El sábado pasado tuve la tentación de entrar en esa tienda de antigüedades que habían abierto meses atrás justo enfrente de mi casa. Nunca le había dedicado más que una mirada de soslayo a su escaparate, al volver del trabajo, y me había parecido ver las mismas cosas que en el chino de la esquina. ¿Para qué queremos hoy en día las antigüedades, al fin y al cabo? En el mundo en el que vivimos, un cacharro como el viejo ordenador que me reventó hace un mes ya puede entrar dentro de esa denominación. ¿Cuál es la diferencia entre una basura como ésa y una silla tapizada, en la que sentó su burgués trasero algún tipo con monóculo y pajarita?

El dueño de la tienda, sonriendo bajo su bigote de ratón, me dio la respuesta. El alma, me dijo, casi en un susurro, como si fuera un secreto que sólo tuviera cabida en mis oídos (aunque probablemente se lo había repetido a cada uno de los que habían cruzado aquel umbral). El alma no es otra cosa que los recuerdos, los sentimientos, el dolor y la risa que acumulan a su alrededor nuestras pertenencias. El alma que nosotros mismos les insuflamos es una sombra trémula de nuestra existencia.

Para demostrármelo, sacó del interior de su almacén aquella figurilla. Una geisha, me vino a la mente, al ver ese rostro pálido de porcelana ya resquebrajada, las mejillas sonrojadas de pudor, su actitud sumisa. Casi parecía que se inclinaba ante mí. Llévatela, me dijo el vendedor-ratón. Te hago una pequeña rebaja. Si no notas nada en unos días, puedes traerla de vuelta. Ella no suele contar su historia a todo el mundo, pero tengo la sensación de que tú le caerás bien…

Le encontré un hueco en el salón, entre los libros. Mientras cenaba la miré largo rato. Intentaba imaginar un relato, darle un sentido a aquella perorata con la que el dueño de la tienda me había engatusado.

Supongo que el tipo tenía razón y le caí bien. Porque, en los sueños de aquella noche, la pequeña geisha me contó su alma.

 

 

Cho Yun, hija menor de la dinastía Yun, se agachó junto a la orilla del estanque. “La rosa de invierno”, como era llamada por su palidez, parecía florecer con el sol que doraba los rizos del agua. Alargó la mano. El cisne favorito se separó del resto y se acercó despacio, majestuoso, haciéndose de rogar. Los otros cisnes miraron desde lejos con envidia. Sabían que se llevaría los mejores manjares.

Cho sentía al joven detrás de ella. Escuchaba su respiración, inusitadamente agitada. Pero únicamente eso delataba su presencia; no notaba ningún leve movimiento, ni un solo músculo contraerse, ni un dedo cerrarse. Y ella tenía muy buen oído.

-Ahora es cuando comenzaréis a adularme –dijo, describiendo una situación que no había empezado aquella vez, pero sí otros cientos de veces. –Empezaréis a decirme que soy la doncella más hermosa de toda China, que sin mi amor os sentís como un brote de trigo que intenta crecer entre piedras, sin alcanzar la luz. ¿Es así?

Ping Liao, segundo oficial del ejército, de la división de Zhun Bian, se tomó unos segundos para contestar. Cho se lo imaginó cuadrado tras ella, impertérrito como la efigie de un templo.

-Así es, mi honorable dama.

-Me dirás –prosiguió Cho – que siempre has pensado en mí. Y me darás un regalo que me obligue a amarte, que ningún otro hombre habría podido conseguir para mí. ¿Es así?

-Así es –repitió Ping.

-¿Así es? –la joven sintió una punzada de enojo, hastiada. Aquello siempre era lo mismo. -¿Habéis pensado en mí cada día? ¿Pensabais en mí, noble oficial, cuando estabais en la guerra? ¿Mientras mis hermanos mayores se burlaban de mí? ¿Mientras maltrataban a mis perros sólo para hacerme sufrir? ¿Cuando se reían de mi piel blanca y me quemaban con brasas para que tomara color?

-Lo hacía – corroboró Ping, sin atisbo de duda o vacilación.

-¿Pensabais en mí, mi perfecto militar, cuando me equivocaba al tejer y mi madre me golpeaba en las manos hasta hacerme sangrar? ¿En los momentos en que me dejaba sin comer, para que Jin o Lu tuvieran más arroz que yo y crecieran fuertes?

-Pensaba en vos –afirmó Ping, sin el menor temblor en la voz.

-¿Estaba en vuestra mente, valiente estratega, cuando mi padre me despreciaba por no tener el color de sus ojos, culpándome de una traición de mi madre? ¿Mientras me encerraba en la oscuridad del desván para que sus huéspedes no me vieran? ¿Las noches en que acudía a mi alcoba y me hacía pagar la deshonra de mi existencia exigiéndome el amor que un padre no debe esperar de una hija?

-En mi mente os tenía, Rosa de Invierno.

-¿Cómo crees que puedo amar –Cho se incorporó, furiosa. El cisne favorito aleteó, ofendido por la brusquedad. -, cómo crees que puedo encontrar en mi corazón un sentimiento que la vida me ha negado hasta ahora a mi alrededor?

-Mi honorable dama –Ping se inclinó en una reverencia–están todos muertos.

La muchacha escuchó, por fin, el sonido de su presencia. Las gotas de sangre resbalaron por la hoja de su sable y se perdieron en la hierba a sus pies.

Se volvió. En sus ojos brillaban las lágrimas, en su boca bailaba la felicidad.

-Ahora sí, mi querido oficial –habló emocionada -, éste es el regalo que tanto tiempo había esperado.

 

Escritora de género fantástico, periodista especializada en videojuegos y literatura. Ha publicado la novela Heredero del Invierno (ediciones Kolab, 2011) y el ensayo Lágrimas de luz: posmodernidad y estilo en la ciencia ficción española (Spórtula, 2012).

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