La sensación solía ser más fuerte al atardecer, una vez el disco del sol desaparecía tras las montañas, empujado por la violácea marea de la noche. Era entonces cuando el viento sacudía su castaño pelaje, acariciándole con suavidad y susurrándole al oído palabras que le hacían estremecer, evocar una suerte de recuerdos que yacían inertes bajo las capas superficiales de su memoria. Tumbado cuan largo era en el porche, las sombras que perfilaba el atardecer en el horizonte, que dibujaba la tenue luz de las estrellas, se le antojaban formas primigenias de un pasado remoto, intrínseco, ligado a su alma como un amante eterno.

Y él las veía, en su mente… las sentía… las olía… Un lago de aguas brillantes, fresco tacto de las flores bajo sus patas, azul celeste derramándose sobre su rostro alzado.

Y ella. Sus manos, su mirada, su sonrisa. Sobre todas las cosas, ella.

Allí era feliz, resultaría injusto negarlo. Tenía alimento, y ya no debería volver a los días de antaño, de sangre y oscuridad, en los cuales hubo de pelear por el sustento. También tenía un lugar donde acostarse a reposar, cómodo y seguro. Se sentía querido, necesitado, guardián de muchas vidas. Y, por supuesto, podía cuidar de su pequeña. No tenía ojos más que para ella; cada momento del día procuraba pasarlo a su lado, y le embargaba la dicha al sentir que crecía rápidamente, sana, ajena por completo a los peligros que él había tenido que enfrentar en el mundo exterior, años atrás. Sí, no podía quejarse de su vida, y, en verdad, ¿por qué tendría que desear cambiarla?

Pero aquellas voces seguían llamándole, cada anochecer.

Antes había existido algo más. Algo más allá de las grises y yermas lomas que podía divisar desde su hogar, alzándose sobre los techos más lejanos. En ellas se encendían de vez en cuando los fuegos de las torretas, las luces de alguno de aquellos seres metálicos, apestosos, que le hacían arrugar la nariz y esconderse en el interior de la casa cuando pasaban por las calles de la ciudad. Pero en sus sueños, en un rincón inconsciente de su ser, las veía tal como habían sido, antes de todo aquello: verdes y salvajes, llamando a la libertad, al arrojo, a la completa exaltación de los sentidos. Y las añoraba; le atacaba día tras día un sentimiento extraño, la pérdida de algo que  nunca se ha tenido…

Se debatía entre su lealtad, el amor por su familia humana, y el verdadero significado de su existencia, que intuía más allá de las colinas. La lucha, aunque en cierto modo placentera, se convirtió en algo constante, y no ocupaba su mente otra cosa. Sentía una leve aprensión, conformada principalmente por la comodidad, tras largo tiempo de encontrar todo lo que había deseado al alcance de las patas. Si corría en pos de aquellos sueños, de aquellos campos… si se decidía, tendría que dejar atrás lo que había conseguido después de tanto sufrimiento. Y quién sabía qué encontraría… De nuevo las luchas, el hambre, la incertidumbre de seguir vivo al día siguiente. No le parecía en modo alguno excitante; antes bien, el miedo le chillaba al oído, le recriminaba su insensatez y su egoísmo. Ya no era un cachorro, demonios, y tenía alguien a quien atender. Podía ser una empresa muy arriesgada para la pequeña. ¿Estaba dispuesto a dejarla atrás, sólo por acallar la llamada de su espíritu?

Sabía que no lo haría. No la dejaría sola allí. Y, ciertamente, fue al fin la mirada de su cría, el cálido sentimiento que despertaba en su pecho, lo que le hizo decidirse.

Karan partió una mañana fría, enhiesto y orgulloso, a paso vivo. Las nubes se arracimaron encima de él, jirones sucios que anunciaban ya el fin del otoño, y le contemplaron, curiosas, cruzar las calles desiertas de la todavía dormida ciudad sin más brújula que su instinto.

Y con él iba su pequeña… pues por ella había decidido partir.

 

No le resultó difícil dejar atrás la ciudad. Antes de que la luz del sol, pálida aquella mañana a través de la costra de nubes, se dejara ver en el nuevo día, él ya había salido, por aquella carretera ancha y terrosa por la que solían llegar muchas veces las grandes criaturas de metal de los humanos, con su traqueteo y su humareda malsana. Le alivió en verdad no toparse con ninguna de ellas; en la ciudad todos le conocían, y nadie hubiera reparado en su presencia, mas quién sabía qué pensaría algún viajero ocasional si le viera transitar tan tranquilo. Sabía que muchas veces los humanos se asustaban ante su tamaño, ante las imponentes defensas de sus garras y sus colmillos. Pero, ¡diablos!, él jamás se atrevería a emplearlas en contra de ninguno de ellos. ¿Por qué habría de herir a quienes tanto le habían dado? Bastante duro había sido el haber tenido que enfrentarse a sus iguales, desgarrando carnes que bien podían ser la suya. Aquellos días se difuminaban lentamente de su memoria, aunque a veces asomaban, terribles, asaeteándole en medio de la noche con pesadillas voraces. Deseaba con todas sus fuerzas no tener que volver a pasar por aquello. Sabía bien que si llegaba al lugar, si alcanzaba lo que ansiaba, no tendría que volver a sufrir. Ni él, ni su pequeña…

Las primeras horas avanzaron bastante trecho y con presteza, pues la pequeña se sentía emocionada por el viaje y saltaba y corría de piedra en piedra, llevando la delantera. Más de una vez tuvo Karan que apresurarse para mantener su paso, y reconducirla cuando se desviaba del camino. Le alegraba, no obstante, verla así. Había temido que se entristeciera, pues también para ella debía haber sido duro dejar atrás las comodidades y enfrentar un viaje incierto, pero por algún motivo su entusiasmo parecía inagotable. Su instinto, se decía, debe estar funcionando de forma tan fuerte como el mío. Seguramente también augura, de alguna manera, a dónde nos dirigimos. Y quizás… quizás también la veía, tan claramente como él, en su mente, como un faro que alumbrase el sendero, en medio de las tinieblas.

Karan quería encontrarla. Sabía que en los brazos de aquella Dama (pues ya había comenzado a llamarla así, en su fuero interno) encontrarían ambos la felicidad. No sabía decir por qué, no sabía decir cómo. Pero su cría estaría a salvo, por siempre, de cualquier mal que pudiera acecharle en el mundo. Y nada le importaba tanto como eso.

Cuando el viento dejó atrás, definitivamente, los aromas de la ciudad, una ligera inquietud se apoderó de él. Por vez primera detuvo el paso, y llamó a la cría, que olfateaba lo que parecía un saco abandonado a la orilla del camino. Ahora, finalmente, los humanos estaban lejos. Todo lo que conocía, allí donde se sentía a salvo y resguardado, estaba a su espalda, y delante… Delante sólo el misterio y la duda. Y la esperanza.

Las colinas se levantaban más cerca de lo que nunca las había visto, si bien sabía que todavía les quedaba un día de marcha, al menos, antes de arribar a ellas. El sol todavía no se hallaba en su cenit… aunque no podía aseverarlo con firmeza, pues las nubes jugaban, taimadas, a ocultarlo. Así pues, no llevaban medio día de viaje aún. Lo más sensato sería alcanzar la base de las lomas al atardecer, y encontrar un lugar donde dormir antes de que la noche los cercara. Por otro lado, su pequeña necesitaría algo de comer. Fue aquella idea la que más le asustó. Desconocía si sería capaz de conseguir alimento, como había hecho antaño… El desánimo comenzaba a recubrirlo cual un pesado sayo, mas se debatió por liberarse de él. No podía ceder. Debía ser fuerte… tanto como la luz de la Dama, que nunca se apagaba en su cabeza.

Decidido de nuevo, lo sacó de su ensimismamiento su pequeña. Seguía obstinada en el saco abandonado, y Karan, al aproximarse, descubrió que contenía algunos de aquellos recipientes y extraños frutos de metal de los cuales comían los humanos. La euforia le embargó, y al unísono su estómago dejó escapar algunos elocuentes quejidos. Había sido una increíble suerte; no eran más que sobras, pero al menos les alcanzaría para aquella jornada. Y al día siguiente… al día siguiente cazaría. Sería capaz.

Tomó entre sus dientes el saco y conminó a la cría a continuar el camino, agradeciendo a la Dama su providencia.

 

Rakuen. El Paraíso.

Nada más despertar, en lo que ya era el segundo día de su viaje, descubrió aquella palabra en su mente, un grito poderoso y triunfal. De algún modo lo sabía, por fin. Las sensaciones seguían en su espíritu, las imágenes, la esperanza… y todo aquello que anhelaba tenía ya un nombre. Probablemente habría sido la Dama quien se lo había dicho, pues en verdad había soñado con ella. Y ahora su fuerza y su deseo habían crecido, como un tallo que hubiese brotado en la noche.

Con ánimos renovados, despertó a su pequeña, y la lavó a conciencia. Habían pasado la noche muy cerca ya de las colinas, en un socavón alfombrado de agujas de pino y musgo, al resguardo de un par de árboles. El camino había quedado atrás; en las últimas horas había decidido continuar campo través, siguiendo su olfato, lo que les había permitido avanzar más deprisa y evitar encontrarse con algún ser de metal. Se sentía realmente orgulloso, pues había sido capaz de encontrar un atajo de forma precisa e infalible, como hubiera hecho años atrás. Algo en su interior, en su espíritu, comenzaba a desatarse.

Tomaron un sendero y siguieron la marcha, después de comer algo de lo que todavía quedaba en el saco. El terreno comenzaba a ascender progresivamente, y las patas de la pequeña se enredaban, todavía débiles, entre las ramas o las raíces espinosas, por lo que en alguna que otra ocasión hubo Karan de ayudarla a avanzar. No se quejaba aquélla, empero, ni una sola vez; miraba todo a su alrededor con los ojos muy abiertos y una expresión de curiosidad inacabable. Él también oteaba sin descanso, alerta todos sus sentidos. Nada encontraron, aparte de los desnudos árboles y la hierba rala y crecida. Apenas despuntaba, a veces, alguna que otra flor entre los arbustos, y cuando las veían no podían evitar detenerse y olfatearlas. El colorido animaba el corazón de Karan, pues sabía que, allí donde iban, encontrarían miles de flores, como nunca habían visto, de todas las tonalidades imaginables… y dejarían atrás el mundo gris y marchito que conocían.

Siguieron adelante, internándose entre trochas, y se alejaba ya el sol del mediodía cuando sus patas se posaron en la dura superficie de las colinas. Ahora contaban con la ayuda de la pared de piedra para guiarse, si bien el plan de Karan era todavía incierto: confiaba en subir entre las distintas lomas y desde allí divisar el horizonte, para encontrar un camino adecuado. Sabía que, una vez arriba, su instinto le guiaría sin error, como había hecho hasta entonces. Así pues, continuaron sin descanso, sorteando con dificultad las piedras que se les interponían, resbalando en la roca arenosa, saltando de vez en cuando entre las fisuras.

A la altura, sin embargo, le acompañaba el frío. Conforme ascendían, el viento se hacía más duro y cortante, y les hería los ojos y los oídos. La jovenzuela estornudaba y tiritaba, y cada vez tenía más dificultades para seguir; sus poco experimentadas patas trastabillaban y la sostenían a duras penas. Karan le animaba, mas ella, poco a poco, se mostraba más débil y cansada. Y él comenzó a sentir aquello que había intentado desterrar de su mente. Comenzó a temer.

Llegó la lluvia. No llevaban más de un par de horas subiendo cuando por fin el cielo descargó su llanto sobre ellos, lentamente anunciado desde el día anterior. Al principio no fue más que una llovizna puntiaguda, que el viento arrastraba hacia el sur, de modo que continuaron tercamente avanzando, pegados a la pared. Pero pronto se transformó en un verdadero aguacero, y esta vez la ventisca no les ayudaba; el agua y el frío les atenazaron los músculos y les cegaban, convirtiendo el camino frente a ellos en una peligrosa neblina. Cuando la pequeña estuvo a punto de caer por el borde de la loma, Karan supo que no tenían más elección que buscar un refugio.

Lo hallaron en un hueco bajo, excavado en la roca; tuvieron que descender por una empinada pendiente y desandar buena parte del camino. Se resguardaron, empapados, en aquel receptáculo en el que a duras penas Karan cabía erguido. Se sacudió éste el pelaje, y ayudó a hacerlo a la pequeña, pues ella todavía daba muestras palpables de su debilidad y no hizo sino acurrucarse en un rincón de la cueva, tiritando. El aroma a miedo que desprendía le encogió el corazón. De nada le valieron sus ánimos, de nada el darle el resto de lo que contenía el saco para apaciguar su incipiente hambre. Sólo cuando quedó dormida pudo Karan respirar aliviado, si bien no exento de preocupación. Se tumbó a su vez, resguardándola con su cuerpo de las gotas de lluvia que se colaban por la abertura. Contempló la cortina de agua, inagotable, y escuchó los truenos que retumbaban en la piedra, sobre sus cabezas, un buen rato, antes de quedarse dormido…

En las tinieblas de sus sueños, regresaron aquellos ojos despiadados, amarillentos, movidos por la voluntad de la sangre. Los vio aproximarse, inexorables, flotando en el vacío… y deseó poder huir, ocultarse de su vista, pero sus patas estaban paralizadas, entumecidas por un súbito y aciago calambre. Las agitó en vano. Quiso aullar, quiso gritar, quiso suplicar. De pronto los ojos saltaron sobre él, y casi sintió el mordisco, terrible, implacable…

Despertó de repente, sobresaltado, con un gañido. El corazón le latía desbocado, y tuvo que incorporarse, a duras penas, sobre las patas delanteras, para intentar calmarlo. Miró a su alrededor. La pequeña dormía tras de sí, y la lluvia había cesado. Todo estaba oscuro afuera; debía haber dormido muchas horas. Todo estaba oscuro, suspiró estirándose, y apacible.

Todo… hasta que llegó aquel olor.

Se resistió a creerlo hasta que los ojos, con aquel brillo agorero, aparecieron en la noche. Se asomó a la boca de la cueva, enfermo de terror; a unos diez metros de distancia se acercaban unas formas oscuras, letales, tres pares de pupilas en las que se leían la ansiedad y la muerte.

Se aproximaban… tal como en su sueño. Y sabía bien por qué venían.

Despertó a la pequeña y la hizo correr. Debía correr, sin mirar atrás, sin importar dónde. Y ella obedeció, asustada. Nada había percibido, y quizás era mejor así. El enemigo que se teme es peor que el que se escucha. Cuando el primero salió de entre las sombras, intentando darle caza, Karan fue más veloz y se abalanzó sobre él, desatada toda la ira que en su interior pudo hallar. Mordieron sus colmillos la tibia carne… la que podía ser la suya. Como antaño. Y la sangre, repulsiva, se resbaló por sus labios.

No tardaron en salir los otros dos, y también se enfrentó a ellos. No dudó, pues sólo duda el que guarda la esperanza, y toda había muerto ya en él. Estaba preparado para la derrota, para sentir el inconcebible dolor en su cuello. Les repelió, no obstante, con garras y mordiscos, y bien parecía un rayo enloquecido que se abatiese de uno a otro, tal era su voluntad y su furia. No le importaba ya su destino… pero no iba a consentir que la persiguieran.

Uno había caído ya, y se había separado Karan de sus contendientes, preparándose para otro envite, cuando escuchó un sonido seco y corto, un chasquido que quebró la oscuridad de pronto. Sus dos enemigos se desplomaron, abatidos por un mal invisible. De sus nucas brotaba un hilillo de sangre.

Karan, sobresaltado, retrocedió. Ya había escuchado aquel sonido otras veces, y siempre antes había corrido a refugiarse en la casa de su familia humana, asustado, como le habían enseñado. Pero esta vez no huyó. Escuchó unos pasos, pasos de alguien que camina en dos patas, y pronto surgió de entre las sombras un hombre, maduro y amplio de espaldas, tocado con un sombrero de ala ancha. Arrugó Karan la nariz, pues apestaba a bebida. Portaba entre sus manos un palo de metal, cuya punta humeaba.

No acertaba a entenderlo del todo, pero sabía que aquel humano le había salvado. Y, al hacerlo, había salvado también a su pequeña. Sólo aquello era suficiente para que le debiera gratitud y lealtad, una vez más. También a él lo guiaría al Paraíso.

El hombre levantó el palo hacia él, y Karan corrió, agradecido, eufórico.

Sólo tuvo un instante. Un chasquido, un aguijonazo en el cuello. Las fuerzas le abandonaron, el frío se apoderó de sus músculos, el mundo se desvaneció. Apenas sintió el golpe contra el suelo. Un instante,  antes de hundirse en la oscuridad.

Un instante en el que vio a la Dama, y ésta le abrió los brazos… llamándolo a su Paraíso.

 

La conmoción duró al menos una semana en la ciudad, y no era para menos. Todos conocían a aquella familia, y sabían que llevaban años criando a aquel enorme perro, que había encontrado el padre en las afueras. Y, por supuesto, habían conocido a su hija, encantadora con sus rizos rubios… La pequeña Lea, de apenas dos años, que ahora yacía, inerte, en una tosca caja. Y pronto bajo el suelo, perdida por siempre.

La madre lloraba y golpeaba al marido, mientras éste la abrazaba en silencio. Ella lo culpaba, aunque bien sabían todos que no era más que la locura producida por la impotencia y el dolor. ¿Quién hubiera dicho, sólo un par de días antes, que algo así sucedería? ¿Que aquel animal bonachón se escaparía de casa llevándose a la niña, a la que adoraba; que ésta, tratando de huir, se desplomaría por un barranco y moriría? Impensable, se murmuraba en las esquinas. Una desgracia, se lamentaban las ancianas.

Terry, el hermano mayor de Lea, alcanzó al cazador cuando éste salía de la ciudad, llevando en un saco el cadáver de Karan. Había cumplido su misión y nada le retenía ya en aquel lugar. El muchacho le paró, los ojos arrasados en lágrimas, y le suplicó que le dejara encargarse él del animal.

-Tu padre no quiere ni verlo, chico –respondió aquel hombre, lacónico, que siempre iba acompañado por su propio perro, un enorme ejemplar negro con cara de pocos amigos.

-Se lo ruego, señor Quent.

Accedió finalmente aquél, y Terry llevó lejos el cuerpo, a los bosques, donde no corriera riesgo de incendiar nada. Hizo una pila con ramas secas y matojos, y recubrió a Karan con ella. Su mano tembló cuando encendió la antorcha que llevaba, y todavía se detuvo unos instantes, antes de arrojarla.

-Karan… –musitó, con la voz quebrada. –Ojalá hubieras sabido lo que hacías. Ojalá hubieras sabido a dónde ibas, y quién eras de verdad. Nada de esto hubiera pasado. Pero vete ahora, en paz, hermano. Algún día te alcanzaremos… en nuestro Paraíso.

Y las llamas se alzaron, impetuosas, voraces. Terry permaneció allí, sentado en la hierba, hasta que la última voluta de humo hubo desaparecido. Horas después, hasta que el último sollozo se secó en su interior.

Y aulló su dolor, salvaje, a la vasta noche. Y otros muchos lobos le contestaron.

Escritora de género fantástico, periodista especializada en videojuegos y literatura. Ha publicado la novela Heredero del Invierno (ediciones Kolab, 2011) y el ensayo Lágrimas de luz: posmodernidad y estilo en la ciencia ficción española (Spórtula, 2012).

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