me apoyaba en ti; verte cada tarde, a la misma hora, siempre puntual enfrente de mí, me ayudaba a esconder mis propios miedos. Me aliviaba saber que había otro loco como yo en la ciudad. Otro loco que prefería pasar las tardes haciendo de actor silencioso, deteniendo el tiempo para unos pocos soñadores.

Me preguntaba qué hacías por las mañanas, a qué otras cosas te dedicabas, si tendrías la misma edad que yo. No tardé mucho en empezar a leerte. Comencé a saber más de ti que de nadie, por tus gestos, por la manera que tenías de envolverte en el silencio; mucho más, estoy segura, de lo que hubiera podido conocer con conversaciones apresuradas en algún bar abarrotado o en un chat de Internet. Supe que leías mucho y eras un poco miope, por el modo en que entornabas los ojos, y que te gustaba el café por las pequeñas manchas de las comisuras de tus labios, que siempre te relamías con aire distraído. Supe que habías visto más a Costner que a Wayne por tu manera de empuñar tu revólver, y que eras paciente, y que preferías el calor al frío, y te gustaba dormir. E imaginé que tus caricias debían de ser lentas y concienzudas.

No hubo ni una sola palabra entre nosotros durante todo ese verano. Nos dijimos mucho más en ese lenguaje auténtico, en la conexión de nuestras miradas y los mensajes de nuestros cuerpos, que en los cinco años posteriores. Supongo que nadie que lea esto lo entenderá; nadie que no sea mimo. Eso nos enseñan a los actores, a convertirnos más en esencia que en ser humano. Y como esencias que somos, como seres del aire y la imaginación, sólo podemos amarnos entre nosotros.

Quién sabe cuándo comencé a sentir algo más que curiosidad. Supongo que tú lo notaste también, como yo lo noté en ti. Nuestras sonrisas de saludo empezaron a ser diferentes. Nuestros ojos se movían buscando el uno al otro, furtivamente, más de lo aconsejable en una estatua humana. Casi diría que comenzaste a esforzarte más durante tus representaciones, en un intento de pavonearte frente a mí, un ritual de cortejo sin duda ridículo. Yo, en cambio, me distraía con frecuencia, ensoñándome, y me avergonzaba; desde luego tenías que pensar que era torpe e inmadura.

Hasta que te acercaste aquella primera vez, en una de las últimas tardes de septiembre. Era el final del día, y también de los meses estivales. Ya había hojas sueltas en las calles, las más apresuradas, y la gente dejaba de pasear despreocupada para volver a meterse bajo el caparazón del trabajo y las responsabilidades; las madres, ceñudas, tiraban de las manos de sus hijos cuando éstos querían detenerse junto a nosotros. Recuerdo que también aquel día había sido bastante desastroso. Estaba sentada, tratando de quitarme el ala derecha, y de nuevo me resultaba complicado. Entonces vi primero la sombra, y luego tu rostro sobre el mío, sonriendo levemente. La timidez había retornado a él, como si la barrera volviera a levantarse ante nosotros. No éramos ya desconocidos, pero nunca habían surgido las palabras. Hablar era como volver a conocernos, en un mundo totalmente diferente.

-Déjame que te ayude. Se va a romper.

Te devolví la sonrisa.

-Un cowboy ayudando a un ángel –repliqué en broma. –Qué escena tan rara, ¿no?

En realidad lo había pensado muchas veces, en una de mis fantasías: sería una escena extraña, un cowboy y un ángel paseando juntos de la mano.

-Bueno, mientras no seas un ángel cherokee –dijiste tú, siguiendo el chiste –no hay problema.

Después de aquello nos atrevimos a decirnos un quedo “hola”, cuando nos veíamos cada tarde. Había temido que, al llegar el otoño, dejaras de acudir; que aquella tontería de las estatuas humanas fuese un entretenimiento veraniego. Pero los dos seguimos yendo cada tarde, sin faltar una, encontrándonos en el mismo minuto. Y al caer el día nos marchábamos juntos, me dejabas en la parada de autobús, y te veía alejarte con tu barril como un Diógenes cualquiera.

 

No tardaste mucho, después de eso, en invitarme a salir. Yo no me hubiera atrevido a hacerlo, eso lo tenía claro. Y desde luego nunca como tú: lo escribiste en un cristal invisible, y lo hiciste al revés para que yo pudiera leerlo desde mi perspectiva. “¿Quieres ir a tomar un café?” Me reí, y sólo pude asentir. No habría podido responderte de la misma manera, aunque me hubiese gustado. Siempre has sido mucho mejor que yo.

Si esto fuera la película, ahora sería el momento en que las imágenes comienzan a pasar deprisa. Nuestras primeras risas juntos, las primeras confidencias por fin. Las cafeterías recónditas a las que eras tan aficionado, los rincones del parque que te descubrí yo. Nuestras primeras escapadas. Las presentaciones a los amigos. Las películas vistas y no vistas. Los susurros hurtados a la noche. Los libros prestados. Las bromas, los nombres secretos.

Y, por fin, sin que nos diéramos cuenta casi, el primer año. Todo venía solo, no había que forzar nada. Pasaron los meses, visitamos muchos pisos, ninguno nos decidía; aquí faltaba iluminación, aquí a duras penas podríamos guardar las bicicletas. El primer alquiler.

Las facturas. Luz, agua, Internet. Las becas se terminaban, y sin darnos cuenta la despreocupación, los sueños, las fantasías empezaron a quedarse por el camino, convertidas en estatuas de sal.

Sé que nunca lo dijiste con palabras, pero es que ésas, amor mío, no eran el auténtico lenguaje en el que expresabas lo que sentías. Eran tus ojos, delatores de un reproche y una pérdida que a ti te dolía más que a mí. Tus silencios, la lenta inclinación de cabeza con la que aprobabas mis nuevos trabajos. Nos mentíamos y nos decíamos la verdad a un mismo tiempo, en una dualidad amarga, oculta. No te gustaban mis empleos eventuales en los bares, como telefonista, de pie junto al stand de alguna empresa de seguros. Deseabas que siguiera siendo aquel ángel del que te enamoraste ¿Y qué querías que hiciera? También yo había sido formada como tú, y  había escapado de la crisálida de la Escuela para caer en un bosque en el que a duras penas podía remontar el vuelo. No nos habían preparado para esto. Claro que lo intenté, y tú lo sabías. Pero no podíamos salir adelante con mis ocasionales trabajos: animando cumpleaños infantiles, participando en cortos de algún desarraigado grupo universitario o en anuncios de poca monta, todos ellos con una retribución ridícula. Así como guardé las alas de ángel en el fondo del armario, así también tuve que arrinconar en mi espíritu mis anhelos, la ilusión de joven actriz, y conformarme con acariciarlos cada noche, sin mirarles a los ojos.

Tú, en cambio, nunca quisiste rendirte. Y yo lo respetaba y admiraba, y tenía que remendar, muchas veces, los descosidos en tu alma que dejaban aquellos que decían preocuparse por ti. Padres, hermanos, amigos, compañeros de estudios. Búscate algo mejor, sienta la cabeza, piensa bien lo que haces. Piensa, reflexiona. Madura. Sí, quizás eras un poco irreflexivo. Quizás demasiado soñador. ¿Pero qué importaba eso, cuando podía ver el brillo prendido en tu mirada, el entusiasmo con el que llegabas a casa cada vez que obtenías el papel en alguna nueva obra? ¿Qué importaba que pagaran una miseria? Seguías tu camino. Y yo sólo veía eso, y quería protegerte y alentarte. No importaba que la amenaza del corte de luz llegara siempre antes, o que el casero nos lanzara ceñudas miradas cada vez que nos cruzábamos en la escalera. No importaban las promesas incumplidas, los fracasos del “ya te llamaremos”; continuabas hacia el horizonte, como todo un cowboy, y yo te sostenía. Así es esa extraña enfermedad del sentido común que llaman amor.

Pero, desde luego, nunca te vi tan ilusionado como aquel día.

 

Cierro un momento los ojos. Tengo que llegar ya a ese punto, aunque mi mente se resiste. Querría quedarse allí lejos, detenida en aquellos días. Lucha por escapar de los azotes de un ahora impuesto contra su voluntad.

Tengo que seguir.

Me he detenido un buen rato. No sé cuánto tiempo llevo escribiendo. Los dedos me duelen. Un gato, en un tejado cercano, me acompaña con un lamento. No es la banda sonora que querría para esta parte de la historia, pero ahora no puedo pensar en ninguna canción que venga bien.

Nunca te vi tan ilusionado como aquel día. Fue el dieciséis de octubre. Han pasado ya tres meses.

Llegaste a la hora de comer, con el paraguas cerrado y el cabello pegado a la frente, a causa de la leve llovizna. Sabía que eso significaba algo: que habías venido corriendo, contento por algo, abstraído de todo lo que te rodeaba… incluso olvidando algo tan simple como protegerte de la lluvia. Comenzaste a contarlo apenas me saludaste con un beso. Venías de la nueva sala, ésa que habían rehabilitado en la Plaza del Duque, a la que llevabas tiempo deseando acudir. La regentaba un nuevo empresario, muy comprometido con la causa del teatro actual, joven, tan sólo unos años mayor que nosotros. Habías hablado con él, con la labia que te caracterizaba, ¡te había hecho una audición! Y tenías el papel en la obra de un conocido escritor. Conocido para ti, claro, no para mí; hacía tiempo que yo había dejado de frecuentar a ciertos amigos y leer tus foros de internet. Un francés, un vanguardista.

-¿Darger? –repetí el nombre. Recuerdo el pitido del microondas. La pizza ya estaba lista. -¿Como… aquel tipo, el ermitaño estadounidense?

-Así es, se llama igual. Qué coincidencia, ¿no? –respondiste. –Henry Darger. Tengo por ahí, en el portátil, algunas de sus obras, ahora te las enseño. Es un genio, muy polifacético. Similar a Jodorowsky. Y también le llaman “el escritor maldito”.

¿El escritor maldito? No es que fuera un apodo muy original, pero era la clase de cosas que te gustaban. Excentricidades, todo aquello fuera de lo habitual. Épater le bourgeois. A veces te imaginaba como un Baudelaire de acento andaluz. Sonreía al hacerlo, como sonreí aquella vez, intrigada.

-Muy pocos quieren hacerse cargo de sus obras, porque dicen que es un tipo absorbente. Sus personajes son tan ricos, están tan llenos de vida y matices que la mayoría de los actores que los interpretan terminan obsesionándose tanto como él. Se cuenta que varios de ellos dejaron el teatro después de trabajar a su lado. Otro, incluso, terminó ingresado en un psiquiátrico, con una depresión crónica.

Acompañaste aquella última frase con una carcajada sonora, al tiempo que te sentabas en la mesa de la cocina. Yo no reí; enarqué las cejas con sorpresa. Sonaba extraño, desde luego. La leyenda de “maldito” le venía bien entonces. No me alarmé, pero sí me preocupé, como era lógico.

-Tú ya sueles entregarte bastante a tus personajes. Lo último que te conviene es alguien que te presione… todavía más de lo que sueles hacerlo por ti mismo.

-Tranquila, Noa –contestaste al momento. –No te comas la cabeza por eso. Para mí que no es más que una trola, una manera de hacerse publicidad, seguro. No es la primera vez que se traman historias así en los blogs. Pero tendré cuidado con él –te apresuraste a añadir; supongo que mi cara debía de ser elocuente. – Si realmente me parece que está grillado, lo dejaré. Te lo prometo.

El sueldo no era gran cosa, como de costumbre. Pero la obra te había entusiasmado. Cuando me hablaste de ella, entendí bien por qué.

Un hombre que despertaba de un coma aparentemente irreversible, después de veinte años, para encontrarse con que su ciudad había sido arrasada casi en su totalidad por una guerra. Su único familiar vivo era su hermano, ahora anciano, enfermo de Alzheimer. El hombre se veía en la necesidad de aferrarse a él, y se obstinaba por reconstruir sus recuerdos, para hacerlos propios… aunque no eran sino los recuerdos de un pasado ya borrado, de una vida que nunca regresaría. Dos personas atrapadas en la vorágine del tiempo, devoradas por él, intentando regresar a un hogar ya perdido. El final era desalentador, como no podía ser de otro modo: el suicidio del protagonista. Parecía terrible, contado de aquella manera, aunque veía en una historia tan triste todos los elementos que buscabas en una obra: un personaje castigado, derrotado y a la vez pletórico de vida, incomprendido. Enseguida me di cuenta de que sería una interpretación difícil. Y, naturalmente, nada podía hacerte más feliz que la perspectiva de un reto semejante. Nunca antes habías asumido nada tan perturbador.

Estabas nervioso, y a la vez excitado. Al día siguiente me llevaste a la sala de teatro para que conociera a Darger. Me habías dicho que todavía faltaba por escoger a un personaje femenino, una de las enfermeras del hospital en el que despertaría el protagonista, pero, por supuesto, me negué en rotundo. No estaba ya para aquellos esfuerzos; una historia de semejante envergadura dramática exigiría mucho tiempo de preparación, y mi trabajo de administrativa no me lo permitiría. No, mi “talento” interpretativo se había quedado para los juegos de adivinar películas durante las reuniones familiares.

El “escritor maldito” resultó ser un cuarentón que parecía acumular todos los tópicos de su papel. Un personaje en sí mismo. Gabardina gris y desgastada, pelo oscuro, con canas que se dejaban ver, intencionadamente dispuestas, entre los mechones. Barba descuidada, gafas gruesas, expresión constantemente avinagrada. Me recibió, creí ver, con un cierto desagrado, como si yo fuera una distracción innecesaria para su nuevo descubrimiento. Porque se había volcado en ti, me di cuenta. Se deshizo en alabanzas hacia tus dotes, quizás queriendo demostrarme que él había captado en ti mucho más de lo que yo vería jamás. Me miraba de reojo, sonreía con suficiencia cuando le preguntabas algún que otro matiz de tu personaje. Aquellos detalles de su creación estaban fuera del alcance de los mortales como nosotros. Me pregunté qué pensarían los demás actores, pero, desde luego, no parecía ser un director que despertase simpatías. Me cayó mal desde un primer momento, ¿sabes? Sí, bueno, lo sabes. Te lo dije apenas dejamos atrás el teatro, cuando me preguntaste. Aunque no quise ahondar en el motivo. No quise decirte que, evidentemente, te consideraba su propiedad.

-Es un bicho raro, está claro –reíste. -¡He oído que hasta duerme en el propio teatro! Por lo visto lo hace así cuando está en plena producción de una obra. Dice que así “respira la inspiración”. Pero creo que es inofensivo.

Esa noche te leíste de arriba abajo el libreto. Dormiste poco, como solía suceder aquellas veces. Yo me acosté sola y me llevé un buen rato escuchando tus pasos arriba y abajo en el salón, cómo abrías y cerrabas en la cocina la nevera, apurando las latas de té helado. No me enteré cuando te acostaste a mi lado, igual que tampoco cuando te levantaste, a la mañana siguiente. Simplemente olí el café recién hecho, y allí estabas, sentado, radiante. El cowboy plateado volvía a adueñarse de ti. A mí, en cambio, no me esperaba el cielo de un ángel, sino la mesa color azufre de la inmobiliaria.

Apenas parabas en casa. Era lo normal. Fui a recogerte un par de veces al teatro, pero cuando vi la cara de Darger, sus fríos saludos, sus ojos entrecerrados tras los gruesos cristales, dejé de hacerlo. Era tu mundo. Sabía que tenía que resignarme a tenerte un rato al mediodía, por las noches; siempre era lo mismo al principio de cada obra, en aquellos momentos en los que te iniciabas en el lento cortejo del personaje. Me resultaba irónico darme cuenta de que yo entonces era “la otra”. Hasta divertido.

Sí, estabas ilusionado en extremo. Sí, me leías el papel, me pedías opinión sobre tus registros de voz, sobre los matices de tu interpretación. En el fondo nunca dejé de ser tu apoyo. Por eso me pregunto, más de una vez, por qué no me di cuenta. Quizás si hubiera detectado, no sé, una chispa, un instante diferente… Pero ya no tiene sentido esa conjetura.

La tarde del dos de noviembre. Vamos allá.

Habíamos discutido durante la comida. Te había pedido que fueras a pagar una factura y se te había olvidado. Tu excusa, por supuesto, era predecible: habías pasado horas enfrascado en una escena especialmente complicada, en la que no conseguías implicarte del todo, y se te había ido el santo al cielo. No sé para qué me lo explicas, te grité, sabía bien que ese era el motivo, pero no me resultaba suficiente. Por Dios, Mario, otras cosas también son importantes, no puedo estar en todo. Volviste a hablar de nuevo como un chiquillo idealista, te hiciste la víctima. Al final, claro, todo quedó en mi cara larga, en cabezas gachas, en tus disculpas susurrantes. Y te comprometiste a hacer algo más aquella tarde: me devolverías un par de libros atrasados a la biblioteca.

Salí a comprar, y te vi cuando regresaba. Me resultó extraño: estabas vestido con una gabardina gris, al estilo de Darger, me dije enseguida. Me paré en seco. Nunca te la había visto puesta. Hice el amago de llamarte, sorprendida por lo poco que habías tardado ir y venir de la biblioteca, pero al momento desapareciste girando la esquina.

Tardaste todavía un par de horas en aparecer, de vuelta en casa, y cuando lo hiciste fue con una pila de libros en la mochila, como de costumbre… pero ni rastro de la gabardina. Te lo conté y le restaste importancia. Estaba claro que había visto a otra persona parecida. Nada inusual. No es que tenga el rostro de Brad Pitt, bromeaste.

Sí. Estaba claro. Nunca habías tenido esa gabardina, después de todo. No obstante, un extraño desasosiego me acompañó el resto de la tarde, y tardé en conciliar el sueño. Una persona muy parecida, sí. Por fin, fue el lento arrastrar de tus zapatillas, en el salón, el arrullo que me ayudó a dormirme.

Todos tenemos un gemelo, dicen. Y los actores, además, tenemos hermanos en todas partes. Nos resulta fácil confundirnos entre nosotros, encontrar un rostro anónimo por la calle que de repente se nos antoja un Calisto o un Tartufo conocidos. Así que, cuando volví a verte con aquella gabardina, unos tres días después, decidí no darle importancia. Regresaba del trabajo y estabas sentado en un banco del parque, inclinado sobre las rodillas, meditabundo. No pude verte la cara, pero eran tus hombros, tu pelo, el movimiento distraído del pie que siempre hacías cuando me esperabas, en nuestras citas ya añejas. No me miraste, y yo me esforcé por apresurar el paso, dejándote atrás como una sombra chinesca. Qué extraño, me dije aquella tarde, y estuve dándole vueltas prácticamente hasta la hora de dormir. Qué extraña serendipia, alguien tan parecido a ti en el barrio. Quizás algún día sí que me acercara y le dijera algo.

Pero nunca lo hice. Igual que tampoco volví a comentártelo a ti, cuando vi de nuevo a tu sosias en los días posteriores. Cada vez parecía más frecuente. En la parada, cogiendo un taxi. Saliendo de una librería. Tomando un café. Girando una esquina y desapareciendo de mi vista.

Tal vez no me hubiera obsesionado tanto si el tipo no hubiera llevado aquella gabardina. Pero era la misma que había visto a Darger. Estaba segura. Incluso un día fui al teatro a recogerte sólo para comprobarlo.

Tu presencia iba y venía, una ola constante de confusión, un mar de espejos contrapuestos. Tan pronto estabas en casa y te marchabas como volvía a verte, minutos después. Siempre inalcanzable, siempre desvaneciéndote con la fugacidad de un déjà vu, de un sueño mal contado.

Empezaba a desquiciarme. Los nervios a flor de piel, la sinrazón dando vueltas en mi mente a todas horas. Rebusqué por toda la casa, en cada armario, en cada rincón, sin hallar ni rastro de la gabardina. Como un felino agazapado esperaba encontrarte de repente, en cualquier calle, esquivo. Nunca te comenté nada, y tú achacaste, con algo de ayuda por mi parte, mi acrecentada susceptibilidad a las horas extra que pasaba en el trabajo para conseguir alargar un poco la llegada del fin de mes.

Pero llegó aquella noche, la noche en la que te quedaste en el teatro. Me llamaste y me dijiste que el ensayo se había prolongado y querías dejarlo terminado, así que ibas a quedarte a dormir allí. No pasa nada, me tranquilizaste. Siempre hay colchones de sobra. Darger pernocta aquí a menudo.

Ah, claro que recordé entonces tu risa, la primera vez que me lo dijiste. Un loco, ¿verdad? No andabas muy lejos tampoco tú ahora.

Serían las tres de la mañana cuando escuché el ruido en el salón. Arrastrar de sillas. Me sorprendió lo pronto que habías vuelto; no te esperaba ya hasta bien entrado el día siguiente. Me levanté, fui hasta allí y te encontré. No pude reprimir un grito.

Estabas de pie encima de una silla, habías colgado una soga de la lámpara. El lazo ceñía tu cuello pálido.

-Noa, siento haberte despertado –me dijiste. –Estaba ensayando la escena final.

Tu voz me resultó discordante, retumbó de pared en pared, de estantería en estantería como un cuervo insolente. Pero a pesar de todo, no la escuché. Sólo podía mirarte, en tu grotesca parodia de la muerte.

Sólo podía mirar que llevabas puesta aquella gabardina.

No sé si respondí algo, y si lo hice, dudo que fuera nada coherente. Lo siguiente que recuerdo es estar corriendo por la calle, con los zapatos puestos apresuradamente y una bata encima del pijama, sin plantearme siquiera lo que podían pensar los crápulas adolescentes que me vieran. Las calles pasaban por mi vista en un frenesí sucio, desordenado. Llegué al teatro en un santiamén y aporreé la puerta. La destrozada máquina de refrescos de la entrada se agitó al compás de mis puños, sus huesos de lata quejándose por la molestia.

Me abrió otro tipo, uno de los actores; me lo habías presentado, pero me daba exactamente igual su nombre. Entré como una exhalación. Sobre el escenario, la luz blanca envolviéndote como un sudario, estabas tú; a tus pies, Darger, que me aguijoneaba desde las rendijas acusadoras de sus ojos. Le oí gruñir antes de acercarse.

-Creía que Mario ya te había avisado –me dijo, simplemente.

-Sí –de repente no sabía qué decir. Recordé por qué no te había dicho nada de mis desvelos en aquellos días: no quería que pensaras que había perdido la cabeza. ¿Estaba dispuesta a demostrártelo entonces, delante de tus compañeros? Me mirabas muy silencioso, en tu cara aquella expresión ingenua que tanto me encandilaba y consumía. Expectante de mis palabras, seguro de que todo aquello tenía la explicación más lógica posible. Yo era la racional, al fin y al cabo.

-Sí –repetí. La vi entonces, arrojada indolentemente en una butaca. La gabardina de Darger. Y todas mis dudas se disiparon.

No dije nada más. Era consciente del ridículo, de las consecuencias que aquello tendría para nosotros. Pero no me importó. Supe, en aquel momento, con una certeza que me desgarró el alma, que probablemente era la última vez que te veía sobre el escenario.

Me alejaba ya unos pasos de la entrada del teatro cuando Darger me llamó. Me di la vuelta, extrañada. El hombre estaba de pie, hierático, tan gris en la noche iluminada por las farolas que bien parecía el busto pétreo de algún dramaturgo griego.

-No le esperes levantada –no estaba segura de si había un deje burlón en su voz. En todo caso, habló con una lentitud que se me antojó ominosa, como un titán que derrumbara la roca de su victoria sobre mí. –El estreno es en dos días y vamos muy retrasados, así que probablemente nos quedemos hasta entonces en el teatro. Mario iba a llamarte por la mañana, pero como estás aquí me ha pedido que te lo diga.

-No te lo llevarás –le espeté, con una agresividad que a mí misma me sorprendió. –Vas a intentar convertirlo en tu personaje, devorarlo, pero no lo consentiré. Después de la obra no volverás a verlo.

-¿De verdad? –Darger enarcó las cejas, un gesto que se notaba estudiado de antemano. –Sé mucho de ti, Noa. Él nos habla de ti. De lo que eras y lo que te has dejado por el camino. Tú te enamoraste del personaje, mudo y distante. Es la cercanía lo que os separa. Quizás… -se detuvo un momento. –Quizás termines por agradecerme lo que será Mario. Lo que te he dado.

-Me has dado una farsa –grité. –Me has dado un reflejo distorsionado de ti. No es eso lo que quiero.

-¿Por qué crees que es un reflejo de mí? –preguntó mi interlocutor. –Le he liberado de su propio cristal invisible. Le he abierto a las palabras, le subido a los hombros del mundo. Y desde ahí volverá a ti. No tienes por qué preocuparte. No vamos a enfrentarnos por él. Nunca ha existido un actor que haya trabajado dos veces conmigo –terminó, sonriendo con resignación, antes de darse la vuelta y regresar al interior del teatro.

La última réplica me murió en la lengua, como un peregrino derrumbado en el desierto.

Retorné a casa, no ya vencida. De algún modo todo se había despejado. Darger, ese espectro, ese polígrafo al que tanto admiraban, se había desnudado ante mí sin saberlo. Porque quizás yo sí había perdido las palabras, pero no la mirada. Todavía podía leer, como te leí a ti. Y sentí lástima por él. No era más que un coleccionista de mariposas, feliz de contemplarlas clavadas en un tablón. Soñando a duras penas cómo serían sus colores volando al sol.

No me extrañé al ver la luz de mi habitación encendida desde la calle, aunque estaba segura de haberla apagado. Y tampoco me sorprendió ver la gabardina. Colgaba de una percha, enganchada a la lámpara del salón, donde momentos antes había estado la soga. Miré por la ventana un segundo, antes de volver a la cama, y mentalmente le dije adiós a la figura que sabía que vería. A ti, perdiéndote en las sombras.

No acudí al estreno de la obra. No respondí tus llamadas. Pero eso ya lo sabes de sobra.

Es difícil saber ahora qué decir y qué callar. Qué querrías oír. Mucho más difícil que robar otro rostro durante unas horas, sufrir otras alegrías, reír otra desgracia. Mucho más difícil que pintarse el cuerpo de blanco y caminar por la imaginación de los demás.

Han pasado ya cuatro horas desde que abriste la puerta. Te esperaba sin encender la luz. Cuatro horas desde que me llamaste, pero en lugar de mi voz fue el filo del cuchillo el que te saludó. No vi tu rostro, pero estaba seguro de que eras tú. El personaje. El hombre sin gabardina. El espejo que había que romper.

Ahora, vuelta tu mirada hacia el suelo, embebido por la sangre, el mango sobresaliendo de tu espalda como una Excalibur siniestra, sé que te he librado de las mentiras y la improvisación. Te he dado el mejor regalo que podía, lo único que restaba para completar tu viaje de cowboy. No voy a dejar que seas el fantasma de otra vida. Sé que estás ahí fuera, feliz y completo, perteneciente al mundo que está más allá de las tablas. Libre, como Darger quería que fueras. Como yo deseaba desde que te amé en la primera de nuestras sonrisas compartidas.

Sé que leerás esto alguna vez, porque ahora tu mundo es este mundo. El de las líneas y los versos. El de la ficción que no es ficción. Y por el caminarás, nunca más mudo. Dejaré el cuaderno al lado de la gabardina, para cuando vengas a recogerla.

Esta última página es para mí. Aquí estoy de pie, con las hileras de chimeneas como espectadores de fondo, sucios como una pandilla de desarrapados ladronzuelos. El viento amenaza con arrancarme el papel de las manos, es difícil escribir. El mismo viento que agita mis alas de pega y se lleva las plumas, inmisericorde, a un viaje de futuro incierto.

Abriré los brazos. Miraré hacia la luna. Y a ella trataré de alcanzar, como un Ícaro despistado, que ya no busca el calor de las llamas de Prometeo sino el abismo de su piel plateada, desconocida, añorada.

Y mi sombra, abajo, en la caída, siempre será tu sombra.

Escritora de género fantástico, periodista especializada en videojuegos y literatura. Ha publicado la novela Heredero del Invierno (ediciones Kolab, 2011) y el ensayo Lágrimas de luz: posmodernidad y estilo en la ciencia ficción española (Spórtula, 2012).

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