Apretó el puño derecho aún con más fuerza y notó cómo las uñas se le clavaban en la carne. Casi agradeció el lento, mudo dolor. Significaba que todavía, en ese instante, estaba vivo.

Había estado allí muchas veces, en aquella azotea, para fumarse el cigarrillo de cada hora. Siempre coincidía con alguien, siempre había alguna charla insustancial que mantener, algún tópico que sacar a colación. Ahora, sin embargo, el silencio le dolía en los oídos. No, no el silencio, realmente. Podía escuchar sonidos insignificantes a los que nunca había creído prestar atención: el palpitar de la sangre en ellos, el estremecimiento de sus rodillas, el temblor de sus dedos dentro de los zapatos.

Todo a su alrededor era un silencioso conciliábulo de edificios grises, una monótona sucesión de ventanales reluciendo en una mañana soleada, que le miraban y esperaban.

Como también esperaba él, a su espalda. Con la excitación del que aguarda la jugada final de una partida de póquer, el desenlace que se producirá inexorablemente. El único interés, en el fondo, era saber cómo terminaría exactamente. Cuál sería la última carta en quedar boca arriba sobre el tapete.

Una nueva ráfaga de aire volvió a azotarle el rostro, le hizo saltar las lágrimas. Su fuerza le sorprendió; le recordó vagamente a esos días de campo, huidizos en su mente, en los que había empleado algún que otro fin de semana, años atrás. Casi trastabilló. Pero consiguió mantener el equilibrio, y los segundos prosiguieron dentro de aquella fotografía funesta.

Los segundos sobre aquella cornisa, un Leteo de hormigón que le separaba del mundo de los muertos.

 

 

 

Era una persona de rutinas. Despreciaba a quienes centraban su vida precisamente en lo contrario, en la aleatoriedad del día a día. Claro que sí, a todos nos gusta que nos sorprendan, ¿pero cuántas de esas sorpresas terminaban por ser agradables? ¿Qué podía haber de alegre en la posibilidad de llegar tarde al trabajo, de caerse en la ducha, de un repentino cáncer?

Dentro de lo que podía intentaba tenerlo todo controlado, y hasta entonces no le había ido mal. Por eso se ponía nervioso siempre que algún detalle escapaba a su control. Por ejemplo, aquella mañana. A las 7:00 se había levantado, ni un minuto más (era de las pocas personas que conociera que escapaban a la tentación de los cinco minutos de prórroga). Tras la ducha y el desayuno, a las 7:35 exactamente había salido de casa y se había dirigido al aparcamiento de bicicletas de alquiler. Y ahí había encontrado el primer inconveniente. Ni una disponible, una eventualidad sin duda inusual.

Siempre calculaba el tiempo suficiente para llegar al menos media hora antes al supermercado, previendo esa clase de contratiempos. No se exasperó demasiado, por tanto. Todavía podía ir a pie; aunque en menor medida, también sería un buen ejercicio para sus piernas, que se verían obligadas a estar ocho horas inmóviles tras la caja.

Fue justo entonces, tras tomar aquella decisión, cuando sobrevino el primer punto de inflexión. Apenas había comenzado a andar cuando tuvo que cruzarse en su camino aquella baldosa suelta. ¿Desde cuándo estaba allí?

Consiguió no caer el suelo, por lo menos. Pero el tobillo se le dobló hasta hacerle ver las estrellas. Ahí, ahí sí empezó a exasperarse. Se vio obligado a sentarse en un bordillo unos instantes para recobrar el resuello, para conseguir que la neblina roja se disipara de su vista. El padre que pasaba con su hijo camino del colegio exactamente a las 7:39 cada día le miró con extrañeza, y un atisbo de enfado, al escucharle proferir entre dientes cada insulto y blasfemia que se le ocurría.

Eran ya las 7:45 cuando decidió que el dolor era soportable. Al menos eso le pareció hasta que se puso en pie. No, no lo era en absoluto; no al menos para la caminata que le aguardaba. Los engranajes de su mente, entrenados y solícitos, se movieron a la velocidad del rayo y elaboraron el siguiente cálculo lógico. El transporte público, qué remedio.

Afortunadamente, el autobús no tardó demasiado en pasar, por una vez. Las 7:50 ya; llegaría con quince minutos de retraso con respecto a su hora habitual, y eso era, desde luego, un cigarrillo menos. Se repantigó en un asiento (uno de esos destinados a personas mayores o con muletas; si alguien le decía algo, pensaba mostrarle su tobillo hinchado sin molestarse en mediar palabra), metió las manos en los bolsillos, resopló con fastidio. Tendría que armarse de paciencia a partir de ese momento para lo que estuviera por venir. Un día que empezaba mal no podía sino ir a peor. Era una de sus reglas doradas.

Entonces, siempre lo recordaría, justo a las 7:52, el mundo se encargó de darle la mayor bofetada de su vida.

Ella estaba de pie, agarrada a una barra con una mano y con un libro electrónico de esos diminutos en la otra. Enfrascada en la lectura. Tan impasible que sus rasgos parecían cincelados, dibujados con tinta china. Sólo pudo pensar metáforas del estilo mientras la recorría con la mirada, despacio, como un niño que intenta seguir el intrincado laberinto de un pasatiempo hasta llegar a la meta. Sólo que en esa ocasión no había meta; cuando hubo llegado al final, a los pies, cuando ya creía habérsela aprendido de memoria, volvió a empezar su recorrido de arriba abajo. Empezando por ese cabello azabache, cuidadosamente planchado, que le rozaba los hombros. Continuando por aquella frente suave, sin una arruga de concentración (a pesar de que su mente, sin duda, vagaba por otros mundos). Los ojos verdes, enormes, que seguían imperceptiblemente el trazado de las líneas en la pantalla. El cuello blanco y delgado, las manos de artista de largas uñas plateadas.

La memorizó en aquellos veinte minutos que duró el trayecto, y siguió repasándola, dibujándola en el lienzo vacío de su mente por temor a olvidarla, durante el resto de la tediosa jornada en el supermercado. Al día siguiente, azares del destino, tampoco había ninguna bicicleta libre cuando bajó. Esa vez no se exasperó. Casi sin pensarlo cruzó la calle hasta la parada de autobús.

Y de nuevo ella. De nuevo leyendo, esta vez sentada, con el rostro apoyado sobre un puño de manera deliciosa, como ideada por Rodin. Él se sentó a suficiente distancia como para poder observarla sin parecer un acosador.

 

Y al día siguiente, de nuevo ella.

Mi cariátide, la llamaba él para sí cuando estaba de pie, o apoyada en una esquina, al final del autobús. Mi Venus, cuando la veía sentada, con su mente quién sabía en qué Olimpo lejano.

Aquel chico nuevo del supermercado, con el que había hecho buenas migas cuando le estuvo enseñando el trabajo, notó enseguida su desazón, su ensimismamiento. También que esa semana estaba llegando más tarde de lo habitual y tenía que fumarse el cigarrillo a toda prisa. No le extrañó cuando le preguntó; era un chaval perspicaz, sin duda demasiado bueno para aquel miserable trabajo de reponedor. Estaba deseando soltarlo, de modo que se lo contó todo. Aquella semana de secreto embelesamiento en el autobús. El chico no se burló, como una parte de sí esperaba. Antes bien, quién lo diría, le conminó a hablar con ella.

¿Qué puede haber de malo? Pregúntale qué es lo que lee, le dijo. Lleva un libro y siéntate cerca de ella; es probable que sienta curiosidad, aunque sólo sea el instante de mirar tu portada. Entonces tú pillas el momento y hablas con ella.  Pan comido.

 

 

Aquella mañana se despertó antes de que sonara la alarma del móvil, algo que pocas veces le sucedía. Tuvo la tentación de coger cualquier libro de la estantería, sin mirar apenas, pero se dijo que probablemente fuera la primera impresión que ella tuviera, algo que se le quedaría grabado en la mente, para bien o para mal. De modo que recorrió, nervioso, su librería, que había tenido que reducir a lo largo de los años: la necesidad (por poco que pagaran en las tiendas de saldo, de vez en cuando le había servido para llegar a fin de mes) y alguna que otra temporada de catarsis le habían movido a ello. Debía ser algo con significado. Si supiera qué era lo que leía ella habría sido más fácil… Se decidió finalmente por algo de Saramago, que le haría parecer, pensó, una persona crítica y sesuda, no un pobre diablo que debe coger el transporte público porque no tiene dinero para un coche.

El autobús llegó un minuto más tarde de lo habitual, como si quisiera aumentar su desazón. Había un asiento vacío frente al de ella. Titubeó al principio; no quería que resultara demasiado evidente. Se quedó unos instantes de pie, junto a la ventana, mirando de reojo. Finalmente consiguió reunir el valor.

Funcionó, por impensable que resultara. No era una persona arrojada, jamás lo había sido, pero se atrevió a romper el hielo, preguntándole por el modelo de su lector de e-books. Quería comprarse uno, comentó como quien no quería la cosa (sin saber muy bien de dónde salían aquellas palabras, aquella seguridad), pero no estaba convencido de cuál tenía las mejores prestaciones. Y tampoco estaba seguro de si aquello arruinaría  para siempre el encanto, el tacto prometedor y el olor de un libro nuevo. Ella le siguió la conversación de inmediato, sin mostrarse incómoda o extrañada. Como esperaba, no tardó en interesarse por su propio libro. Aquellos veinticinco minutos de autobús le resultaron mucho más gratificantes, más esperanzadores que años y años de tedioso y vacío intercambio de palabras con cualquier otra persona que hubiera conocido.

Al día siguiente, quién lo hubiera dicho, también se volvieron a encontrar. Y la conversación prosiguió. Como si nunca se hubiera interrumpido, en ningún momento de sus vidas.

 

 

Cuando ella se lo propuso le resultó extraño. Lo rechazó al principio, por inercia y orgullo. Aquella idea de trabajar para su padre le sonaba a convertirse en uno de esos pijos enchufados, con el pelo engominado y sonrisa de suficiencia, que tantas veces había tenido que atender en el supermercado (¿no era irónico?, que un niño de papá acabara comprando los cartones de leche de marca blanca como cualquier hijo de vecino). Pero, como había sucedido con todos y cada uno de sus consejos, igual que cuando le propuso alquilar el piso en que vivían (que al final había resultado una idea espléndida), al final se dejó guiar y convencer. Al fin y al cabo, era ella quien realmente sabía cómo funcionaba el mundo. Él no era más que un náufrago que intentaba mantenerse a flote sobre una triste chalupa, tratando de entender el vaivén de las olas. A su lado, ella navegaba segura y enhiesta sobre su galeón, oteando el horizonte. Siempre consciente de hacia dónde había que orientar las velas, de dónde estaban los mejores puertos.

Y estaba deseando dejar el supermercado, claro que sí. Siete años de hastío le parecían más que suficientes. Así que cedió y se presentó en la oficina de aquella empresa de no–sabía-bien-qué, tembloroso en ese despacho gris, empequeñecido frente a aquella mesa de caoba como un crío que por primera vez hubiera hecho una trastada en el colegio. Sintió una extraña mezcla de excitación y de ahogo. Quizás lo que sentían los que estaban a punto de lanzarse a hacer puenting, se le ocurrió, aunque por supuesto jamás se le pasaría por la cabeza intentar aquella estupidez de deporte.

El padre de ella, al que no había llegado a conocer todavía, parecía agradable, con esos párpados caídos que le asemejaban a un perro bonachón; esa sonrisa lenta, el cabello gris cuidadosamente repeinado para ir tapando los claros de cuero cabelludo. Tomó el currículum (el vergonzoso currículum) que le ofrecía con amabilidad, aunque ni siquiera lo miró. En lugar de eso, clavó la mirada en la suya, una mirada magnética, y le preguntó sin más, sin rodeos, qué era lo que quería hacer.

En la vida, aclaró. Él no supo qué contestar durante varios minutos; jamás había estado en una entrevista de trabajo semejante. Casi le pareció una broma. ¿Dónde estaba el truco? ¿Qué respuesta se esperaba de él? Trató desesperadamente de recordar todos los artículos que había leído en Internet sobre psicología, empatía, esa clase de rollos.

El hombre volvió a preguntar. Aquí puedes hacer lo que quieras, le dijo. Lo que anheles. Lo que desees. Puedo conseguirlo para ti. Sólo tienes que decirlo. Pero hay una condición: necesito que seas sincero. Si no es así, lo sabré. Necesito que me digas lo que realmente deseas.

Nunca una pregunta se le antojó tan sencilla y tan difícil a la vez de contestar. Se había quejado tantas veces de su suerte, de las oportunidades perdidas a lo largo de su vida, de los trenes que ya no podría volver a coger, pasada la treintena… Y ahora, de repente, parecía que el destino quería jugarle una broma cruel. No podía ser otra cosa. Preguntó y preguntó, haciendo gala de su ingenio; dio todos los rodeos posibles, trató de encontrar la trampa escondida tras aquellas palabras.

No fue capaz de descubrirla. No parecía haber nada más que sinceridad en la mirada, todavía firmemente entrelazada con la suya. Expectación en aquellas cejas que se enarcaban, revelando el oleaje preocupado de la frente. ¿Sería posible que no fuera una burla?

Salió del despacho con una sensación incómoda, la del que ha desnudado su alma a regañadientes, después de haber pasado años y años envolviéndola cuidadosamente como a una momia. Ni siquiera a ella le había hablado tan claramente nunca de sus deseos ocultos.

Quería componer. No sabía nada de música, nunca se había atrevido a aprender, tal vez por miedo a descubrir que en realidad no tenía el talento necesario. Pero era su sueño más profundo. El anhelo enraizado en su alma que había sobrevivido los vaivenes de la vida, las crisis de cada etapa. El hombre había querido escucharlo y él se lo había dicho. Mientras bajaba en el ascensor, de vuelta a la realidad, notó un regusto amargo en el paladar, un vacío en el estómago. En aquellos momentos, probablemente, estaba carcajeándose de él en su despacho, contándoselo a sus amigos. Un pobre compositor de medio pelo que vende patatas en un supermercado.

 

 

Lo primero que pensó, cuando vio el primer cheque a la mañana siguiente, era que la broma había ido demasiado lejos. Incluso se lo recriminó a ella, sin duda su cómplice. Discutieron, y entonces, justo en medio de la pelea, el hombre llamó a la puerta. Todo orquestado, como en una obra de teatro barata.

Era real, le dijo. Aquel dinero llegaría cada mes, de manera que no tendrían que preocuparse de nada. Quería que dejara aquel malhadado trabajo de cajero y se dedicara a lo que le había revelado. No había prisa: podía tomarse todo el tiempo del mundo en aprender. Ni siquiera le exigiría resultados a corto plazo. No, lo único que deseaba era que siguiera su corazón, que cumpliera su sueño. Y, por supuesto, que nunca lo abandonara, pese a las dificultades que pudieran surgir. No había más requisitos.

Su primer impulso fue el de rechazarlo, con ese instinto aprendido de los golpes de la vida. Las cosas no podían ser tan sencillas y a la par tan afortunadas. No, nada funcionaba así. Su padre era poderoso, le dijo ella cuando se hubo ido, más de lo que podía imaginar. Aquel día entero, aquel interminable día, intentó convencerlo de que no había trampa ni cartón en su ofrecimiento. No era un reality show ni un concurso de esos retorcidos que tan de moda estaban en la televisión.

Sólo deseaba su felicidad, había repetido varias veces. La de ambos. ¿Por qué le resultaba tan difícil de entender?

Nunca había sido bueno a la hora de discutir o de debatir. Su entereza, su suspicacia, terminaron por doblegarse como un árbol escuálido frente a un vendaval. La almohada le ayudó, como suele decirse; al día siguiente todo había cobrado un nuevo prisma. Un prisma de infinitos colores, rutilante, esperanzador.

Cobró el cheque, aquella exorbitada cifra. Casi se sintió mareado cuando comprobó su cuenta en el cajero. Se despidió en el supermercado, sin aspavientos, sin explicaciones; tan sólo una firma y de pronto aquellos años grises se esfumaron como un mal sueño.

La primera lección, una semana más tarde, cuando hubo encontrado la escuela adecuada, resultó ardua: el lenguaje musical, del que apenas conservaba las nociones que aprendiera en el colegio, parecía poco menos que un galimatías digno de algún relato de Lovecraft. Tuvo miedo, e indecisión, y frustración y rabia. Pero día tras día, minuto tras minuto, su esfuerzo se veía recompensado un poco.

Y no tardó en darse cuenta, por increíble que pareciera, que era feliz.

 

 

-No te equivoques. Siempre has estado muerto.

La voz le sacó de su ensimismamiento como una descarga eléctrica. Sin embargo, no había mucho más que rememorar. Tantos años desde aquello, tantas alegrías, tantas horas de emoción frente al piano y sueños cumplidos… y ahora sólo podía pensar en aquella mañana, apenas un par de horas antes. Cómo había aparecido en su casa, como tantas otras veces, para invitarle a un café. Y cómo había sacado de repente la pistola y le había obligado a acudir allí.

El edificio estaba vacío aquel día. Qué conveniente.

-Éste es mi órdago final, no el tuyo –repitió el hombre. No se giró para verlo, pero sentía en la nuca aquellos ojos azules, quemándole de frío. –Tú eres mi creación. Mi apuesta. La belleza de la destrucción sólo tiene sentido cuando el cuadro a su alrededor está formado, cuando todo encaja. El ser humano tiende a destruir sin pensar, de forma aleatoria, sucia. Yo hago poesía. Música. Igual que tú.

Se obligó a separar los dientes. A hablar, quizás por última vez.

-¿Ha habido otros?

El clic del seguro.

-Oh, ya lo creo. No por mi parte, claro. Pero somos muchos. Muchos, a lo largo de los siglos, interesados en este arte –respondió el hombre. –Nuestras obras nos ocupan casi una vida entera. Piensa en la armonía del conjunto, en lo cuidadosos que debemos ser para que todo resulte perfecto. Ah –aquel suspiro extático le hizo estremecer. –Primero hemos de quitároslo todo, haceros sentir que no hay nada más que vacío… y después llenar ese vacío. Llenar vuestras vidas, vuestras mentes. Amor, trabajo, realización personal. Como una montaña rusa. La caída es lo que importa. ¿No lo ves, acaso?

Probablemente sólo fuera una ilusión, una trampa más de su juicio completamente nublado. Pero en aquel momento, al escuchar aquel interrogante, creyó recordar. Un sinfín de escenas perdidas en rincones de su mente inservibles, en cajones que no había necesitado abrir nunca. Flashes aquí y allá…

El hombre, cuando él era un niño, a través de la reja de su colegio, mientras jugaba solitario, sin amigos.

El hombre mirándole de lejos, sentado en el comedor de su facultad. Sólo un breve instante antes de desaparecer. Un tipo como otro cualquiera, anodino; apenas una huella en la arena engullida rápidamente por la lenta marea de su vida.

Había sido anodino, claro. Insignificante. Imperceptible. No podría haber sucedido de otra manera.

-Crear la vida perfecta. Y arrebatarla. Esa es la belleza. Ésa va a ser mi obra –un leve sonido de tela; el brazo se había levantado, probablemente, apuntándole directamente a la espalda. –Pero voy a darte un último regalo. Nadie puede escoger cómo va a morir; ése será tu privilegio. Elige, ahora.

 

 

No hubo una breve nota en ningún periódico para aquel suceso. Otro más, de tantos que solían acaecer en las grandes ciudades. Más aún en aquellos tiempos que corrían. La desesperación de los números rojos empujaba a tantos al suicidio…

No hubo nada raro, nada inusual, en aquel desgraciado desfigurado contra el asfalto. Excepto tal vez, pensó el forense, aquellos dedos que tanto le había costado separar. Un detalle curioso en el que pensaría durante algunos minutos aquel día, que le comentaría a su mujer durante la cena. Y que olvidaría para siempre después del reparador sueño de la noche.

 

 

Un billete de autobús, desvaído por el tiempo, ilegible, aferrado con inusitada fuerza contra la palma ensangrentada.

Escritora de género fantástico, periodista especializada en videojuegos y literatura. Ha publicado la novela Heredero del Invierno (ediciones Kolab, 2011) y el ensayo Lágrimas de luz: posmodernidad y estilo en la ciencia ficción española (Spórtula, 2012).

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